Se hace conveniente el desarrollo de una conversión

 

Los perfiles de nuestra especie se encuentran recortados, constreñidos, prejuiciosos, vanidosos por momentos, intempestivos, productivistas rentables y posesivos abusivos.

Todo ello nos da una muestra –sin ánimo catastrofista- de una comunidad de vida, perturbada, confusa.

Y también sin ningún ánimo moralista, y menos aún juicioso –de juicio- se nos presenta la comunidad humana como... despistada, sin claros caminos, con ideas siempre controvertidas, que oscilan entre las alarmas más espantosas y los logros más maravillosos.

“Maníacos depresivos”, sería el nombre simplificado; que no es ni bueno ni malo, es la descripción que nos ayuda a saber cómo situarnos.

La Llamada Orante nos muestra, en estas breves palabras, la situación general en la que todos estamos inmersos. Y “estar inmerso”, evidentemente no significa que nos ocurran las diferentes vicisitudes descritas, pero sí, “al menos”, nos salpica.

Mantenerse en la ecuanimidad serena del afecto, la solidaridad, la comunicación, la ternura, la entrega, la pasión, el entusiasmo, no resulta... no solamente fácil, sino que no resulta muy rentable, en este tiempo de humanidad económica.

La Llamada Orante nos pregunta si realmente sentimos que todo este perfil es evolución natural, o más bien –sin excluir esa evolución natural- hemos tomado, como especie, el camino del poderío, el dominio, el control, la manipulación… como el estilo más próspero, más rentable y más beneficioso. No para todos, ¡claro!, sino para los más poderosos, en el amplio sentido de la palabra. Y probablemente así sea.

La Llamada Orante nos incita a ver la perspectiva; la perspectiva de eternidad. Y como evidentemente nos queda muy grande, al menos la perspectiva de… de dos momentos: la inmediatez del instante, de ahora, del día, y la perspectiva del año, de los años. Sin perder la idea de infinitud, de eternidad. Una idea que, si se incorpora, nos anima, nos ayuda, nos alivia, puesto que nos sitúa en un proceso, en un desarrollo... donde no hay prisas, ni aceleraciones, ni retardos. No hay tiempo. Y al decir “no hay tiempo” es como cuando se habla de: “Pues hace 2.500 millones de años que… tarará, tarará”. “Y hace... no, no fueron 1.500, hace 3.000 años que…”. Parece –¿verdad?- que no hubo prisa. Parece también que fue ayer, porque tampoco es tanto. O quizás resulta mucho.

Pero el mantener esa consciencia de Eternidad nos presta el servicio de establecer el ritmo que nos corresponda... con la posibilidad de corregir, rectificar, cambiar, convertir…

Porque algo que está, y que es signo de este transcurrir humano, es la repetición de actitudes, proyectos, errores, críticas… Eso se repite una y otra vez. Y nos hace pensar, como la célebre película de Matrix: “Hay cosas que no cambian”.

En cambio... –valga la redundancia- en cambio, sí que se modifica nuestra estructura, nuestras perspectivas; aunque, evidentemente, podemos seguir repitiendo las mismas propuestas que se tuvieron de jóvenes, de maduros o de traumatizados.

Políticos, economistas, científicos, sabios… todos hablan y todos incluyen en su jerga la palabra “cambio”. Quizás, todos son conscientes de que hay que cambiar esto, aquello, lo otro, lo otro...; cambiarnos por otros.

Luego ocurren cambios aparentes, y otros sugerentes, y otros cambios que obligan a otros, lo cual es una maniobra indecente: si para yo cambiar –o para cambiar-, tengo que perturbar a otros y evitar sus cambios y sus proyectos…

No parece, “no parece” que la palabra "cambio" tenga el arraigo de modificar, de replantear, de... Pero sí nos sirve para ver que hay esa necesidad, y que seamos conscientes de ello.

La Llamada Orante se inclina por la conversión: ‘con verse’, con-verse, conversarse, con poetizarse, con descubrirse, dentro del magma de la vida... y expresándose como un elemento liberador, contribuyente, ayudante.

Esa conversión supone una intención, una atención y una sincera evaluación de nuestra incidencia en donde nos encontramos, de nuestra incidencia en nuestro medio; de evaluar nuestros aportes, nuestro testimonio; situarlo en el orbe de la fantasía, la imaginación.

Olvidarse del tiempo, de “puedo” o “no puedo”... y de las justificaciones que nos retrasan.

Saberse en un panorama de prioridades, sin sentirse importante, determinante, exclusivo, aunque seamos imprescindibles y necesarios... por nuestro estar, simplemente; por nuestro ser.

Pero es fácil caer en la vanidad del protagonista, del dueño, del jefe, del director, del… de esa pirámide de poder.

En cambio, resulta –en la consciencia cotidiana- difícil entrar en el oleaje del mar, en el que las ondas se prodigan de miles de formas, de infinitas maneras.

Ninguna ola se siente más importante que otra. No compiten al llegar a la orilla.

Sí; pero el efecto de “importancia personal” resulta... muy competitivo.

Tanto, que los seres renuncian a descubrirse en el sitio que les corresponde, y tratan de usurpar –a lo mejor sin consciencia de ello- otros lugares que son de otros, que pertenecen a otras acciones de otros seres.

No podemos usurpar la posición imprescindible y necesaria de ningún ser. Estamos cerca, estamos en contacto, colaboramos, compartimos… Hasta ahí. Y no es ningún límite, es simplemente un equilibrio. Un equilibrio facilitador del otro, del otro..., y el otro hacia uno y hacia otro, para que demos cumplida realización de nuestros dones, cumplida realización de nuestras acciones; del motivo por el que nos han traído a este lugar del universo.

 No hemos venido por voluntad propia, por mucho libre albedrío que se esgrima como punta de lanza de libertades. Nos han traído para un “ser y estar”, para un “hacer”, para un “testimoniar”, bajo un Misterio Creador... que, si nos disponemos a sentirlo, percibiremos sus casualidades, sus oportunidades, sus puntos inesperados, imprevistos… que no se corresponden con cálculos y con planes humanos, sino que se salen de esas perspectivas.

Pero cierto es que, en ese perfil en el que incide la Llamada Orante, la especie se vanagloria por sus logros. Logros catalogados como tales por los poderosos: a ver quién tiene el cohete más fuerte para llegar lo más lejos posible, para hacer el mayor daño posible; a ver cómo logramos la droga de la droga de las drogas, que nos hagan insensibles, para aliviar nuestros agobios y nuestras incomodidades.

Ahora, precisamente en este ejemplo, que las drogas de diseño y las de no diseño entran en la ciencia como auxiliadoras de las perturbaciones de nuestra consciencia.

Y así, poco a poco, podremos adormecernos con recursos que nos eviten –y ya se ve en la práctica cotidiana- cualquier incomodidad, cualquier molestia. Pero que a la vez nos permitan robotizar nuestras acciones para rentabilizar nuestra presencia.

En esa conversión nos vemos de otra forma, de otra manera, con otras actitudes, con otras expresiones. Y, si nos vemos, es porque ahí estamos y hacia ahí debemos ir.

Nuestra consciencia, en el Sentido Orante, está permanentemente asistida por el Misterio Creador.

Y la resistencia a esa idea reside en el hedonismo personal de que nuestra consciencia es una elaboración propia, producto de una historia personal. Y, sí, ¡claro que hay detalles que podemos contar!, pero como decíamos hace un instante, no hemos venido por nuestra cuenta, no estamos aquí o allí por nuestra propia decisión. Ha habido una necesidad de que estemos, una necesidad incomprensible, que por una parte pensamos: “Es que el Misterio Creador necesita de nosotros”. Decididamente, no. ¡No! Pero se expresa, en su infinito Amor, haciéndonos presentes; permitiendo nuestra actuación.

Es... –valga la comparación- es ese director de escena, de libreto, de música, que está detrás de nuestra actuación; que sin esa inspiración no podríamos actuar. El asunto es que el actuante se convierte prontamente en hegemonista, y ya no atiende a la renovación, y se repite y se repite... en su vanidad.

En cambio, si asumimos esa “filiación”...

¡Que no es una cuestión de obediencia!, ni una cuestión de sumisión... en el sentido de “estar sometido”, como nos planteaban las religiones: “¡Sometidos a la ley de Dios!”. ¡No! ¡Por favor! Pero sí sumergidos en ese Misterio Creador del que nos sentimos parte, expresión de ello, sin explicaciones; salvo instantes místicos que pueden ocurrir y ocurren en cualquier ser, que nos permiten balbucear esa expresión del Misterio.

Podemos también, sin esa expectativa sorprendente, mística, situar... –que también es místico- el Misterio de que estemos, de que se nos “permita” –valga la palabra- un día, y otro y otro y otro, el actuar.

Y que no ha sido –“y que no ha sido”- por nuestra voluntad, por nuestra consciencia. No. Ha sido por un Misterio que así lo ha decidido.

Se hace conveniente, bajo... –sin que implique sumisión y obediencia, ni ninguna palabra restrictiva- se hace conveniente el desarrollo de una conversión. El desprenderse de todos esos elementos que nos disgustan, que no los sentimos propios. Desprendernos de esas apariencias, de esos cumplidos, de esos ocultos, de esos prejuicios, de... –en definitiva- de las costras, porque debajo de ellas el tejido ya está dispuesto, está limpio.

Pero si permanecemos encostrados, condicionados permanentemente por infinitos factores que nos rodean, estaremos siempre anquilosados, cansados, ¡confusos!

Decía el dicho: “La esperanza es lo último que se pierde”. Sí. Al perderla, ya... se ha perdido, se ha perdido el ser; ya no está.

Esa esperanza late debajo de cada costra. Aspira a recoger el aire limpio de la sinceridad, de la expresividad, de la concordia, de la sintonía.

Esa esperanza que, además de esperanzarnos, proyectamos: nos ayuda a proyectar esa esperanza sobre todo el entorno. Porque somos intimidades compartidas.

La vida es unitaria. No hay algo fuera de ella.

Y no es cuestión de opinión: si creemos, queremos, o no; sino que formamos, cada ser, una unidad de especie con todo lo que existe, más lo que no sabemos que existe y que está. ¡Estamos conectados!

Y cualquier pensamiento, palabra, obra u omisión –¿verdad?- se transmite a todo.

Y es así que el cultivo de la esperanza nos lleva a contemplar nuestra presencia, nuestro estar, nuestra responsabilidad. Y es el aliento diario que nos mantiene en la vigilia, para ser realmente vigías que avisan de... posibles tropiezos, pero a su vez, vigías que señalan un sentido del estar y del hacer y del ir.

La esperanza: una vigía para no perderse, para sentirse orientado, para posicionarse entregado.

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TIAN

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