La evolución de la vida no es una conquista permanente

 

La trayectoria de la especie humanidad se desplaza a la continua conquista.

Esto implica desplazarse hacia la posesión, el dominio y el control..., a través de la fuerza del poder, que hoy se encuentra “polarizado” en la ciencia y su tecnología; avalado, eso sí, por la llamada “economía”, que gravita según los criterios de los poseedores, espacios, lugares... y zonas de producción.

Esta tendencia clara, que poco a poco invade todos los espacios, genera una servidumbre que se aleja... –en cuanto a capacidades, recursos, medios- se aleja de la conquista, del logro, del dominio, del poder.

Se aleja, porque su naturaleza, gestada por ser “conquistados”, es menesterosa en multitud de aspectos...; y, como servidumbre, se nutre de estar en permanente sometimiento.

La pregunta que nos muestra la Llamada Orante, en esta introducción, es si realmente es el camino inevitable... Y, en consecuencia, en cada eslabón de la conquista, cada uno tiene también su opción de conquistar.

Y así, como mucho-como mucho, puede haber una rebelión que sustituya una conquista, por otra.

Al hacernos esta pregunta, nos podemos remitir al trascurrir del ser a lo largo de la Historia, y lo que nos cuenta la Historia.

Una Historia que... ¿saben? Hasta hace poco se sabía que los varones eran cazadores y las mujeres eran recolectoras. Y tenía su sentido, por la fisionomía, fisiología y la estructura de la dimensión biológica del ser. Pero ahora resulta que la historia nos dice que no. Que quien mejor cazaba y quien mejor lo hacía eran las mujeres. Y que el hombre cazaba por placer, por diversión. “Estudios de expertos han demostrado, bla, bla, bla, bla...”.

Es un ejemplo.

Parece ser que la recolección no era muy rentable, y que rápidamente se hizo cazadora la especie, sobre todo las mujeres. Con muy buena organización, muy buen diseño…

Y, claro, todo esto –igual que la versión anterior- está demostrado por el estudio de fósiles, de reliquias, actos paleontológicos y un largo etcétera. Situación que, evidentemente, la mayoría de la mayoría de la mayoría de las personas no podemos comprobar.

Y quien dice ese detalle –que viene al caso por lo de la conquista-, dice otra serie detalles que no hacen muy fiable a la Historia.

Si tenemos que contar la historia de un margen breve, de 40 o 50 años, de la comunidad de un país, y no podemos incluir qué pasó, para qué se emplearon los fondos reservados; si no podemos incluir los detalles de los secretos oficiales… –todo ello producto de la conquista, claro-, ¿qué historia vamos a escribir?

Una historia exenta de maniobras, manipulaciones...; una historia “aparente”.

Y eso, por acotar simplemente un espacio de tiempo, breve: 40 o 50 años.

Así que, como podemos suponer, el margen de error se amplifica en la medida en que aumentamos los tiempos y se favorecen las especulaciones.

¿Es ese el devenir de la especie...?

Si nos atenemos a la simple propuesta del macrocosmos y el microcosmos, no parece ser que el macrocosmos tenga un desarrollo…

Ahora que se dice que el macrocosmos es inteligente, evolutivo... –se dice, ¿eh?, por una fracción de astrónomos-, que es un ser vivo...

“¡Ah!”.

Pues bueno, las observaciones que hacemos desde aquí, a ese ser vivo, nos indican que... –así, lo más simple- que se mueve.

“¡Ah! ¡Se mueve?...”.

Siguiendo con lo simple, nos damos cuenta de que está... bastante oscuro. ¡Bastante! –estamos hablando a simple vista, ¿eh?-. Sí. Porque cuando llega la noche y vemos esa multitud de estrellas, el espacio entre ellas, si sumamos los espacios oscuros en comparación con los espacios estrellados, los oscuros..., bueno, van de sobra.

O sea que se mueve; y lo hace, “a nuestros sensores”, oculto, oscuro.

También nos podemos dar cuenta, a propósito del macrocosmos –a simple vista, ¿eh?- de que se mueve, que es oscuro, pero que lo hace –con respecto a nosotros- de una forma rítmica. Hay un ritmo, hay un compás, hay un desarrollo.

Todo se mueve. Y, dentro de ese macrocosmos, el microcosmos sobrevive. Porque también, en ese moverse, vemos cómo... los luceros se separan, como atraídos por otras fuerzas.

En cambio, nuestro microcosmos, con relación al macrocosmos –de lo simple que podemos observar- se mantiene en equilibrio, en ritmo: día-noche...; primavera, verano, estío, otoño, invierno…; época de lluvias, época de sequías, época de frío...

Y por el tiempo que podemos calcular –160, 180 millones de años, o más; más o menos, tampoco vamos a escatimar ahora en años- no hemos percibido... –guardando ciertos relatos de la historia- que nos hayan conquistado.

Parece como si las especies habitantes se hubieran coordinado para darnos albaricoques, melones, trigo, arroz, caza, habitáculos, cavernas… y nos hubieran dotado de capacidades para tener utensilios, recursos para protegernos, cubrirnos, hacernos habitables en habitáculos...

O sea que habitamos en un Universo que, hacia nosotros, no se muestra conquistador.

Y estamos inmersos en infinitas... –por exagerar un poco, sí, de acuerdo- infinitas especies, que van desde las bacterias, los virus, hasta los rinocerontes y los hipopótamos y los elefantes, por poner así a lo grande. Y no, no, no parece que esa multitud –porque son más, ¿eh?- tenga la intención de conquistarnos.

Y como todos esos elementos del entorno se corresponden con la vida, y nosotros somos vida, ¿será que la evolución de la vida no es una conquista permanente de dominio, control, posesión, manipulación, generación de... importantes y menesterosos? ¿Será que, aunque estemos en ese transcurrir, no sea el más propicio, pero haya sido... –como si ya no lo fuera, pero digámoslo así- haya sido necesario?

Porque, para levantarse, hay que previamente caerse.

Claro que se puede hacer largo lo menesteroso y la servidumbre. Muy largo.

Pero parece ser que el factor tiempo es un factor muy “maleable” y muy “manejable”, precisamente por lo poderoso.

En consecuencia, lo que nos parece que es muy largo, a lo mejor no lo es tanto. Y viceversa: lo que parece corto... es más largo de lo que se nos muestra.

Todo parece indicar que no es... –en cuanto a la referencia del microcosmos y macrocosmos- no es el camino universal, el que lleva la especie, sino que lleva un camino de prepotencia, dominio… que transfiere a todas las estructuras sociales que compone la especie.

Al darnos cuenta de esa no correspondencia entre el microcosmos de nuestro pequeño universo, y el macrocosmos, nos es lícito preguntar –y así lo hace la Llamada Orante- si deberíamos “optar” por otras dimensiones, por otros senderos: solidarios..., amables..., suaves..., compartidos..., comunitarios... y un etcétera. Es decir que también existe un léxico diferente a “la conquista”, “el dominio”, “el control”, “la manipulación”...

“¡Ah!”.

Existe también la bondad, la misericordia, la concordia, el equilibrio…

 Y no se trata de poner lo uno en contra de lo otro, ¡no! Se trata de saber, al menos, que existe. Y no solamente existe, sino que es “practicable”. Con dificultad, claro. Estamos en un transcurrir de conquista, así que un transcurrir de humildad, de sumisión, de colaboración, de equilibrio, de disposición, de amabilidad, de compartir, pues no es fácil, porque se ha educado a: “¡esto es mío!”, “¡y esto es mío!”, “¡y esto es para mí!”. Ya se ha hablado de ello en otras ocasiones.

No es fácil.

Así como... como “un aleluya, sin pretender combatir la conquista –no, porque eso es incombatible, terminas aliado con el conquistador-, sin pretenderlo, entonamos un aleluya grande, y recordamos eso:

 Bienaventurados los pobres de espíritu, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los humildes y los menesterosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos estarán en la concordia.

Bienaventurados

Y así sucesivamente.

¡Caray!

Eso, insisto, era simplemente un aleluya de... de salir “a lo grande” por otras opciones –“por otras opciones”-, en ese otro léxico.

Todo pareciera indicar que esos aleluyas se corresponden con la post mortandad, allá en el rancho grande de los cielos. Pues no.

No. Se correspondía, como mensaje, aquí y ahora. Evidentemente, sin éxito; con testimonios personales y particulares, sí, sí, pero a nivel de humanidad no es contable. O sea, no se tiene en cuenta.

Pero es bueno –nos dice la Llamada Orante- saltar hacia los aires y en aleluyas, puesto que parece ser que hay otras vías; que se han explicitado otras vías parciales. Es decir, que estas son las más cercanas y conocidas a nuestra cultura, pero hay otras que afirman lo mismo, con distinto lenguaje y distinta arquitectura, pero en esencia lo mismo.

Fueron exhalaciones de Universo, de Creación, de Misterio Creador, las que fueron dando sus bocanadas en los llamados “Textos Sagrados”, leídos entre líneas para recoger otra percepción, desde los Upanishad hacia la Torah, pasando por el Corán, por tradiciones más antiguas aún, como los drávidas, como los pre-hincas… Los vestigios de esas minúsculas actitudes nos hablan de otra dimensión. De otra dimensión ejercitable en ésta.

Eso sí, con la inteligencia, la adaptación, la socialización, la conversión: de “conversar”, de ver las diferentes visiones; de conocer y, en ese conocer, poder ejercitarse en la bondad, en la piedad, en el servicio, en la alegría, en la entrega, en la fidelidad, en la promesa.

Resulta que sí hay recursos para mostrar otra cara, aunque seamos servidumbre de servidumbres.

Porque los conquistadores, a su vez, se hacen servidumbres de sus dominios.

La Llamada Orante nos promueve hacia una actitud, una disposición, que justamente ahora, bajo la sintonía de la liberación y de la transfiguración, nos permite aspirar a esos sueños, fantasías…

Sueños, fantasías... que se evocan y están abocados a colaborar, a compartir, a congeniar, a con-sentir.

El descubrirse en la bondad, el descubrirse en el servicio, el descubrirse en el compartir, en el entregarse gozoso, nos da pie para, bajo ese estado, disolver esa idea de “bueno”, “malo”, “mejor”, “peor”... y nos adentra a la comprensión de los aconteceres, ¡sin juzgar!, ¡sin justificaciones!, sin prejuicios.

Resaltar las evidencias nos promueve hacia el equilibrio. Nos evita el juicio, porque lo evidente se muestra y tiene que testificar. Testificar en el sentido de mostrarse, de dar testimonio.

Hacerse en la fe de la bondad en la que nuestro microcosmos disfruta y está, dentro de ese macrocosmos por el que empezaba la Llamada Orante.

Hacernos fe del cuidado, de la oportunidad, la ocasión, la circunstancia en la que se nos lleva para que nos convirtamos, nos purifiquemos, nos aligeremos de nuestros botines de conquista.

Hacernos fe de la alianza en la vida…; en todo lo viviente.

Hacernos fe en nuestros recursos, en nuestros dones que nos inspiran.

Ser fieles a esa inspiración y a ese idealismo, sin la renta del beneficio.

Con la consciencia de ser auxilio y auxiliado a la vez.

***

 

TIAN

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