Clamor

 

Y todo pudiera haber parecido indicar que, después de aquel desembarco en Normandía, hace apenas 80 años –con aún supervivientes-... parecería indicar que los festivos arreglos que se conmemoran en este triunfo... daban por zanjadas –daban por zanjadas- las guerras. 

Fue un sacrificio ¡inmenso! No encontraban otra manera de terminar la contienda. 

Pero pronto vinieron los repartos. ¿“Después” de la guerra? –con interrogación-. Y los repartos de los victoriosos se hicieron racistas, esclavistas, dominantes... Lo más adecuado para preparar las siguientes guerras.

El caso es que... –y ahí la advertencia de la Llamada Orante-... es que no se desarrolló –y no es previsible que tampoco lo haga- una contienda semejante, sino más bien una propagación de contiendas parciales que sigan el modelo original, y que la única solución sea el destrozo final. 

¡Bueno! Podría ser que esa fuera la trayectoria de la humanidad: armarse sistemáticamente para controlar su población y mostrar sus diferentes dominios. 

Eso sigue; mas, mas, mas... ese desarrollo personal, que –al principio del principio- en la Primera Mundial, era tan grupal que... ¡había que ir a la guerra y punto! –no hacía falta nombre y apellido-, ahora, gracias al desarrollo combativo, poderoso, violento –“combativo, poderoso, violento”-, además de la parcialidad generalizada de guerras establecidas, y siguiendo modelos pasados, se procura que cada cual –ahora sí con nombre y apellido- se destaque en su guerra personal. 

Si antes era “conócete a ti mismo”, ahora es “acaba contigo mismo”

Descubrirás una multitud de defectos que tendrás que combatir; que, junto con las bacterias que se hacen resistentes, poco va a quedar de ti. Por supuesto –¡ni qué decir tiene!- que todos los que te rodean son peores que tú; a los cuales tendrás que combatir de una manera o de otra, para garantizar tu hegemonía personal, tu importancia. 

Y es así que cada uno puede llegar a ser líder, vencedor, triunfador, perdedor, derrotado, asustado, huido, rencoroso, vengativo... Con la particularidad, además, de que se pueden turnar: el que hoy fue derrota y desespero, mañana puede ser exitoso y... financiero incluso. 

El modelo se repite en diferentes escalas. Pareciera que hubiera una tripleta genética o un epigenoma descomunal, que se transmite ya definitivamente de unos a otros. 

Y a todo esto, pasaba por allí un niño... que preguntó al aire: “Y Dios... ¿dónde está?”.

Sería casualidad, pero se hizo un silencio espeso, denso. Como un no querer mirar. 

Los pájaros dejaron de volar. Se posaron indecisos. 

Las nubes miraban sorprendidas. El viento no se movía. 

El agua quedó suspendida, como no queriendo seguir... calmando la sed. 

Las hojas de las plantas se miraban sorprendidas. 

“¿¡Dónde está!?” –gritó una piedra; no era muy grande-. 

Todos miraron para buscar desde dónde venía el sonido.

“¡Allí!” –dijo la tierra-. 

Y todos miraron hacia su tierra... y sólo veían tierra.

“¡Allí!”...

Nadie sabía a dónde mirar. 

“¡Aquí!” –dijo la luna-. 

Pero, en cuanto se fue...

“¡Aquí!” –dijo el sol... en cuanto apareció-. 

“Aquíii” –dijo el llanto, con tres lágrimas-.

“Ajaaquí” –dijo la risa, con una carcajada-.

“¡Allí!” –dijo… ¿quién?-.

Sin dirección. “¡Allí!”.

Todo continuaba... quieto

“¡Dónde?”. 

“¿¡Dónde!?”. 

Y como un murmullo que empezaba a mover las nubes, el agua, las plumas de los pájaros…; como un suspiro... ante un nuevo sonido desesperante:

“¡¡Dónde...??”.

No se sabe quién contestó, si fue un pez o una garza... un león, un elefante... un viandante... Pero sí se escuchó claro, “por todos”, sin saber de dónde venía la voz, el sonido, la palabra:

“¡En ti!”.

Todo empezó a moverse inquieto. Todo comenzó a precipitarse. El viento se aceleró... El amanecer se acrecentó... Apareció la lluvia. El río corrió... 

El niño… –¡ah!, ¡el niño!- sonrió... y siguió. 

Todos quedaron inquietos, como si algo hubiera encumbrado su interior. Todos quedaron… ¡sorprendidos!… viendo que no eran lo que pensaban que eran.

¡De repente!, no supieron. La sapiencia... se diluyó. 

Y lo que había era un... clamor

.- ¿Un clamor?... 

.- ¡Sí! Un clamor. 

 

.- ¿Un clamor?

.- ¡¡Un clamor!!

.- ¿En ti?

.- ¡Sí!

.- ¡¡Diooos!!… 

.- “¿Soy clamor?” –dijo uno-. 

Y pronto se oyó que se decían: 

.- “¿Somos clamor?”. 

Una extraña... melodía: “¡Clamor!”.

Una llamada ¡sorprendente!... que resonaba en cada uno: “¡¡Clamor!!”.

Alguien… alguien empezó a tocar su cuerpo, y a buscar la envidia, la rabia, la obsesión, la venganza, el martirio, el dolor. No lo encontraba por ninguna parte. Y cada vez que tocaba cualquier lugar, sonaba: “¡¡Clamor!!”.

No se atrevió a seguirse tocando. 

Buscaba su importancia y… “¡¡Clamor!!”… 

Nunca la encontró. 

“¡Cla-amor!” se expresó... como si una flor decidiera abrir sus pétalos y... espirar su perfume.

Todo podría parecer un inmenso jardín o una infinitud de mares. 

No hacía falta el cuerpo, para vivir. 

“¡¡Clamorrr!!”.

Como una hoja temblorosa de expresarse, estuvo ahí… sin poder sonar... ante tanto ruido de permanente guerrear. 

Pero aquel descuidado niño preguntó..., y la hoja se expresó: “¡¡Clamor!!”.

Y el Clamor se fue... mostrando. 

***

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La Oración que realizamos es una Oración que no está circunscrita a ninguna religión. Creemos que la Oración puede ser un instrumento Liberador y Sanador. Y tiene como referencia a la Creación, a las diferentes Fuerzas que nos animan sin entrar en ponerle un nombre u otro. La creencia de que la Oración es un elemento indispensable para nosotros, nos llevó a crear un espacio dedicado exclusivamente a la oración: “La Casa del Sonido de la Luz”, un lugar situado en el País Vasco , en Vizcaya, en la estructura de un caserío. Allí se realizan encuentros orantes y jornadas de retiro.

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