Tenemos un camino como especie. Tenemos un “por-venir”

 

Se suele decir coloquialmente que cada ser, cada persona, es “un mundo”. “Un mundo”… quizás como alusión –sin querer- a lo de cada ser es un microcosmos.

Cada ser es un mundo, sí. Y en ese sentido, podría decirse que hay 8000 millones de mundos humanos.

Pero extrapolándolo en otro sentido más social, hay mundos dentro de otros mundos. Como por ejemplo el mundo de los pobres, el mundo de los ricos, el mundo de los emigrantes, el mundo de los artistas, el mundo de los vagabundos, el mundo de los peregrinos… Es infinito.

Y pareciera –pareciera, y en la práctica es así- que cada mundo tiene sus códigos, sus normas, sus costumbres, sus leyes, sus dogmas. Y bueno, tiene cierto contacto con otros mundos. Y el peregrino tiene contacto con las autoridades, y las autoridades tienen contacto con los políticos, y los políticos tienen contacto con los banqueros. Pero los campesinos no tienen contacto con los banqueros, salvo cuando les esquilman –los banqueros, a los campesinos-. Y así sucesivamente, los puntos de contacto de los diferentes mundos son absolutamente… –digamos- los precisos y los justos; hasta el punto de que son mundos diferentes, con reglas diferentes, con estatus diferentes.

Y es así que, en cada estatus de mundos, nacen, crecen, se reproducen y desaparecen, manteniendo –como grupo- un mínimo contacto.

La globalización permitió –o “consiguió”, mejor dicho- hacer un gran mundo que englobara a todos los pequeños mundos –los infinitos mundos o los sociales mundos-. Era la envoltura… o es la envoltura del mundo que envuelve prácticamente a todos los mundos. Y que no sólo se queda en los movimientos, en las actividades de cada mundo –en los comercios, en los negocios…- sino que también penetra en las consciencias, ¿verdad?: la propaganda, la información, el marketing, la opinión…

Y se va gestando una globalización de opiniones, de credos “uniformes”; como si realmente nos hubieran uniformado, nos hubieran puesto el mismo traje, al menos en las cosas más significativas.

Igual que para viajar hace falta un pasaporte, y todos los que viajan necesitan llevar pasaporte.

Sí. Hay un grupo de personas que entran por fronteras falsas, etc., pero es mínimo.

¿Cómo se fue consiguiendo esto?

Sin duda, por la transformación consciente e inconsciente de un modo de vivir rentista, acomodado, sedentario, competitivo.

Y eso caló, caló en esa globalización, como algo necesario. Fue la llamada “calidad de vida”: seguridad, trabajo, confort, bienestar, diversión… jubilación y desaparición. Todo un modelo de evidencias.

Y planteado así, claro, la globalización se hace tan contundente que es difícil abstraerse a ella. No hay, además, mucho espacio para otras opciones o posibilidades. Todo debe estar calculado y... rentabilizado.

La Llamada Orante nos hace esta presentación, muy sintética, del estado en el que estamos envueltos por la dinámica humana.

Y nos preguntamos, orantemente, que si este paso actual es un paso obligado… –parece que sí- o es un paso que hay que combatir o es un paso del que hay que defenderse.

Porque ese condicionamiento humano lo han gestado los que se han sentido privilegiados, dominantes y convincentes. Y lo han ido instaurando poco a poco, pero… con prisas. Y se ha logrado –en esa globalización- instaurar la debida competencia para que la renta, la “excelencia” –entre comillas- de cualquier actividad, sea beneficiosa para mantener este estatus en el que estamos.

El Sentido Orante nos advierte de que esta situación forma parte del camino que sigue la especie. Que el Misterio Creador es consciente de todo ello. Que no hay potencias especiales –pero sí sobresalientes unas de otras- de humanidades, que sustituyan la Consciencia Creadora. Pueden aparentar sustituirla, pero es parte de la expresión egolátrica –una más-.

Esa salvedad es importante, para que no se caiga justamente en lo que se propone: competencia, competitividad, combate. Y ponerlo –en resumidas cuentas- como “los buenos y los malos”, con el consuelo de que al final –al final, ¿eh?- los buenos ganarán a los malos. Pero, mientras tanto, los malos siempre ganan.

La Llamada Orante nos llama a despojarnos de esa consciencia competitiva, de esa “lucha contra” la mentira, la egolatría, la idolatría, la impunidad… Eso es precisamente lo que se pretende en esa globalización. Pero cada uno de nosotros, y todos, somos pertenecientes a una humanidad: a unos que nacen, cada amanecer, gracias a “el Amar del Misterio Creador”.

No hay unos peores y otros mejores. Eso puede valer para el kindergarten. Pero ya cuando el ser alcanza una adultez esperada, que es antes de la anciana compensación del vivir –que esa es otra conceptualización, claro-... pues en esa adultez hay que alertarse de no caer en ese combate, de saber que esos otros mundos que quieren conquistar y que conquistan y que dominan a estos otros mundos, son parte de la dinámica de la especie.

Es una nueva oportunidad de aprender que se puede –sin “poder”- abandonar la estrategia de suplantar al Misterio Creador, de suplantar a la Divina Providencia, de suplantar…

Que es posible. Que es posible en base a que cada ser despierte y se dé cuenta.

Aunque en lo cotidiano critique y resalte lo desastroso o lo que le parece inadecuado. Sí; eso es… peccata minuta.

Lo significativamente transcendente –nos reclama la Llamada Orante- es que se tenga la consciencia, que despertemos al desarrollo de la consciencia de Universo, con las múltiples facetas de un poliedro de caras infinitas. Y que todo aquello que me impida esa visión de la humanidad, de mi especie, sin juzgarla, sin criticarla… es necesario tenerlo en cuenta.

Y si sé que no he de suplantar, que no he de competir, que no he de propietarizarme, que no he de acomodarme, que no he de sedentarizarme, y ejerzo…   –¡ejerzo!- en ese sentido, es obvio –para el orante al menos- que la situación, las situaciones, las vivencias cambian.

Si cada pequeño gran destrozo –que bajo nuestra consciencia es así- lo trato de compensar combatiendo e instaurando otra situación “mejor” –entre comillas-, terminaré por realizar algo parecido.

En cambio, si como ser de universo me posiciono en esa itinerancia, en ese transcurrir, en ese servicio, en esa humildad, en esa entrega, en esa alegría por sentir, todo ese caudal, todo ese caudal de aconteceres va a incidir sobre esa globalización.

Ya sabemos que no podemos decir: “Es que no puedo hacer nada”. Falso: ¡puedo! Pero no es un “puedo” de Poder. Es un “puedo” de transfiguración de mis posiciones, para situarme en otra esfera de vibración… en la que pueda sentirme una entidad de la Creación. Y ver lo creado como… algo necesario, algo imprescindible para poder establecer una vía de convivencia que nos permita transitar con una esperanza cotidiana, diaria. Quitar la mueca de la queja, del desinterés, de la apatía, de “el mundo es así”…; de ese sentido dogmático de cada palabra; de esa continua rectificación de lo que dice éste o aquél o el otro.

Más preocupada –la especie- de no estar de acuerdo, que en llegar a acuerdos.

Y pareciera que uno está a la caza del otro: religiosamente, políticamente, socialmente, convivencialmente; está esperando que haya el más mínimo “error” –entre comillas- para fijarse, para señalar, para indicar, para corregir.

¡Qué fácil es destruir! ¡Qué fácil es perturbar! Qué fácil es poner la zancadilla. Qué fácil es especular, inventar lo que no es. ¡Y cambiar la historia!... Porque al no saber y al no tener consciencia de lo que ocurre, de lo que transcurre, mi hacer y mi estar se guía por esas referencias que, al ser falsas o modificadas, falsean y modifican, obviamente, mi camino.

¡Tenemos un camino como especie!, los ocho mil, nueve mil, diez mil millones: una especie multi-dimensionada. Tenemos un “por-venir”. Y ese porvenir de especie debemos incorporarlo bajo el Sentido Orante del Misterio Creador. Y en ese porvenir de especie, sí, descubriremos multitud de detalles a corregir, a variar. Pero no podremos quedarnos en el combate y en el asedio permanente, porque no es ésa la muestra que el Universo nos da –aunque desde aquí podamos interpretarlo como un Universo viejo, anciano, que se acaba, que… dará origen a otra cosa que no sabemos qué es, pero que nos atrevemos a especular fácilmente-.

Esta consciencia de “proyecto de especie”… nos amplifica nuestra consciencia cotidiana y hace que nos fijemos en las virtudes y en las capacidades de los otros, más que en los defectos y en los errores y en las continuas rectificaciones.

Ya podríamos decir que hay suficiente experiencia para saber que el enfrentamiento y la competitividad nos llevan al deterioro. Pero pareciera que aún es necesaria mayor incidencia ‘deteriorante’ para darnos cuenta de que por ahí no es.

¡El orante ha de tomar consciencia de ello!: “Por ahí no es”. Y en la medida en que nos ejercitamos en que “por ahí no es”, nos aliamos, nos conjuntamos, nos convivimos, nos respetamos, nos apreciamos, nos admiramos.

¿¡Es que eso no se puede hacer!? ¡Es que pareciera que estamos condenados a criticar, a perseguir, a condenar, a rectificar, a imponer…!

¿¡Tanto, tanto!… ¡a tanto nos han acostumbrado otros como nosotros!?

Pareciera que fuera error o pecado exaltar y ensalzar las virtudes de uno y otro; respetar y admirar lo bien realizado. ¡Es convivir sin competir!

Pareciera que diera vergüenza –“pareciera que diera vergüenza”- y que perdiéramos hegemonía y perdiéramos autoridad por no competir, por no mandar, por no ordenar…

¿Es una vergüenza ser prudente? ¿Es una vergüenza respetar la intimidad? ¿Es vergonzoso no pelear? ¿Está mal el saber cultivar el silencio? ¿Es de cobardes el eludir el combate...?

Se van estableciendo normativas con tanto vigor y fuerza, que es difícil no caer en ellas. Pero la Llamada Orante está ahí para advertirnos, para susurrarnos o gritarnos a propósito de nuestra naturaleza, de nuestra consciencia de especie, que guiada por la Providencia está. ¡Que estamos… con todos nuestros desmanes, producto de la envidia de la Creación, producto de la envidia de… del derroche de Amor Creador.

La especie no ha llegado hasta aquí –nos dice el Sentido Orante- para claudicar. No ha llegado hasta aquí, en lo viviente, para exterminarse. Ha llegado hasta aquí para purificarse, para reconocerse, para descubrirse, para clarearse, para “vivificarse”: hacer culto al vivir.

Nuestra consciencia de especie no ha llegado hasta aquí para sentir cansancio vital y solicitar la eutanasia guerrera, solapada o enmascarada.

No. La Llamada Orante nos dice que hemos llegado hasta aquí porque, siguiendo las pautas que hemos mantenido como especie, nos podemos dar cuenta de que no son las que nos corresponden; que debemos rectificar ese motor que está gripado, que está con síntomas de fatiga, debilidad y desespero: limpiarlo, corregirlo, pulirlo… para que vuelvan las bielas a fluir con naturalidad, con precisión.

Una consciencia de nueva especie.

Sí: un nuevo nacimiento, una transfigurada posición ¡que comienza con cada ser!… y que se transmite a otro y a otro. Que no tiene que vencer ni ser vencido, ni convencer ni ser convencido. Tiene que saber permanecer en la íntima presencia del ser y en la comunitaria actuación solidaria, que no están reñidas…; que nos llaman a un consenso de universalidad.

Y sí, pondremos en evidencia las transgresiones, claro, pero sin dogmatizar, ¡sin culpar!, reclamando las responsabilidades y facilitando las rectificaciones, las correcciones.

¿Es que acaso no corregimos una y otra vez al pequeño, en su desarrollo? Y una y otra vez, el pequeño “transgrede” –entre comillas- la norma y se vuelve a manchar y vuelve a tropezar. Pero… el amor que sentimos hacia ese ser nos permite volver a limpiarle, volver a levantarle, volver a jugar a no mancharse y a no caerse.

Y ver la recompensa de una sonrisa, de una cómplice ‘gustosidad’ –“gustosidad”: de gustarse-.

Estamos en las puertas de la gran oportunidad, la gran ocasión de replantear, de conscientizarnos como especie; de asumir el camino recorrido hasta ahora y de sabernos herederos de cambios transcendentales… que nos conducen a otras dimensiones.

Es ahora.

Y en la Llamada Orante siempre tendremos ese eco de otras perspectivas, pero que se acopla a nuestros entenderes, a nuestros saberes, a nuestros sentires, para que demos esa modificada transfiguración. Que salgamos de ese globo. Que asumamos lo “liberto” como la verdadera opción. Y que si hemos llegado hasta aquí es porque así lo ha querido la… increíble Providencia.

Y en sus dones orantes nos reclama modificaciones… como parte de nuestro transcurrir. Porque, en consciencia, estamos preparados para ello…

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Piedad, piedad, piedad…

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