La vida, hoy, nos demanda virtuosismo

 

Es un transitar, el vivir. Y, en consecuencia, cada paso supone un nuevo acontecer.

Implica diferentes perspectivas… aunque cierto es que, en esa evolución de humanidad, se han erigido poderes, influencias e imposiciones, que hacen del tránsito, del transitar, bloques inamovibles… que los poderes desplazan de un sitio a otro… pero que no cambian, que no se replantean, “que se sienten seguros bajo el amparo del poder”; permanentemente dependientes de ayudas, arreglos, por parte de las costumbres, normas… “Dependientes”.

Son síndromes de Estocolmo, camuflados.

“Sí. Me hace daño, pero me da una paga, me da el paro, me da el mínimo vital. Sí. No me da oportunidades, pero… voy tirando”.

Y mientras, el tránsito de renovación… permanece congelado.

Y cuando, por momentos, por algún tiempo, por circunstancias, se derrite y se hace agua viva que tiene que sortear dificultades, buscar cobijo, pero seguir el rumbo de la caída hacia el océano del Amor, ahí ya son pasos decididos que dependen de la Providencia. ¡Que ya no dependen de ningún gobierno, de ningún poder, de ninguna norma, de ninguna ley!

“La Llamada Orante”. Ahora… ahora que transitamos hacia otros pasos, ahora que hemos vivido momentos diferentes –por los ritmos, por las circunstancias-… debemos invocarnos hacia la escucha de la Creación, para que nuestra creatividad, nuestra valentía… sea capaz de promover, sugerir y plantear diferentes y necesarias alternativas.

Transitar como el agua, que no desdeña ningún espacio. Que sabe adaptarse ¡y no pierde su identidad! ¡No abandona sus promesas! Es fiel saciadora de la sed. Es fiel acogedora de nuestra limpieza. Es fiel sustento de nuestra estructura. No nos abandona. No nos desprecia. No nos cambia…

Y, siendo agua…, nos combatimos, nos despegamos, nos desproporcionamos…

La Llamada Orante nos… prepara. Nos prepara los suelos de nuestras “huellas”. Nos indica con sus sugerencias hacia dónde debemos andar. Nos hace mirar, en cada paso, no a los pies ni al suelo, sino a las estrellas, para que nuestra referencia no sean nuestras voluntades o caprichos, sino los sentires amantes y enamorados, que no nos aseguran, que no nos garantizan, pero que sí están en un permanente cuido y… cobijo.

Pero la vanidad… que, como decía el dicho, “es un yuyo malo que envenena toda huella” –a propósito de las huellas-, nos concentra en nuestros caprichos, en nuestros deseos, en nuestros facilitarismos.

¡No hemos llegado a este Universo increíble, para dar cauce a los receptáculos que nos han recibido!, de costumbres, normas, leyes, mandatos, obligaciones… ¡y caprichos aprendidos que ni siquiera son propios!

¡Hemos venido para dar muestras de la grandiosidad de la Creación!

Hemos llegado a este Universo… para expresarnos extraordinariamente, excepcionalmente, ¡insólitamente!

No se admiten justificaciones.

¿Qué se le puede decir al Misterio Creador, cuando nos colma de posibilidades, y optamos por las vulgaridades? ¡Qué vergüenza!

Pero el ser tiende a amoldarse a sus vergüenzas… y termina creyéndose sus propias propuestas, que no son ni más ni menos que repeticiones de los poderes que agobian y… se muestran como las vías adecuadas y salvadoras.

¿Hay que esperar…? ¿Hay que esperar al derribo, al desahucio y… al desespero, para darse cuenta de cuál es el verdadero lucero?

¿Hay que caer en la repetida consistencia de lo que otros y otros fracasaron e hicieron, para darse cuenta de otros perfiles…? Que, sin duda, ¡cualquiera de ellos se hace difícil!… porque la horma que ha seguido la humanidad es poderosa

Pero es poderosa en su gueto; en su gueto de sueldos, ganancias, pertenencias, posesiones…

¡No alcanza a salir de sus paredes!

¡Por favor!

¡No se puede someter!, el vivir, a una práctica conocida y a un seguro establecido: ese que tiene techo…; ese que no quiere ver las estrellas…; ese que teme al esfuerzo no reconocido…; ese que aspira a “el pájaro en mano”… y no se atreve a volar.

Este transitar orante nos reclama… –como dicen los lemas del año- un replantearse, un renovarse, un recapacitarse, un rehabilitarse ¡y un proyectarse!... bajo la dignidad de la vida en el Universo.

¡Es que habito en el Universo! ¡No habito en tal calle, en tal país y en tal lugar!...

¿Por qué eso que es tan evidente… queda sepultado, y el sujeto queda reducido a su gueto de pertenencia y de poder, a su dominio de su pequeña… “esquela”?

¡No! Ese no es el mandato de las estrellas. No. Esa no es la luz… de materias y energías oscuras que no castigan, sino que ¡expanden! No. Ese no es el mensaje de la pequeña luz visible que nos alumbra.

Y es así que la Llamada Orante nos insiste… porque el poder del propio humano se ha hecho refractario y resistente, recalcitrante y dominador, racional y… “seguro”.

¿¡Habrase visto!?: “seguro”.

Cómo debe de ser la carcajada del Misterio Creador, cuando el ser humano busca la seguridad, la tranquilidad, la pequeña posesión, el dominio de lo que sabe o lo que tiene…

Sí. Se ríe en silencio.

Mientras el ser de humanidad a veces contesta diciendo: “Sí, pero en el día a día hace falta”… y tal y cual.

Enseguida busca la raíz del anclaje de la materia, del seguro de enfermedad, del seguro de sepelio, del seguro de… casa, comida y vivienda.

¿El “seguro”…?

Hay que suspirar más. Sí. Y en el suspiro, tratar de desprenderse de esa maníaca posición de pertenencia, de pertenecerse, de estar seguro. ¡Es tenebroso escuchar a alguien “estar seguro”!

“Certero soy, si digo que me trajeron, que me dotaron y que me empujaron.

Me trajeron, me dotaron y me empujaron. ¡Y me siguen empujando!

Mas no me pertenezco.

Intermedio… soy, y mis huellas no son mías; son de quien me lleva.

En consecuencia, no hay reclamo ni demanda… Hay gracia, hay asombro, cuando siento que me encuentran, y me posibilitan, y me empujan, y me dificultan, y me despistan…

Pero el latido de la esperanza… ¡palpita!, aunque de él se rían los que tienen su corazón “seguro”.

Pero cuando se sabe que nuestro latido no es nuestro, sino que son besos y besos esculpidos por la Creación, dirigidos específicamente a cada uno, para que seamos testimonios reveladores, innovadores, ¡entregados!…”.

Así sí vamos en el sentido de Universo. Así sí estamos en disposición de servir.

¡Servir!...

¡Sí! El servicio a lo Grande, al Misterio; aquel que nos coloca en la excepcionalidad, no en “servirme”.

Me sirven permanentemente para que sea un servidor equivalente …

Para que escuche la palabra, no para que me escuche mis palabras.

Para que escuche la casualidad, para que escuche la circunstancia, para que escuche lo imprevisto, para que escuche la sorpresa, el regalo…

¡El sentirme elegido para algo extraordinario!... ¿Cómo voy a renunciar!

¿Qué hay de mí, propio, para poder decir si sí o si no… si resulta que me están llevando, y si me sueltan desaparezco!

El aliento orante es… el auxilio. Es el empuje, la orientación: la que nos permite meditar; la que nos hace valientes; ¡la que nos quita las querencias!... y nos vibra en amores; la que nos permite admirar, contemplar… el transcurrir ¡de todo lo que nos rodea!… y poder situarnos en las frecuencias ofrecidas, no en los deseos preferidos que nos han impuesto otros… que han fracasado, que no nos quieren ver en posiciones diferentes y que quieren que repitamos sus incapacidades.

La vida hoy nos demanda virtuosismo. Nos demanda sutilezas. Nos demanda detalles. No acepta… ¡no podemos aceptar justificaciones permanentes!, mentiras camufladas…

Si sentimos en verdad “liberarnos”, no podemos aceptar nada establecido.

Debemos inspirar… e inspirarnos por las sugerencias creativas; sabernos adaptar a las fuerzas que, humanamente, sólo en posesión piensan.

Saber mantener el tono de voz… ¡necesario!, y en el plano preciso, para no caer en la justificante razón: esa que termina siempre por “terminar”; que tiene una vocación por el exterminio: “¡Hasta aquí, hasta aquí, hasta aquí! ¡No puedo! ¡Hasta aquí, hasta aquí!”.

¡Un racismo destructor!... que cambia de ruina en ruina.

El aliento liberador es un aire fresco… que se eleva. Es un aliento incansable de fidelidades. Es un capacitante constante, de imposibles.

Pero sí reclaman, “las libertades”: esas que los poderes dan y quitan; que parecen estar en nuestras manos. Tentaciones permanentes de… “mi, mi, mi, mi, mi”“yo, yo, yo, yo”

Es preciso ahondar en tenernos ¡piedad!... para descargar de nosotros las cubiertas que nos imponen, ¡que nos imponemos!

Esa Piedad que permanentemente se derrama sobre cada uno, gracias a la cual despertamos, ama-necemos… a las nuevas huellas de quien nos lleva, de quien nos empuja, de quien nos sorprende.

***

 

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