Domina la cotidiana “normalidad” del acomodo, de la queja soterrada; a veces, del clamor de la protesta.

Pero todo ello encapsulado, silenciado hasta que, un día… un día se descubre o estalla.

“La fiesta en paz” se ha convertido en un modo de vivir, en una manera de estar… para no perder ninguna oportunidad.

Mientras, a la vez, el alma bulle en buscar ser sincera. Y no se atreve.

Y el proyecto y el cambio se ejercitan en el silencio meditativo. Pero tampoco se expresa.

El ser se secuestra continuamente.

Nadie parece saber quién es quién. Salvo cuando ¡irrumpe!… desordenadamente. Pero tampoco ése es el que debe ser.

El respeto humano cotidiano, para que los que hablen y comenten –que nunca es de ellos mismos- no tengan motivos, es una actitud… de solapada mentira.

Se da más crédito a la opinión vulgar… que a la sugerencia ¡sincera!

Se da más crédito al miedo y al drama… –parece que “hierve” mejor-, que a la mínima alegría, a la sugerente posibilidad o a un simple estar en armonía.

Sin duda, todas estas facetas, son muy generalistas. Cierto. Pero no menos cierto es que gravitan y gravitan sobre nuestro diario acontecer, y cada vez es más difícil ser lo que se es, y el ser se acomoda para ser lo que los demás quieren que sea.

¿¡Es que acaso la vida de un ser se ha cristalizado en este Universo –con todos sus proyectos y recursos- para convertirse en un pésimo actor de los gustos ajenos!?

Y socialmente –y socialmente- se incide sobre cada ser… para juzgarlo, premiarlo, condenarlo, apartarlo… –¡depende!... del interés ajeno-.

La especie humanidad, en su desarrollo, se ha convertido en una “Guerra de Secesión” que no tiene prevista su disolución. Es un estilo de vivir… que conspira, que critica, que mira…; que se camufla con la opinión, con la libre expresión…

La Llamada Orante nos ¡requiere! Nos requiere como seres de Universo. Nos requiere como seres sinceros… que podamos aspirar ¡el viento!, sin miedo, sin prejuicio.

¡Es demasiado, demasiado, demasiado importante el vivir!, como para reducirlo a una crítica, a un insulto, a un… silencio, a un “pasar” y conformarse.

La Llamada Orante nos reclama la infinitud, la eternidad y el misterio permanente que supone ¡vivir!... Y en ese misterio debemos permanecer, y no caer en el fácil recurso de la queja, la acusación, la crítica…: ¡el “mundanismo” cotidiano!

Pero, ¡ojo! Tampoco erigirse en salvador, en protector, en dominador, en controlador de ¡verdades!… Que también los hay. Y pasan por ser los virtuosos.

Se ha construido, a lo largo de la evolución, un vivir de tropiezos, de golpes, caídas, dolores…; “la queja viva permanente”… que obviamente culpa a esto o a aquello o a aquél o al otro… y se olvida, se olvida del vivir.

Pero ciertamente, para acordarse del vivir, es preciso purificar esa cotidiana apariencia.

¡Para recordar el vivir auténtico, es necesario alcanzar una transparencia! 

¡No es preciso esconder algo! Es un peso… ¡inaceptable!

¡Sí! Hay un clamor de la vida.

Sí. Hay una exclamación del vivir… –sí-… que nos promueve la oración –sí-… para salir de ese recoveco, laberinto, encrucijada… en el que no se quiere perder nada de lo que se tiene, o se quiere obtener más de lo que se debe; en el que el combate es permanente; en el que la opinión del más incapacitado ¡pesa más que el criterio y el sentido del más sofisticado!

¡Hasta cuándo va a imperar la vulgaridad de vivir!... a espaldas de la grandeza de un instante de respiro.

¿¡Cuándo el ser va a reclamar, a su destino, su verdadera intemporalidad, con sus sentires, con sus búsquedas, con sus actitudes…!? ¡Que se adaptan, pero no callan! ¡Que asumen, pero no renuncian!

Si desciende el nivel de sensibilidad, si se aminora la intención del afecto, si se hace del Amar un tímido contento… estaremos fuera del contexto de vida de Universo.

¡Estaremos apilando los cementerios, los hospitales, los enfrentamientos, los odios, los rencores!… Contaminando…

Las minas antipersonas que están repartidas por muchos lugares, son pequeñas explosiones, comparadas con las minas antipersonas que el propio ser genera hacia sí y hacia el entorno. 

¡Estalla en su callada lucha! Llora en su silencio de escondite. Y procura, ante lo vulgar, que no se note.

¡Ay! ¡Qué desdicha!... el vivir ¡sin contar con la vida!

¡Ay! ¡Qué desolación!... el estar sin sentir que se está, anhelando y deseando otra realidad. 

¡Ay!, ¡qué dolor se hace!... cuando las palabras se silencian, o se expresan… “aparentemente”. Dan una muestra de apariencia.

La mentira ronda con el ocultamiento. Y es curioso que, ese fomento al escondite, se piensa y se siente que ahí se quedará, y que a la tumba irá a parar, y que nadie lo sentirá, ¡nadie lo descubrirá! 

¡Qué estúpido proceder!

Lo oculto, lo aparente, no puede evitar que se irradie lo evidente. 

Por mucho ejercicio que se haga para aparentar…, sólo con el respirar, en cada exhalación el ser se muestra, y otros respiran su aliento.

¡Sí! ¡Quizás no se sabrá a la minuciosidad lo que cada cual oculta, esconde y evita! Con precisión no se sabrá, pero peor serán las consecuencias. Porque las actitudes de vulgaridad contaminan, ¡contagian!, dañan. Producen dolor.

Y así, ¿acaso no vemos el continuo dolor… que circula?

¿Acaso se puede seguir pensando que es “por una alteración de”… o “por causa de”…?

Bajo el Sentido Orante, nada de eso tiene sentido. El dolor es impropio del viviente.

La vida, en su magnificencia, no precisa de dolerse.

¡No bajar el nivel de consciencia, que evidentemente nos muestra razones que explican este o aquel dolor! Se es consciente de que el origen está en el estar, en la manera de ser, que se ha ido labrando en un cultivo social, espiritual, político económico… –etcétera largo-.

Hacernos dignos del vivir es un reclamo orante, para que nos sintamos fluidos; para que dejemos de preguntarnos: “¿Y qué puedo hacer?”¡Todos saben lo que deben hacer!

La pregunta de que “¿qué debo hacer?, ¿qué puedo hacer?” es la pregunta engañosa que trata de comprometer al entorno con su opinión, y así establecer una estrategia ¡falsa!... de la manera de estar, de la manera de ser.

¡La vida!, el vivir, da suficientes referencias como para que cada ser tome nota de su posición. Él sabe qué hacer. Pero evalúa más y valora más lo que otro u otros dicen de lo que se debe hacer, de cómo se debe comportar… 

El ser se siente ¡sometido a otros seres!... Y se amedranta cuando tiene que referirse a ser una creación continua y permanente. Se amedranta cuando no tiene el poder que reclama continuamente sobre su cuerpo, sobre sus acciones, sobre su actitud… 

Desprecia la vida y el vivir. Y transita en la incómoda situación de renta, beneficio, pérdida, ganancia… Avejenta sus pieles, sus ideas, sus danzas… y así se convierte en un pergamino que no es leíble.

¡Ese no es el vivir… que reclama la vida! 

Ese no es el estar en el que cada cual debe saber –¡y sabe!- realizarse. 

No hacer de lo cotidiano un inconveniente, ¡por favor!

Acercarse… acercarse al vivir ardiente: a ese que sonríe a los dones permanentes y continuados de la Providencia. A ese que busca, porque está en el Misterio. A ese que descubre, que ¡aprende!, que se asombra.

No hay que aceptarse en la vulgar versión de lo que la evolución quiere –esa evolución de exigencias humanas-. Hay otra evolución: la verdadera. La que no está diseñada por el sabio, el tecnológico, el inteligente… Esa otra evolución que nos perfuma, nos alienta y nos muestra la diversidad infinita, con lo cual dejamos la vulgaridad cotidiana.

La tarea de vivir es embarcarse en el mar, en el AMAR. No es echar el ancla en el puerto.

La tarea de vivir no es anclarse en alta mar… y hacer del vivir una conquista.

La tarea de vivir es navegar sin anclas, con el aliento de los vientos… que nos llevan en un transcurrir infinito.

No hay que llegar, hay que transcurrir.

No hay que salir, ¡ya estamos!

Pero, sí. En estos ritmos de humanidad, si se quiere reconocer el vivir… supone un esfuerzo. 

Un esfuerzo que ¡está alentado!, que está referenciado en el Eterno Misterio. Un esfuerzo que está inherente a el ser. ¡Que no supone cansancio! Que no da fatiga. Que, por el contrario, da vuelo, da ganas… y no de “ganar” precisamente, sino de desprenderse del lastre que impone la vulgaridad.

El Universo Creador aguarda con sus dones.

El Misterio… el Misterio Creativo, permanente y generoso, ¡cargado de Misericordia y de Piedad!… hace que el esfuerzo no sea doloso, no sea desagradable. Más bien, que sea liberador. Y así lo es cuando la referencia es ¡el Amor!, cuando la referencia es Lo Amante. 

El esfuerzo, ahí, no implica fatiga ni cansancio ni dolor. Supone ternura, descubrimiento, creatividad y aliento.

¡El entusiasmo de vivir es gratuito! ¡No es un guión! ¡No es una partitura! ¡Es un don que tiene lo viviente!, y que el humano ha tratado –y trata- de dominar, de controlar, de manejar, de manipular, ¡de imponer!

En la sutil esperanza de un lejano y –a la vez- íntimo aliento, la Oración reclama.. exclama… aclara

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PRAYER

The prayer we practice does not belong to any religion. We believe prayer can be a liberating and healing instrument. It is referenced in Creation and, without naming them, in the different Forces that animate us. Our belief that prayer is an essential element, led us to create a space dedicated exclusively to prayer: “The House of the Sound of Light” located in a farmhouse in the Basque Country, in the province of Vizcaya. There, prayer encounters and retreats are held.

LA CASA DEL SONIDO DE LA LUZ

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“La Casa del Sonido de la Luz” ARGI DOINU ETXEA se encuentra en la localidad de Ea, Vizcaya. Un espacio abierto para los alumnos de la Escuela Neijing, los cuales pueden realizar estancias de 1 a 5 días.
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