Riqueza y pobreza

 

Es casi un hábito la sensación de “falta”. “Me falta… me falta…”. “Me falta espacio”. “Me falta… tiempo”. “Me falta dinero”. “Me falta fuerza”. “Me falta…”.

Una sensación deficitaria. Casi decir –así, tajantemente- “una vida echada a perder”.

¿Por qué esa sentencia tan tajante?

Sí. Porque, cuando siempre el habla se ciñe a “la falta”, y la relacionamos con… –habitualmente- lo concreto, lo material, la falta es –siempre- una pesada carga. Una pesada carga que nunca se llena. Siempre queda algo. Y, claro, ejerce como elemento multiplicador.

“Falta…”. “Me falta…”.

Como una vez, cuando –recordando- nos invitaron oficialmente a Cuba para impartir un seminario, y después de las loas correspondientes del inicio del pliego:

“Porque sabiendo que usted es tal, tal, tal, y reconociendo los trabajos tal, tal, tal…, le invitamos a la República de Cuba para que imparta un seminario internacional, tal… tal… Dada la situación del pueblo cubano, usted correrá con los cargos del avión, de la estancia, la permanencia…”.

¡Jo! La coletilla era coleta. Y partían de la base de que tú estabas en la opulencia: “No, es que ustedes ganan allá… ¡dólares!”.

Confundieron los dólares con las pesetas; ¡imagínate! Imagínate, “cuadro”

¡No! Y ellos seguían erre que erre. Y cuando yo les dije: “No, ¡pero papá!, pero por lo menos la estancia… O en “Cubana de aviación”, que esa vaina no consume ni carbón. Vuelan de milagro, siempre”.

No. No hubo manera. No hubo manera. Luego fuimos a Cuba, finalmente –por otras razones-, y obviamente cubriendo las necesidades que pudiera haber.

Es muy típico-tópico que –como ya se han dividido entre ricos y pobres, ¿verdad?- los que se sienten pobres… ¡Y son pobres!, pero resulta que ¡todos son pobres!: si nos fijamos, ante “necesito”, “necesito”… “me falta”, “me falta”… todos, desde la familia Rockefeller hasta el hombre más pobre de Sri Lanka, necesitan; les falta.

Y, claro, cuando la persona se echa el carisma del pobre, se cree –¡y llega a creérselo!- que todos los que le rodean son ricos. ¡Todos! Todos son ¡todos! Y que, ¡vamos! –vamos, vamos, vamos- el pobre es una isla, rodeada de abundancia que no puede coger.

 

Realmente, la humanidad ha aprendido poco. Por supuesto, no sabe ser rica; lo intenta. Pero lo más grave es que no sabe ser pobre.

Y decimos que “es lo más grave” porque, en realidad –como humanidad-, estamos rodeados de abundancia. Con un poco de respeto y cuidado, nadie echaría en falta ningún elemento material. ¡Nadie! Pero justo cuando surge la vanidad, el egoísmo, la soberbia, y todas estas pequeñas ansiedades, es cuando se hace muy diferente, el aspirar a la riqueza, que el vivir en la pobreza.

¡Sí! Cuando el ser aspira a la riqueza, busca, rebusca… ¡pero aspira a la riqueza! ¡Quiere ser rico! –porque eso le da prestigio a los ojos de Dios-. Y hace una muestra de que ¡es capaz! Más fácil. ¡Lo tiene fácil! Y lo consigue, ¿eh?

Ahora, el pobre… el pobre, en el fondo, quiere ser rico. Pero intuye que el estatus de pobreza le puede dar “un cierto nivel espiritual”, apartado de la opulencia. Y ahí, las cosas se hacen mucho más difíciles; mucho más difíciles, sí, porque realmente… ¡no se sabe ser pobre! ¡Se sabe ser rico! ¡Torpe! –porque los ricos son torpes-, pero no se sabe ser pobre. Siempre reclamándole al rico que le dé algo: “¡que me dé algo..!”

Es que la pobreza no es eso…

Como hemos dicho hace un momento: “Hay de sobra”.

Pero, ¿cómo puedo ganar yo prestigio espiritual ante el entorno? Mostrándome pobre; quejándome de pobre; quejándome de carencias. Y como la pobreza se ha identificado –en nuestro medio- con “espiritualidad”, pues ya tenemos el pastel de la pobreza… rancio, incómodo, irreal.

Y no confundir con esa pobreza material producto de la especulación, del robo, de la rapiña de unos cuantos. ¡Claro que existe! ¡Claro que está! Nadie duda de eso. Estamos en oración, y estamos hablando de esa actitud, de esa posición de… de “pobrecito”.

A los ojos de la Creación, ¿se atreve usted a declararse “pobrecito”?

Si usted se atreve, a los ojos de la Creación, a declararse “pobrecito”, es usted un impresentable. ¡Sí! Se lo voy a explicar: a los ojos de la Creación, es usted una criatura que ha presentado sus credenciales en la existencia y en la vida, gracias a la Fuerza Creadora. ¿No le parece suficientemente rico ese privilegio, como para presentarse ante la Creación como el pobrecito Padre Damián o Hermano… Jesuso?

¡Qué riqueza tan asombrosa, la que la Creación nos brinda!, cuando recién contemplábamos las flores del cactus; cuando todas las tardes disfrutamos del color, del tono que –sonrosadamente- nos vitaliza. ¿Dónde…? ¿Dónde está la pobreza?

Cuando mis sentidos me hacen suspirar, cuando el alimento me hace sonreír, cuando el saludo me reconforta… todo se vuelve grandioso. Puedo llamarlo “riqueza”. No encuentro pobreza por ninguna parte. Sí es cierto y verdad que la vanidad y la soberbia han secuestrado un aspecto, y han creado falta de cultura, falta de alimento, falta de experiencia, falta de conocimiento…

¡Claro que sí! ¡Es cierto! ¡Pero no es admisible!, en el hombre espiritual, esa queja de “falta”.

 

No hace mucho, una persona nos decía –una persona que convive diariamente con la pobreza-pobreza-¡pobreza!, de esa material que hiere y mata-, al preguntarle qué tal, nos decía: “¡Uy! Muy bien. La pobreza es muy agradecida”.

¡Claro! Es un estatus perfecto para mostrarse espiritualmente “el mejor”, “el generoso”, “el dadivoso”…

Volvemos a la vieja historia de Robin Hood, o de Luis Candelas, o de tantos famosos –bueno, ¡no tantos!: unos cuantos- bandoleros, que robaban a los ricos para dárselo a los pobres, y perpetuar así el ciclo, porque el rico no dejaba de ser rico, y el pobre terminaba siendo –otra vez- pobre. ¡Aunque aspiraba a ser rico!, pero le faltaba… ¡le faltaba “charme”!, le faltaba empuje, le faltaba ¡arrojo!, le faltaba dedicación, le faltaban ¡ganas!...

¡Es muy fácil –con la fuerza de la vida- ser rico!

Es muy difícil –con la Fuerza de la Vida- sentirse pobre, ¡sin queja!; ¡sin demanda!

Porque, ¡sí!, evidentemente, igual que decimos: “¡Qué grandeza y riqueza nos rodea!”, también a la vez –como si fuera un rompecabezas- nos sentimos, ante tanta magnitud –como cuando amamos-, nos sentimos… ¡pequeños!; ¡pobrísimos! Porque es ¡demasiado! No, no, no… ¡no sabemos!

Esgrimimos estrategias para orar, y ese orar nos muestra –como ahora mismo- lo pobres que somos: “¿¡Qué le digo!? ¿¡A quién le digo!? ¿¡A qué le digo!? ¿¡Cómo….!? ¿Cómo agradecer mi existencia, la vida…? ¿Cómo dirigirme al Soplo de Misterio Creador, que me abruma con sus más mínimas expresiones?

Me siento ¡pobrísimo! Y, a la vez, ¡riquísimo!

¿¡Qué me puede faltar!?

 

¡Ah! Pero llegan las queridas comparaciones; y en vez de vivenciar esa aparente dualidad de “riquísimo” y “pobrísimo”, ¡no!… No, no. El ser, habitualmente, va a compararse con el señor que tiene el rancho, el señor que tiene el carro, el señor que tiene… ¡todo aquel que tiene más que uno! Siempre encontrará alguien. ¡O muchos! ¡O multitud!

Fíjense, estos hombres de Bangladesh que apenas si llegan a 38 euros al mes, por 18… 15 horas de trabajo diarias. ¿Cuántos ricos tendrán alrededor? ¡Miles de millones!, que tienen más. Si nos quedamos ahí, ¿para qué vivir? ¡Si nos quedamos ahí ¿para qué vivir?! El suicidio es el mejor remedio.

Pero, como vemos, las personas, los seres, no se quedan ahí. Está eso. Está ocurriendo –¡sí, claro!-, pero no se quedan ahí. ¡Hay algo más! Hay una riqueza de la vida por sí misma, más, que impulsa a seguir, a continuar. Y la queja y la demanda de falta, ¡no es la vía!... Porque se queda en el plano humano; se queda en el plano material. ¡Siempre estará necesitado!

Siempre habrá un nuevo cacharro que comprar. Siempre habrá una nueva innovación que tener. ¡Da igual en qué nivel se esté! Si tengo un vaso de plástico, lo querré de hojalata; y cuando lo tenga de hojalata, lo querré de barro; y cuando lo tenga de barro, lo querré de…

¿Es ahí donde hay que vivir?

El sentido orante de hoy, de esta semana, no nos llama a vivir ahí. Nos llama a vivir en ese “¡Gracias!” continuo; en ese sentido agraciado de ser vivido, de ser convivido, de ser convidado, de ser… que –sin aportar nada- todo se le ha dado: ojos, boca, nariz, piel, palabras. ¿Alguien ha hecho, acaso, algo para merecer eso?

 

Ya se dijo hace mucho tiempo que “no sólo de pan vive el hombre”. Pero, como tantas cosas que se dicen, se queda ahí… Y muchos repican: “Pero pan también, ¿eh?”. “Sí, sí”. Y el pan es una quinta, otro día es una fábrica, otro día es un avión, otro día… El pan tiene muchas posibilidades.

 

Me siento rico; rico ante la existencia y la vida.

Me siento pobre; pobre, pobrísimo, ante el Misterio de la Creación.

 

Y, en mi convivir, nada hecho en falta; todo se va gestando en los momentos adecuados, en los instantes precisos, de acuerdo con la verdadera necesidad.

 

¡Ay! Al dejar de ser una permanente “falta”, poco a poco aparece una necesaria evidencia de que… hay; de que está lo que realmente se precisa.

 

La convicción –como un calor que se propaga- en el sentido orante, nos llena de virtudes, de privilegios, de riquezas. En la medida en que nos sentimos pobrísimos ante tanta grandeza, en esa medida somos capaces de dar gracias continuas; de no sentirnos en falta; de no ser una queja, sino ser una sonrisa, un aliento, una esperanza.

TIAN

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