Cada ser aguarda lo que debe realizar cada uno de los demás seres

 

Nuestro ser y estar... es una consecuencia cotidiana de cada ‘ama-necer’: de nacer cada jornada como consecuencia del amar de la Creación, del Misterio Creador.

Si deparamos en ello, podremos descubrir las sugerencias, las referencias, las orientaciones por las que debemos desarrollar nuestras capacidades, para dar cumplimiento al deber de nuestra creación.

Creados como necesidad de un Misterio de eternidades, cada ser es un elemento de conjunción integrado en la Totalidad.

Y sí. Sí ocurre que cada ser se pregunta: “¿Qué he de hacer ante esta sensación, ante esta situación...?”.

Recurre a su ‘conoci-miento’, a su saber, para buscar la mejor respuesta.

En ese momento se hace sectario. Sí. Bajo esas condiciones, deja de considerarse una creación permanente.

Y es así que la Llamada Orante nos transmite la necesidad de que, ante la respuesta continuada que precisamos, nos situemos en la dimensión creadora. Nos demos cuenta de que nuestra respuesta va a repercutir en todo. Es difícil asumir esto, ¿verdad? Pero hasta científicamente... –que es rudimentario- hasta científicamente está demostrado que un aleteo aquí repercute en una vibración de allá.

No obstante, el personalismo, el cultivo –a lo largo de generaciones- de la importancia personal de “mi nombre”, de “mi apellido”, de “mi país”, de “mi cultura”… todo ese bagaje adquiere tal significancia, tal significación, que casi borra nuestra posición de universo.

Y decimos que “casi” porque continuamos aquí... Y, en consecuencia, hay al menos un halo de universalidad, de Creación, en nuestra presencia, que debemos promover.

Sería decir que “cada ser aguarda lo que debe realizar cada uno de los demás seres”.

Y así, poder realizar... la identidad de cada uno.

La evidencia de que somos seres necesitados nos ratifica esta situación.

Suele ocurrir que –en esta dirección- el ser se pregunte: “¿Y cómo… cómo puedo yo saber qué designios tiene…?”.

No siga. Mal plantea la pregunta. Esa es la típica pregunta hedonista, soberbia y vanidosa: “¿Cómo puedo saber, yo, qué quiere la Creación de mí? Elemento, material, métodos”.

De seguro que un silencio solemne nublará cualquier tipo de respuesta.

En cambio, si el ser se sitúa en la humilde sumisión de escuchar, de vaciarse de contenidos adquiridos, heredados, de entornos y de intereses, surgirá –¡claro que sí!- una señal, un algo que, como se suele decir: “No se me hubiera ocurrido. No sé cómo se me ha ocurrido tal o cual idea, o tal o cual proyecto, o tal o cual actitud”.

Esa es la parte de nuestra naturaleza, que nos sustenta, nos mantiene y nos entretiene, y que aflora cuando aparcamos nuestra importancia personal, nuestra crítica, queja y prejuicios constantes.

Dejar de ser una isla y convertirse en mar.

Y es así como la mar, el amar... nos facilita el nadar... y nos lleva a merodear en tierra firme, sin aposentos, sin propiedad...; con la disposición de ese Misterio que nos bambolea; que llama a nuestro corazón; que le hace darse cuenta de un transcendente amar-amor.

Estamos bajo la influencia de “La liberación”, del hexagrama del oráculo que marca nuestra “transfiguración”.

Podemos dejarlo como palabras excitantes o incluso fantásticas, pero que no nos competen. Pareciera que están reservadas a líderes o a personas de especial consideración.

Es una forma de evadir la respuesta. Es una manera de considerar que... “esto no es para mí”.

En otro nivel se diría que es una actitud cobarde.

Si la vida y el vivir es un valor de valentía constante para realizar el viaje de inmortalidad, la cobardía es la peor de las villanías. “Esto no va conmigo”. “Esto a mí no me toca, no me afecta”. “No es mi problema”.

Resulta que todo es nuestro problema. Resulta que todo nos compete. Y como resultado de ello, cada ser debe abrir los sentidos... para sentir hacia dónde emite la señal liberadora, nuestra posición; cuál debe ser nuestra actitud.

Y en esa pregunta viene la especificidad de la respuesta: “transfigurándose”.

Sí. Pudiera… pudiera decirse que, bueno, eso es parte de los milagros, misterios…

¡Bien! ¡Es una buena respuesta! ¡Sí!, ¡sí! Y si cada uno se la aplica a sí mismo, pues podrá darse cuenta de que él es un milagro y un misterio; que cada uno de nosotros somos un milagro y un misterio. No sabemos por qué nos han traído aquí, pero lo vamos descubriendo en la medida en que escuchamos nuestra procedencia.

Y esa transfiguración es la actitud con la que nos presentamos, la palabra que empleamos, la sinceridad con la que nos expresamos...; la respuesta... –y esto es así como un detalle importante- la respuesta “al contado” que damos ante los avisos, ante las situaciones… o las respuestas que “a plazos” vamos dando.

Si en “al contado” estamos, transfiguramos nuestra posición... sin esa pesadez de “lo pendiente”, sin esa turbidez de “quedar bien”, de verdades a medias o mentiras piadosas.

Ese “contado” es el cuento que nosotros damos como servidores de lo que sentimos y hacia lo que aspiramos por necesidades de Creación.

Apurando, apurando –apurando, ¿eh?-… apurando mucho, podríamos decir que la situación es muy simple: o nos sometemos y nos esclavizamos a nuestro genoma, entorno, epigenoma, leyes, normas, costumbres, hábitos, intereses, proporciones, propuestas, intereses, ganancias… y todo ese correlato ya tan machacado, o nos sometemos a eso –y más o menos sabemos cuál va a ser el resultado- o entramos en otra actitud, a la que el oráculo nos referencia: nos liberamos.

Esto no significa que todo el entorno, toda mi historia, la voy a destruir, la voy a… No, no, no, no, no, no, no, no, no. La voy a pasar por un tamiz: el tamiz de la fe, de la Creación, del creer; el tamiz de la sinceridad. La voy a pasar por ahí.

Y quizás –y así es- el destilado sea diferente… a la obediencia impositiva o a la impositiva violencia que el ser ejerza en otros.

Sin duda, es una simplificación; hasta podríamos decir “grotesca”. Mas, mas, mas… mas sirve para –como dicen los franceses- el “prêt à porter”, el “día a día”, el qué me pongo, qué hago, qué...

No aguardar a las grandes ceremonias y los grandes momentos para decir y decidir si hago o no esto o aquello. ¡Cada inspiración es un gran momento! ¡Cada espiración –que es lo que hacemos- es otro gran y trascendente momento!

La mínima espera es... la acuciante necesidad de culminar, inspirando y espirando. Es la esperanza que nos anima.

Sí, esperanza que nos anima: ese misterioso influjo que nos despierta, nos empuja, nos sitúa.

En ese transfigurado estar liberador, el tiempo no está. Esto significa que no podemos aplazar, no podemos someter, a la esperanza, a la espera que termina por ¡desesperar!

Se suele decir que somos hijos de nuestro tiempo, de nuestra historia –en la que aparecemos-. Es una manera de evadir nuestra universalidad intemporal.

Como otras veces hemos escuchado, somos intermediarios mensajeros de una necesidad, portadores de recursos, porque pertenecemos a una unidad, aunque en apariencia esté separado.

La vida se expresa, y se da, gracias a que es unitaria, por ser ésta –la vida- una necesidad de la Creación.

“La vida, una necesidad de la Creación”, que... que para nosotros es una envoltura de Misterio.

Y que es preciso asumir el Misterio, sin el prejuicio de ignorante, sin el prejuicio de incapaz.

Y es así que la evolución del ser le permite descubrir la influencia de ese Misterio y la no necesidad de descubrirlo y saber qué es. Eso lo puedo hacer con los secretos. Darse cuenta de que el convivir con el Misterio implica un impulso diario hacia lo desconocido.

Es la posibilidad de “descubrir”... y no quedarse solapado en la razón, culpa, prejuicio, etcétera.

Cada ser es una excepcionalidad en el seno de una unidad. Y esto nos permite generar el respeto y la escucha. Nos da el impulso convivencial de descubrir nuestra expresión en el Todo, a la vez que, simultáneamente, desarrollamos nuestro aporte, nuestro servicio especial.

En la excepcionalidad de lo extraordinario nos debemos situar, para que no haya ninguna duda sobre nuestra calidad, nuestra calidez, nuestra caridad...

Que no entremos en cuestionamiento según gustos de unos y otros, sino que nos sintamos en la certeza de que nos llevan… misteriosamente.

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