Está todo por hacer. Lo hecho no es lo propio

 

Hasta donde alcanza el recuerdo de las historias, cada ser, cuando aparece en este lugar del universo, se sintoniza con los ritmos que le reciben: con los ritmos humanos que ya han modificado la luz del sol, que ya han cambiado el clima, que ya han trucado la alimentación; que ya se respira lo que se puede, lo que hay; que ya la mentira es tradición, y la tradición es mentira; que ya, lo importante es conseguir, alcanzar, lograr, tener, poseer…

Unos ritmos que se fueron estableciendo como los propios, los característicos de la especie. “Así es la vida” –reza el cotidiano dicho popular-.

Filosofías, teorías, religiones, ritos… y demás acciones, tenían la consciencia de que todo ese arsenal de ritmos de “así es la vida” podrían cambiarse, podrían mejorarse.

La aparición de los dioses, diosas, Dios, supuso una búsqueda, casi una revolución: mandamientos, preceptos, leyes, normas… Todo parecía indicar que había entrado otro ritmo –el ritmo de la Creación, el ritmo Divino- a… “el estar”, a “el hacer” cotidiano. Y así empezaron y fueron surgiendo los cánticos de alabanza, las oraciones y los ritos sagrados, los sacerdotes y sacerdotisas, los comunicados de prédicas… que se extendieron a todas las poblaciones…

El hombre, “la criatura preferida por Dios” –podría ser el slogan- necesita convertirse en… virtuoso, misericordioso, bondadoso… ¡Todo lo que no era!

Pero parece que esos ritmos llegaron tarde… o se propagaron “mal”; sí: bajo el protagonismo de los intermediarios. Y eso hizo que el ser, instaurado en ritmos humanos, dudara, desconfiara. Y pronto, pronto, le dieron motivo para ello.

El afán por saber, controlar y dominar se hizo fecundo, ¡muy fecundo! La razón, la lógica, la causa y el efecto, dominaron.

Y por ahí fueron quedando vestigios de mandamientos, preceptos, mensajes divinos, revelaciones… y un larguísimo etcétera. Pero el protagonismo del ser humano estaba instaurado. La monarquía dictatorial… y presidencial… y todo lo que queramos añadirle, ya era “la especie”, con sus ritmos, normas… Y todo lo de alrededor debería ser sometido, controlado y dominado.

¡Sí! ¡Ahí estaba el Universo y…!

Para descubrirlo; para apoderarse de él.

Las vocaciones espirituales y religiosas fueron amainando y amainando hasta extremos inauditos…; y, si acaso, brotes radicales surgían como “desespero” para seguir la Ley de Dios.

¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!...

El sentido orante de hoy nos pone de manifiesto hasta qué punto hemos usurpado nuestra presencia, origen, desarrollo, evolución… Celeste; hasta qué punto hemos mutilado el andar entre las nubes o sobre las aguas; hasta qué punto se ha domesticado el afecto, el cariño, el amor… que ya tiene sus normas y sus leyes de relación, de edad, de género, de momento, de… ¡control!

Y si… y si el ser se fija un poco –bajo el sentido orante- se dará cuenta de que… se ha conseguido una especie que se dedica –entre otras cosas- a la prohibición.

“Esto está prohibido, esto está prohibido… esto también, esto también…”.

Y aunque aún orar no es un delito, sí es –bajo la razón, que sólo cree en sus efectos- una pérdida de tiempo, una especulación.

La oración es el vínculo de comunión del ser… en la universalidad de la Creación.

Es el dictamen silencioso…

Es el auxilio sin prejuicios… y la flexibilidad sin roturas.

 

Inevitablemente se cuelan las suertes, las gracias, las sonrisas –cada vez menos-, el humor –cada vez menos-. Inevitablemente se cuelan los imprevistos, las casualidades…

Y esos inevitables ritmos de secuencias increíbles y desconocidas… nos permiten, al menos, ¡dudar de… el imperio de la especie humana! –al menos-. Y, a través de esa duda, hacer… hacerse soñador, fantasioso, poeta.

Por momentos, en ese poema de ritmos celestes, aparecen flashes que dicen: “Está todo por hacer. Lo hecho no es lo propio. Es una desviación previsible, dentro de la imprevisibilidad… de La Creación”.

Pero el hecho de que la rendija de la duda esté ahí, y no esté taponada del todo… nos esperanza para anhelar otros aires, otros alimentos, otras ¡propuestas!…

Y aún… ¡aún se sueña!, dormido y despierto. Y aún se cuentan historias increíbles, quizás para mantener la incredulidad…

Pero es evidente que el “aún” cada vez es menor. Cada vez más, el tiempo de ciencia, no solamente ocupa el ‘causalismo’ y el efectismo diario, sino que también se hace ficción. Y aquello que quedaba como un reducto de pasión, de ilusión, de belleza… ya se hace tecnología, cálculo…

¡Sí! Ya se sabe cómo se vivirá en el 2030, qué costumbres se propagarán en el 2050, qué población…

¡Arrasa!… el dominio.

¿Dónde, dónde quedará…? –¿quedará?, ¿quedará?- ¿dónde quedará el escondite cálido de palabras que se entrecruzan? ¿Dónde quedará el remanso suave de la caricia? ¿En dónde tendrá que esconderse el beso prohibido? ¿Dónde tendrá que refugiarse… un amor sentido? ¿De qué forma tendrá que camuflarse… un hacer, un estar de… bondad?

El alma… ¡el alma se esconde! El espíritu… ¡se disimula! Las palabras se cambian. Los gestos y las posturas se modifican. ¡Que nada se parezca a la Creación! ¡Que nada pueda ser similar a… un amanecer o… un arcoíris, o una fuente de agua, o una marea, o una orilla del mar!

En la oración –que nos advierte, nos sitúa, nos referencia- tenemos ese “islote” que “se permite aún” como… algo a desaparecer.

Y si es así, ¿seré sólo… trabajo, producción, renta, prohibición… premio, castigo? ¿Seré sólo… rabia, violencia, competencia y consumo? ¿Seré solo…? “¡Solo!”. ¡Sin ningún vestigio! –¡claro!- de soledad fecunda. ¿Seré sólo el efecto de una causa… por necesidad de organización?

¿No podré ser novela, ni prosa…? Menos aún, poema. ¿No podré ser…?

Eso: “No podrás ser. Serás lo que la organización decida”.

¡Ay!... ¿Y a dónde migrarás? ¿Tendrás escapatoria? Cuando llegues a otro lugar, ¿cómo te recibirán? ¿Tendrás alguna opción, o lo verás todo igual?

¡Ni la huida… será posible!

Ese es el “futuro… presente”, que habitualmente no se quiere ver. Y en la medida en que no se quiere ver, más aún se aleja nuestra sintonía con la Creación.

¿Se… se prohibirán las nanas?

“¡Es una estupidez!”.

¡Se abolirán… los cantos? Los cantos de… ¡del momento! Improvisar será un delito. Ya en cierta medida lo es.

¡No! No se trata de pintar un panorama sombrío. ¡No! ¡Es el panorama que hay! Es lo que hay. Lo que ocurre es que, cuando se describe, parece que… ¡se exagera! ¡Pero que cada cual se mire en su alma! –¡si aún cree que la tiene!-... y descubra su maltrato, y descubra sus mentiras, y descubra ¡sus desfalcos!, y descubra sus envidias… y descubra sus abusos…

Por tanto, no es un panorama sombrío. Es… “el panorama”. Realmente, no llega a ser un panorama. El panorama… debería ser ¡grande! Es un micro… es un ‘microrama’, por decir “algo que se niega a tener, sus referencias, liberadas”.

El sentido orante nos recuerda que, ahí fuera… ahí fuera, en el Universo, no es “ahí fuera”. Estamos dentro. Cada poro de nuestra piel está custodiado por una fuerza… de Infinito Amor. ¡No necesita que se crea en ella! Simplemente… ¡está! Es evidente cuando el ser, por un instante, se siente brisa o nube… o ¡color!

No necesita la Creación, en su Misterio Enamorado, que se crea en ella… ¡No! No lo necesita. ¿Por qué? Porque ella cree, crea –cree, crea- en nosotros.

¡Y si luego queremos creer y… no creer… y ahora sí, y ahora no!… no tiene ningún valor. Manipulaciones mil, de vanidades y poderes.

Y podríamos decir:

“¡Ay!, ¡ay!... Yo no creo en mí. No creo que sea capaz; no creo que pueda; no creo que… Pero sí sé que la vida cree en mí. ¡Que la Creación cree en mí! ¡Que me crean y me recrean!... ¡Y me da una vergüenza enorme el no… el no poderlo expresar! ¡El no poderlo manifestar!; ¡ejercitar!...

¡Ay!, ¡ay!... Y sé hasta dónde he llegado. Y sé que, si por un instante dejaran de creer en mí, ¡desaparecería!...

¡Nada me piden, y todo me dan!”.

Grabarse esta sugerencia… puede ser de utilidad; de utilidad suficiente para que, cuando nos llamen a orar, acudamos con prestancia, con elegancia, con sorpresa, con mirada enamorada…

Sí…

Sí…

Sí…

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TIAN

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