Acudir a orar

 

 

Puede llegar a ser… la oración, el orar –como expresión de la Creación, de la relación del ser de humanidad con todo lo creado-, puede llegar a ser una rutina que alivia, que calma, que mejora algo… el hedonismo particular de los problemas particulares, de los conflictos particulares, de las situaciones particulares que particularmente cada particular tiene.

Ahí tenemos que… –nos indica la oración-alertarnos; porque probablemente –sin una consciencia consciente- se acuda a orar con todo el bagaje de los problemas personales… pero con el protagonismo de “mi” vida, “mi” problema, “mi” situación; en cuyo caso siempre estará sometido, cualquier otro acto, a “mis” problemas.

Y justamente el momento orante –justamente, el orante- es el momento de su sumisión, de su humildad, de su caridad… ¡No de su protagonismo! Si no, fácilmente    –fácilmente- igual que se comienza a orar, se culmina, se termina, y el sujeto continúa con su cantinela.

¿Y cuál es la cantinela? La amargura.

 

El encuentro orante es un encuentro de liberación. ¡Es un encuentro de sorpresa! Es un encuentro de alegría. Es un encuentro de ¡novedad! ¡Es un encuentro… en el que me encuentro con la Creación!; con el sentido Divino del misterio.

¿Qué importancia personal puedo desarrollar ahí? ¿¡Qué reclamo!… de mi propia situación, voy a plantear?

¿En qué posición coloco a esa oración? Que queda casi como –¡bueno!- un acto protocolario más que cumplir: “Porque yo pienso; porque yo creo; porque a mí me parece”

¡Es muy fácil caer en eso! Y creer que… ¡muy bien!: se está así; ¡es así! Y, de hecho, así ocurre la mayoría de las veces.

Salvo experiencias concretas –de excepciones-, ninguna religión, ningún credo, ninguna filosofía, ningún rasgo de relación creadora, ha conseguido someter… –no en el sentido de disputa, no en el sentido de combate- someter, al ser, a descubrirse dentro de una Creación; dentro de una envoltura ¡que interviene!, ¡que sostiene!, ¡que mantiene!

Se ha quedado, la consciencia, inmiscuida en su propia capacidad… ¡y deja de descubrir!… la verdadera dimensión y grandeza orante: que ahí está lo saludable, lo esperanzador, lo novedoso, lo cambiable, lo mutante, lo habilidoso. ¡Si no!, ¡si no es así!, el sujeto continúa con sus exigencias, con sus particularidades, con sus demandas, con sus premisas, con sus posiciones… ¡Con sus… exigencias!

 

-“No; porque yo estoy así porque…”. “No; a mí me parece…”. “No; porque yo, en este momento…”. “Porque…”.

-¡Espere un momento!, ¡espere un momento. ¿Sabe usted en dónde se encuentra? Se encuentra en un lugar del universo, pequeñísimo; ¡minúsculo! ¿Sabe usted dónde se encuentra, dentro de la Creación…? ¿Cree usted que tiene alguna importancia –usted- como entidad, dentro de la Creación? ¿Cree que la Creación le rinde pleitesía, y está pendiente de las demandas de exigencia que usted propone… para diferenciarse de los demás y para adquirir una categoría personal? ¿Cree usted que es el único sufriente y el único desesperado y, por tanto, merece que todo el mundo le rodee y le rinda pleitesía? ¿De dónde ha sacado usted esa teoría?

¿Es que nunca ha mirado al cielo, por la noche? ¿¡Es que nunca se ha dado cuenta!… de la amargura ¡de los que no comen!, ¡de los que no tienen techo!, ¡de los que son perseguidos!, ¡de los que huyen!, ¡de los que están refugiados!?; que a duras penas oran… lo que a duras penas conocieron por alguna religión que los manipuló, los manejó, los domino, los castigó…

 

¡Descubrir!… la experiencia orante, supone –en consecuencia- diluirse en esa Creación; en esa Divina presencia.

¡¡Dejarse sanar por lo creado!!, ¡¡por la Creación actuante!! ¡¡Dejarse impregnar… por el anónimo misterio que nos da la fuerza!!, ¡¡que nos da el aliento!!...

 

¡Hacerse fundido, en la palabra orante, con lo creado. ¡Dejar de lado… lo pesado, lo estreñido, lo duro!

¡Tomar el aire de lo Divino! Dejar de respirar entrecortadamente para, entreveradamente, ser protagonistas de lo que creemos.

¿En qué creemos? ¿¡En qué se cree!?

¿¡En qué cree la humanidad!? ¿En qué cree cada miembro de la humanidad? ¿En su logro, en su consecución, en su casa, en su coche, en su privilegio, en su habitación? ¿¡En qué coño cree!?

Luego viene la queja velada hacia la Creación; la queja velada y la interpretación evidente de que… por esto o por aquello o por lo otro, le han castigado.

¡Se ha castigado él solo! Él solo se ha buscado…

 

Ese punto de soberbia y orgullo en el que cada uno se siente con la potestad, la potencia… de mandar, de ordenar, de quejarse, ¡de exigir!... y de crear una convivencia exigente, una convivencia de mando, una convivencia de obligación, una convivencia de… ¿de qué? ¿¡De qué!?

 

Todo ser vivo es gestado por una Creación, por una necesidad. ¡Pero!… pero –sin que sirva este ‘pero’, de inconveniente- pero recuerden que “el Cielo trata a los seres como perros de paja”. Es difícil de entender esto, pero sí es fácil darse cuenta de que… –¡atención!- ¡conmigo o sin mí!, ¡con mi concurso o sin mi concurso... la vida va a seguir! ¡La vida se va a realizar! ¿Es que acaso voy a ponerle, yo, condiciones a la vida?

-Claro. Es que si no estoy yo, ¿qué va a pasar?

-¡No se preocupe usted! ¡Abandone su soberbia, su vanidad y su importancia! ¡Si no está usted… no está! ¿Dónde está?... ¡No está! Y sigue… ¡y sigue saliendo el sol o mostrándose la tierra! No se preocupe. ¡Se hará! ¡Se hará lo que se tenga que hacer!

 

Esa posición –tan típica de humanidad- de imprescindible, de importante, de que “tengo el derecho de”; que “exijo”, ¡incluso!

 

El sentido orante en el que nos promovemos, en el que nos situamos… nos posiciona hacia un encuentro de amplificada consciencia, que es… ¡el aliento, el sustento, el mantenimiento, el desarrollo y la visión clara!, de nuestro hacer.

¡Que disuelve nuestra exigencia, nuestra vanidad, nuestra imposición, nuestra… actitud de grito!

¡Por favor!

Porque a veces parece… a veces parece que la mismísima divinidad nos pide “por favor”…

“¡Por favor!, ¿quieres escuchar? ¡Por favor!, ¿¡quieres aprender... ¡que estoy orando hacia ti!!?... ¡Durante años!, durante inmemoriales tiempos, ¡desde que existías!... ¡estoy orando por ti!... ¡Para ti! Y tú, lo escuchas con un cierto interés o desdén, pero luego, ¡vuelves de nuevo con el gesto ruin!, ¡exigente!, ¡demandante!, ¡impositivo!, ¡¡dominante!! Y de nuevo vuelve lo Divino… ¡a pedirte “por favor”!…

Pero, ¿¡qué es esto!?...

Sí. La Creación… nos da muestras ¡increíbles! Tanto es así, que pareciera alimentar nuestro ego o nuestra vanidad. ¡Y no! Lo que nos quiere enseñar… ¡es que tiene paciencia!, ¡es que tiene perseverancia!, ¡es que confía en sus seres creados! Y el ser humano, habitualmente, lo devuelve: “Bueno. Ya que tienes confianza en mí, soy yo el que mando. Soy yo el que ordeno. Soy yo el que decide. Soy yo el que impone; ¡Soy yo el que exige!”.

¡Con más o menos fundamento! Con más o menos… exigencia impositiva.

 

 

¡No! ¡No es vida! ¡No! Ciertamente, no es vida… la influencia del poder personal y la exigencia de una posición sólida y mantenida. ¡No es vida! “No-es-vida”. Es muerte rígida, prematura. ¡Son trozos de miseria!

En realidad, es usurpar y ponerse en la posición de lo que… todavía se sigue pensando que es lo Divino, lo Creador: ¡el máximo poder!

¡Gravísimo error! ¡¡Gravísimo error de consciencia!! Alguna vez habrá que despejar esa incógnita, ¡que no es incógnita!: que la Fuerza Creadora de lo Divino ¡no es ningún poder!... ¡Si ejercitara como la consciencia de poder que tiene cada uno!, nos aniquilaría cada día. ¡Nos retorcería de dolor! Nos llenaría de llagas. Enloquecería… nuestra mente.

¡Más bien es todo lo contrario!... –dentro de un riguroso misterio-. ¡Pero no es poder lo que se ciñe sobre nosotros! Y el hombre lo interpreta como tal, y trata de usurparlo, y trata de manejarlo, y trata de imponerlo. Y trata de sentir y saber que puede tener “ventajas”.

 

 

El momento orante es el momento de desplegar… –como un vendedor ambulante, ¡como un peregrino… amante!- desplegar nuestro material. Desplegar nuestra manta, para mostrar nuestra música, nuestra película; para que se airee, ¡para que se refresque!; para que “minimalice” ¡tanta exigencia!, ¡tanta importancia!, ¡tanto mando!...

 

 

Nuestra presentación ante lo orante no tiene carta de ciudadanía. ¡No tiene legalidad! ¡No tenemos papeles! ¡Somos mendigos errantes, en un planeta olvidado!

Somos peregrinos –ante la oración- que nos vaciamos. ¡Que dejamos que incentiven nuestras virtudes!, pero que… la mercancía que llevamos, sabemos que no es. ¡Pero nos toca irla limando, compartiendo, explicando!...

¿Alguien tiene algún papel para reclamar? ¿Alguien tiene alguna visa especial? ¿¡Alguien puede esgrimir que ha tenido una revelación… que le convierte –¡por supuesto!- en jefe, dueño y señor!?

 

No se trata –¡y no se trata!- de ser ¡un manso cordero que va directo al matadero!, sin protestar. No es, la Divina Creación, un matadero que nos aguarda para liquidarnos. ¡Que nos persigue para castigarnos!

Hay que ser ¡lo suficientemente valiente como para asumir nuestra procedencia celeste!, y ¡mirar de frente, hacia arriba y hacia cualquier lado!... con el agradecimiento consciente –¡consciente!- de que soy un viviente; un viviente con ¡gracia!, ¡con recursos que me han dado!; y que aquellos que creo yo que he conseguido, en verdad, si los adivino, me daré cuenta de que… ¡tanto me han ayudado!, que no me pertenecen.

La vida se hace ¡valiente!, ¡alegre!; complaciente, ¡compartida!; conjuntada, ¡conjugada!...

 

Todavía parece… ¡que el hombre no se ha dado cuenta de que nos dan el aire que respiramos!, ¡nos dan el agua que bebemos!, ¡nos dan la tierra que pisamos!, ¡nos dan el día y nos dan la noche! ¡Cosas tan simples!, ¿verdad? ¿Es que hay –acaso- algún ser vivo que sea capaz de gestar sus propios recursos, individualmente, por sí mismo y aislado? En cambio, el comportamiento suele ser así.

Esas cosas tan sencillas que nos dan, ¡a lo mejor por el simple hecho de haber nacido en un sitio… y no en otro!

¡Qué casualidad!, ¿verdad?

-¡Ah! ¡Es verdad, la casualidad!

-Sí.

 

Sí. Hemos sido –como humanidad- los que hemos viciado el hambre… hasta convertirla en ¡miseria! Sí. Hemos sido –la humanidad- los que hemos contaminado las aguas, y estropeado el aliento respirado. No obstante –¡nos obstante!-… se renueva, se permanece, se está…

Ni siquiera, esos elementos tan imprescindibles: los conocemos como “normales” y “propios”. ¡Claro! No… ¡no se piensa en el que está en una celda de dos por dos! Tampoco, en los que no tienen acceso al agua; ¡menos aún!, a un alimento diario; ¡menos aún, a un trato “digno”!

Habría que, al menos, pensar en ello. Y ¡al menos!, descubrirse “privilegiado”. Y, en ese privilegio, asumir la oración como el verdadero “re-medio”: el medio a través del cual me hago sonido, me hago fluido, me hago aventurero, me hago ¡amante!... y asumo transformarme y convertirme, cada día, en otra dimensión. ¡Luego… me quedaré aquí, allí, allá!, asimilaré esto o lo otro… pero habré dado –habré dado- mi verdadera posición de ¡enamorado viviente! Habré dado mi testimonio –obvio y claro- de mi disposición.

 

 

Puede ser –puede ser- ahora, el tiempo de sintonizarse con la posición, con la disposición, con el lugar… en el que pueda estar sin disputar, sin juzgar, sin castigar

Decididamente claro.

Sabiéndose con la opción de la originalidad orante; de la opción, de la posibilidad de… ¡descubrirse ante lo creado!

 

Todos los seres vivientes son privilegiados por el hecho de vivir, pero, cuando reclaman privilegios, se convierten en desechos. ¡Porque lo hacen a costa de los demás! ¡Porque no han tenido para nada en cuenta, la disposición, la naturaleza de una vida ¡que sí tiene en cuenta a cada ser!; ¡que sí le dota de recursos y de posibilidades!... para que acreciente su consciencia y se haga ¡digno!

Ante la grandeza orante, no puedo escudarme en mi situación personal. ¡Que se abra esta situación personal!, y que se deje influenciar, ¡que se deje ver por cada palabra orante!

 

Acudir a la oración con la exigencia propia, con la necesidad de lograr o conseguir, es pura vanidad. Tiene las patas cortas.

 

Y repitiendo: quizás sea el momento de dejar…se –de dejar-se- impregnar por la trascendencia de la oración. Y, ya, dejemos atrás los momentos de la importancia de mis acontecimientos: de mi influencia, de mi habilidad, y de mi capacidad para lograr, para tener, para estar…

Quizás, eso, ¡ya ha pasado!... ¡O, quizás, eso ya tiene que pasar!... O, quizás, eso –aquí- nunca debe pasar.

Quizás… ya ha llegado el momento…

TIAN

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