¡Ya!

 

El amanecer nos avisa de que hay que… renovar los amores.

La nocturnidad nos deja… el misterio de haber, de nuevo, despertado.

 

Estamos como sumidos en una inmensa capacitación que no tiene –no tiene- límites. Que los límites los pone nuestra razón, nuestra manera de comprensión, nuestra forma de observación.

 

Es semejante a una gran tormenta. Cuando… millones y millones de gotas de agua caen, ¿podríamos contarlas?, ¿podíamos observar alguna nube descargando?, ¿o veríamos el cielo gris, uniforme… e inquietante?

Al despejarse, parece todo muy recortado, muy uniformado, muy sentenciado y, sobre todo, muy definido.

Una vez más, el pensar se obstruye, se equivoca, ¡no se despeja! Se guía por la apariencia. Se guía por la tijera que hace el molde.

Debería despejarse con esa infinitud de estímulos y de sucesos. Mas, como interpretación da, recortada, encapsulada y propia, no ve más, no oye más, no saborea más, no olfatea más, no sabe tocar.

 

 

Al despejar realmente nuestra mentalización, nuestra ‘humorización’, nuestro sentimentalismo, da igual con qué recortes se nos presente o con qué difuminados lo haga, la llamada “realidad”.

¡Tenemos que saber de la bruma suave, dulce y tierna, que lo envuelve todo! La que da el elixir del empuje. La que propicia la sonrisa ante la gracia. La que nos hace futurizar… y nos llena de posibilidades.

 

¡Ay!... Cuando la mente y el sentir se turban, y todo parecen conocer, el ser se retuerce, se hace tornillo prieto. Y su actitud es de un ‘tornillador’ que aprieta y aprieta, hasta poder llegar a fracturar los maderos que pretende juntar.

¡Ay!... Cuando la mente y el sentir se abruman, sólo el suspiro alivia. Pareciera que el terciopelo suave de la Bondad Divina se hubiera marchado, nos hubiera abandonado. Mas no es así. Es una ligera prueba… por lo que antes se ha realizado y por lo que en futuro se tiene previsto –en ese Misterio… de la vida enamorado-.

Podemos ser tan amargos como la daga que se clava y, en el dolor, da la agonía. Pero el diseño no es de clavos, dagas, estiletes o espadas. Somos diseño de ¡plumas! de aves en recorrido; de hojas, como pámpanos sonrientes al rocío. Somos frágiles y crédulos, crecientemente ilusionados. ¡Somos un hacer sin… sin peros! Es así como el ser, realmente, es cuerdo.

 

Cuando se decide, por el contrario, hacer “nuestro” mundo, crear “nuestra” vida…, los enredos se hacen nudos; las redes no se desenredan; la pesca se hace imposible; la rabia, la dueña.

¡Ay!... ¡Qué torpeza de vanidad, de poder creyente en facultades vacuas!

Cuántas sonrisas, cuántas alegrías desperdiciadas por una razón fundamentada.

 

El Cielo está ¡tan cerca!, que no nos damos cuenta de que, en cada inspiración, en nosotros penetra; y en cada espiración, mostramos nuestra plegaria, conscienteo inconscientemente. ¡Basta ya de… maniobras de las evidencias!

 

Y llega y penetra, o nos acaricia con la suave brisa. Y nos alimenta, nos alienta.

Y, habitualmente, lo que exhalamos es una propuesta, un desacuerdo –como si no hubiéramos inspirado-.

Y cada vez que vemos, olfateamos, escuchamos, saboreamos o tocamos, ¿qué hacemos?, ¿qué función cumplen esos orificios? Permitir la entrada del Soplo del Aliento Divino.

¡¿Es que acaso nos hicieron perforados… para qué?! Para que reconociéramos, ¡para que nos diéramos cuenta! Como una tarjeta perforada que se introduce para identificar a quien la lleva. Para que nos diéramos cuenta de lo que nos rodea, de lo que llega. ¡No para que lo analizáramos con el bisturí de nuestra consciencia: de reto y de enfrentamiento, de juicio, prejuicio o… rechazo!

¡Ay! Similar se parece a cuando lo bíblico expresaba que la Divinidad hizo pasar a cada ser vivo por delante del ser de humanidad, para que éste pusiera su nombre, para que éste lo llamara de alguna forma. Evidentemente, para que lo sintiera… unido. El nombre unía, la palabra fundía.

Y, siguiendo con el relato, no fue suficiente eso –como lo sería hoy en día-. De él mismo tuvo que manar la belleza en fantasía. Y entonces sí se quiso a sí mismo, a través de lo ‘fémino’.

Pero pronto… –pronto, muy pronto- lo rechazaría o lo pondría en duda, o lo criticaría o lo maltrataría. ¡Qué insaciable criatura de poder! ¡Qué irrespeto hacia tanta bondad, a borbotones, que la Creación se encargaba y se encarga de mostrar! ¡Qué despecho! Como si abandonado estuviera. ¡Injusto!

 

El Misterio aguarda, silencioso. Y, a la vez, derrocha y derrocha en ¡abundancias!… pulsiones de sucesos, acontecimientos, casualidades, imprevistos…, que son las sorpresas regaladas, para descubrir lo que realmente nos mantiene.

 

Igual que el vaivén del mar o la ‘insinuosa’ llamarada nos atrae, como hipnotizados, semejante es  –cuando despiertos estamos- el vaivén y la belleza con la que nos adornamos, nos ¡adornan! ¡Y nosotros tenemos que mostrar esos adornos!

¡La belleza con la que hemos sido creados no está para quedarse guardada! Está para mostrarse.

¡Estamos para encantarnos! Como cuando decimos, automáticamente: “Encantado de conocerle”.

Estamos para encantarnos, no para destrozarnos.

 

Cuando nacimos, ¡nos prometieron vida! Y para ello, había que vivir.

Cuando vivíamos, y éramos conscientes de ello, ¡nos prometieron futuro! Y había que construirlo todos los días.

Cuando el futuro se realizaba, ¡nos prometieron longevidad! Y había que asumir la perspectiva del desprecio o… de algo peor.

Cuando se asumió la lontananza y la lejanía, ¡nos prometieron! la vida eterna. Y ¡ay!, aquellos que creyeron, siguen indefinidamente eternos. Aquellos que no, se enrolaron en el ciclo de volver a ser materia, partículas… disolventes. ‘Di-sueltos’.

¡Sí! Es una figura muy lineal… y quizás no sea del todo cierta, pero la promesa lo es. Si no, la vida habría acabado hace tiempo.

Las continuas promesas –como si nos pusieran un plato encima de la mesa- que hace la Creación son el atuendo para nuestra presencia. Son… las notas para nuestra esencia. Son… los sueños –sí, los sueños- que se hacen eternamente verídicos.

 

Nos dieron, como especie, una tierra para conocer, unos mares para navegar, unos ríos para refrescar. ¡Todo un disfrute! Y, de inmediato, cuando creímos conocer lo que era un bosque o una selva –cuando creíamos conocer lo que es un bosque o una selva-, el hombre se puso a rotular, a ¡limitar!, a parcializar espacios, a crear –como se hizo en África- países de… clara recolonización guerrera, para que entre ellos se aniquilaran.

Y rotularon los mares, las millas, y se rotularon los ríos… Todo quedó perfectamente clasificado. Pero terriblemente cosificado, esclavizado y… con ¡dueño! ¡¿Desde cuándo el bosque tiene dueño?! ¡¿Quién es el propietario de la selva o del desierto!?

No hubo… no hubo proclamas libertarias para reclamar tantos trozos, tantas partidas.                                  Cada cual parecía conformarse con su territorio.

Y así, cada cual ya tenía su elemento de porfía. Y, en consecuencia, podía litigar tanto como quisiera, dejando de ver que el Universo estaba, que lo prometido existía.

 

¿Son momentos ¡ya! para reacomodar nuestra ceguera? ¿Son momentos ¡ya! para modificar nuestra perfidia…? ¿O habrá que esperar a… una mayor muestra de poder y destrucción, para entonar el mea culpa y la irremediable corrección?

¿No se puede empezar ahora? ¿No es posible –no es posible- desligarme de tanta fractura, y soldarme como unidad infinita, ensoñadora?

¿Perderíamos algo, si se hiciera? ¿Dejaríamos de ser señores o señoras, si se intentara ¡ahora! dejar las fracturas… y ser fundidos en ideales?

 

En alguna medida –aunque sea así: “en alguna medida”- ¡pequeña!, para que no haya susto, ¿se podría… dejar brotar un encanto, un anhelo, una ilusión? Aunque el resto esté sectorizado y parcializado y dominado por la inquisidora razón.

 

Es posible que la hora haya llegado. Que la hora y el ahora se confluyan… en ¡ya!

¡Ya!, ¡ya!... ¡Ya!

***

TIAN

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