El Misterio Creador: la única filiación posible

 

Ante la importancia creciente de las opiniones ajenas, bien sea en forma de consejo, de ley, de norma, de costumbre, de prejuicios... –¡tantas caras tiene la opinión exterior!, pero que en definitiva son opiniones de humanidad-, cuando el individuo se apercibe de todos esos enjambres de opiniones ajenas, el ser se retrae, se encierra. Su opinión propia le embarga.

Se hace –quizás sin quererlo- radical. Y se constituye en importante. Probablemente –probablemente- cuando cumpla ese ciclo, se añada a la opinión general. Mientras tanto, antes de añadirse a las opiniones ajenas se gesta un núcleo aislado; busca llamar la atención, pero relativamente. El caso es que sólo le preocupa su giro, como si sólo existiera el giro del planeta sobre su eje. La traslación, la galaxia, la universalización, no, no, no. Ahí, ahí, ahí mismo, en su personalismo secuestrado, crea sus tótems, sus popes, sus reglas. Y con esos prismas, aplicados a los sentidos, empieza a juzgar a todo su entorno. Es una forma de… ¿defenderse?

El entorno general, por supuesto, no se inmuta; sigue su cadena de desproporciones y despropósitos. Pero la visión particular cercana sí se conmueve.

En esas situaciones, ¿dónde… dónde cabría un pequeño orificio para sentir? Más allá de uno mismo. Parece imposible, ¿verdad? La misma frase “sentir más allá de uno mismo” es como estar ya fuera de ti o fuera de sí.

Sí. Exacto: fuera de ti y fuera de sí; las dos cosas. Que es el estado de consciencia que se precisa para sintonizarse con el Misterio Creador: la única filiación posible que se hace infalible hacia nuestra estancia, y que lo hace a través de intermediarios, de casualidades, suertes, imprevistos…

¡Ah! Pero ya decía la canción, que “la vanidad es yuyo malo o hierba mala que envenena toda huella”. Y ¡claro!, como dice también la sentencia: “Dar el brazo a torcer, ¡uffff!, cuesta”.

Es curioso. Hay… –sí hay, hay, pero… ¡más de los que hay!, ¿eh?- seres que están aguardando a que llegue Dios mismo a su casa a tomar café y discutir con él algunas cosas acerca de la vida propia de cada uno. De verdad. Sí. Y se quejan de la mala suerte. Y esperan: “¡Qué injusto es este mundo! Yo aquí con dificultades, problemas y tal, y no vienen los arcángeles, al menos, los serafines o los tronos o las potestades a visitarme para… ”.

Sí. Quizás dicho así parece estrambótico, pero sentido así resulta… natural.

Esa vanidad conlleva que se desarrolle la idea de: “He hecho suficientes méritos. Yo me merezco algo mejor. Con todos los sacrificios que he realizado…”, y un largo etcétera de curriculums que se llevan para recoger, tener, poseer, ganar… una posición que, en alguna medida, sea privilegiada –para la persona al menos-.

Todo eso es un soberano engaño. Todo eso es ¡escoria! Todo eso hace crecer esas opiniones ajenas… que sólo se fijan o inventan o se imaginan lo peor de lo peor de los demás. Pero está en el ambiente y está en la propaganda y está en el anuncio y está en el padre, en la madre, en el hijo… Todo el mundo parece opinar y saber ¡tanto de uno, que es asombroso! Pareciera que cada cual tiene el inconsciente colectivo de cada uno de nosotros. ¡Oh!, sí.

¡Oh!, sí: “Julia tiene el inconsciente colectivo de todos, y de mí en particular… Oh! Julia, tú tienes una forma de bailar que me fascina…”. ¡De verdad!...

Es asombroso –quizás a veces uno no se da cuenta-… pero es asombroso lo que saben los demás de uno, que uno no se entera. De verdad, ¡de nada! ¡Es increíble! Pero ¡ojo qué cosas saben!: las subconscientes, las inconscientes… ¡Bueno, bueno, bueno! Y si ya nos llevan a las constelaciones familiares y a los universos paralelos, ¡yo qué sé!, entonces ya… lo mejor que podemos hacer es morirnos. Sí; porque así te quitas de en medio, y aunque le quites un poco de trabajo al crítico de turno o a la crítica de turno, todos nos quedamos tranquilos.

“¡Ché!” –habría que decir; mejor en tono argentino- “¡Es increíble! Es increíble, ché, lo que sé de mí, y sobre todo lo que sé de los demás. Yo creo que no hay una mente tan privilegiada como la mía”.

Sí, pero ustedes fíjense y verán cómo… eso ¡pasa! “Pasa”, quiero decir, “ocurre”. No es que pase –ojalá pasara-, “ocurre”. Y, por supuesto, fuera de estos muros, pero ocurre.

¡Ay! ¡Y cómo le gusta!, ¡cómo le gusta al omni... omni... omni... –“objeto volante no identificado”, no, al “omni”, de omnipotente-, cómo le gusta luego montar sus juicios, sus críticas, sus… ¡Bueno, bueno, bueno! ¡Le encanta! ¡Le encanta!... ¡Hace hasta cantes! ¡De verdad!…

.- ¿Es cierto eso?

.- ¡Sí! ¡Le encanta!

¡Ah! Y si se te ocurre decir: “Bueno, yo creo que aquí...”.

¡Oh!, ¡oh!, ¡oh!

Seguro que más de alguno –de ustedes- habrá visto un alacrán en posición de ataque. Pues algo así. Saca el aguijón y se pica ¡como sea! Y aparte de conocer tu inconsciente colectivo, tu vida personal y todo lo que tú no sabes de ti, en ese momento se promulga una sentencia o una frase: “¡Porque nosotros necesitamos!, ¡porque nosotros no tenemos lo que…!”. ¡Guau! Entonces ya… the explosion. La explosión.

Sí. En ese periodo de embriaguez subterránea de naturaleza hedonista, cuando el sujeto explota y ya pasa a ser… opinión ajena, en ese momento de explosión, no… no se piensa ni valora ni evalúa lo ocurrido, lo que trascurre, lo que pasa… ¡No!

Se suele decir en nuestro argot: “¡Se tira por la calle de en medio!”. ¡Hala!

Y con ello, ya se está… y se pasa a formar parte de ese entorno vigilante, corrector, crítico, etc., que va ganando adeptos en base a miedo, en base a toda una serie de angustias y ansiedades.

Por eso vemos que, a nivel de humanidad, con todos los progresos –vamos a llamarlos “progresos”, claro- y todos los logros –vamos a llamarlos “logros”-, si ponemos unas normas que son así y asao, y de esta forma y de esta otra, amoldamos la horma. Si yo quiero vender un medicamento para la osteoporosis, pues bajo el nivel normal y todas las mujeres serán osteoporóticas –muy simple es-; y entonces, todas las mujeres se pondrán la hormona para retener el calcio, por ejemplo. ¡Eso son cosas que ocurren!: según los parámetros que se establezcan, pues así las cosas son de una manera o de otra.

El Sentido Orante nos advierte de todo esto; que ¡por supuesto!, ¡por supuesto!, todos conocen y saben, ¡sí! Pero la práctica... Parece que teóricamente se conoce todo, pero a la hora de ejercitarse humanamente como un ser evolucionado, amplificado y de consciencia universal… eso ya es otra cosa.

De ahí que no esté de más recordar diferentes mecanismos y diferentes procesos por los que pasa el ser de humanidad, para alejarse cada vez más de los sentires de Creación, de iluminación, de ascensión, de creatividad.

Cada uno está tan pendiente de sus cosas, según la fase en la que esté, y de las cosas de lo ajeno, que no se da cuenta… aunque acuda a orar y a meditar y a contemplar. Eso es un momento más o menos cumplidor –de “cumplir”-, pero… pero luego hay que volver “a”…

¡Ah!, sí, ¡claro! Ese es otro detalle importante a tener en cuenta, que acabamos de decir pero que conviene amplificar.

¡Claro, claro, claro! Habitualmente, resulta que cuando el ser acude a alguna actividad… aparentemente sin renta –bueno, realmente sin renta-… es un trabajo inútil. Eso es lo que ocurre habitualmente, sí. ¿Y qué ocurre? Que, bueno… luego viene lo cotidiano, lo diario.

Fíjense bien, por favor: hay una separación, un corte totalmente ¡brutal! Por eso, pasados unos minutos de un estar orante, ‘meditante’, contemplativo o de otro tipo, pasados unos instantes hay olvidos; pero… ¡lagunas!, a veces; porque no se considera una labor –vamos a ponerlo como labor, no como trabajo; ¡ojo, cuidado!: no es un trabajo, pero en el nivel más bajo vamos a ponerlo como una labor- de ¡necesidad!

Si no es una necesidad, si es parte de costumbre, hábito, circunstancia, es fácil que sea… una cosa, ¿verdad? Pero luego viene lo que es la vida. Lo que he sentido en Qi Gong o lo que he percibido en la contemplación o lo que he descubierto en la meditación o lo que me susurran con descaro en la oración, ¡bueno!, eso son… ¡bueno, sí! Pero luego viene el día a día...

Pero ¡espere, espere, espere! ¡Un momento!: El día a día… se condensa, ¡es!, ese mini espacio-tiempo en el que usted medita u ora, o contempla o se embarga en el movimiento de un sentir. Ese es el día.

Usted ha cambiado los términos. Ha hecho trampa una vez más. El ser humano es un ser tramposo, ¡enormemente tramposo! –hemos incluido a todos, así que nadie se puede dar por… estafado-.

Sí. Es una trampa… Y la trampa consiste en algo muy simple, muy simple: fuera de ese espacio-tiempo orante, meditativo, etc., fuera de eso, cada uno es lo que piensa, lo que siente, lo que opina, lo que teme… ¡Ahhh! Es el conglomerado de operaciones. “Conglomerado de operaciones”.

Ya saben que los conglomerados de hormigón, por ejemplo, son duros, fuertes…

¡Claro! Y ahí cada uno ejerce sus golpes, según decida de qué manera ejercitarlos, claro.

¡Pero!… claro, por eso, cuando está en otro estadio, es algo en lo que ahí no puede: no puede operar, no puede opinar, no puede decir: “Pues a mí me parece que esto debería ser de otra forma”. ¡No puede, entre otras cosas, porque no tiene argumentos!, no tiene recursos, ¡porque está en otro estado de consciencia! Le han envuelto en otro estado de consciencia en el que no puede pensar, ni sentir, ni elaborar, ni decir nada, a la velocidad en que se desarrolla esta oración, por ejemplo.

Y por eso hace un corte. Hace un corte y, a partir de ese corte, empieza a ser la maza, la masa… –con algo de aliento, claro; si no, no podría moverse-.

Y por eso, a lo largo y ancho de religiones, filosofías… –¡es que es terrible verlo!-, vuelve a casa por Navidad, se va de vacaciones, vuelve con papá... Y dices:

.- Bueno, y… oiga, oiga, ¡oiga! ¡Oiga!     

Está sordo.

.- Oiga, pero… ¿y todo lo que descubrió, aprendió…?

.- Es que no me acuerdo.

.- ¡Ah!, ¡ya no se acuerda!

. No. Es que es mejor tener la fiesta en paz y hacer lo que los demás hacen. No. Es que me he convencido de que, claro... ¡Si tampoco es tan malo, no! ¡No, no!… Tampoco es tan malo.

.- ¡Ah!, ¿no? Ya.

.- ¡Habrá que perdonarlo!

.- ¡Ah!, ya, ¡claro! Para que… ¡no para que cambie!, ¡nooooo! Para que encuentre sentido a su actuación malévola.

Y así todo se arrastra.

El famoso perdón cristiano no recuerda para nada a Cristo. Pero cada uno se hace con el perdón según convenga.

¡Ah! ¡Qué terror!, ¿verdad? ¡Qué terror renunciar a tanto esfuerzo dedicado! ¡Qué terror!, renunciar a tanta fuerza implicada en un –¡un!- individuo. Qué terror que, ¡tanto que se ha puesto!… casi no sirva para nada.

“Terror”. Es buena palabra. Cuando se habla de terrorismo no se incluye este proceso. ¡Qué pena! Sería bueno. A lo mejor las personas se plantearían, se replantearían sus posiciones.

¿No es terrorismo, acaso, el darse cuenta –el que se dé cuenta, pero no es difícil ¿eh?- el darse cuenta de todo lo que se ha implementado, y todas las circunstancias, hechos, aconteceres y vivencias que se han gestado y creado específicamente para ¡usted! –sí, y para aquel también otras cosas, distintas, pero para usted-… y usted qué ha hecho de ello?

Las ha abandonado. Ha cogido lo que más le ha interesado. Por supuesto, ha abandonado aquellos aspectos que comprometían, que implicaban una intención, una vocación.

¡Ah! ¡Claro, claro! ¡No! ¡No es terrorismo todo eso, no, no! No es terrorismo. ¡Qué torpeza la nuestra! ¡Es que se ha hecho mayor! ¡Ah!, ¡claro! ¡Es que se ha hecho mayor!

.- Verá. Mientras se estaba formando y le estaban dedicando todos los universos, todas la mejores cosas para performance, para transformarle, para cultivarle… claro, mientras... Pero, claro, cuando se hizo mayor, cuando se hizo ya una mujer, un hombre, entonces ya, ¡claro!, ya tiene su propio criterio.

.- ¡Ya! ¿Pero por qué no tiene nada que ver ese criterio...? “Nada, nada, nada”, no, pero... prácticamente nada que ver con...

.- Bueno, ¡porque se ha hecho mayor!     

.- Pero mayor de edad… ¿o es que ya es anciano?

.- No… Ha vuelto a casa por Navidad.

.- ¡Ahhhhhh!

.- Verá. Durante ese periodo anterior, él salió de su órbita, sí. Una energía superior…

.- ¿Superior?

.- Sí. Una energía superior le sacó de su órbita para enseñarle otras órbitas, otros orbitales. Cuando empezó a conocerlos, desde su órbita le reclamaban y le reclamaban y le reclamaban. Y un día –hasta podría precisar cuándo en algunos casos- volvió a su orbital. Y perdió toda la energía que le había sacado de su órbita, y volvió a su órbita de país, de lugar, de sitio. Como dirían… –ahora que está de moda Venezuela- 'volvió a la misma “vaina”.

.- ¡Qué horror! ¿Otra vez?

.- Sí. Otra vez la bufandita, la corbatita, los pendientes... Por decir algo, ¿verdad?

.- ¡Pero eso es volver otra vez al horror!

.- Sí, sí, sí. Pero ya vienes más pulido, ya eres mayor. Ya sabes que el horror es la parte consustancial de… vivir con la envidia puesta y el orgullo en alto. Además, ahora es un tiempo muy propicio, porque se va a celebrar “el orgullo gay”, y un millón de personas… –¡y más!, y el otro millón que no sale, ¡más!-.

Evidentemente, no se conocen mucho los seres a sí mismos. Le conoce más el otro que le ha hecho la caricia, o la otra que le ha hecho la caricia y le ha… “convertido”.

.- Ehhh... ¡Fffff! Sería pasar del terror al horror.

.- ¡Yaaaa! Pero más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer.

.- ¡Ah! Es verdad. Para que todo siga igual. ¡Es verdad!

Y todo empezó por un instante de relación con el entorno, en el que empezó a importar mucho la opinión ajena. El sujeto se fue enclaustrando hasta que explotó, y cuando explotó se difuminó… y pasó a ser esa opinión ajena.

A pesar de ¡todo lo que se invirtió en él! Sin ánimo de renta, por supuesto. Pero, a pesar de eso, el terror apareció. Y ese terror le hizo ir a su casta –que es como decir a su casa-… a vivir el horror. Pero todo se perdona, todo se disculpa.

Como humanidad, se está cometiendo un severo y dramático proceso destructor, terrorífico, de horror, que arrastra, que seduce, que convence; que hasta se ofrecen víctimas.

Todo ese proceso tiene una fuerza desmesurada… que no se suele alcanzar a ver porque ya se pertenece a ella.

El asumir como fundamental, importante, transcendente, cualquier labor de… el ánima… como el verdadero pan y la verdadera esencia de cada día, nos puede preservar de ese vaivén entre el terror y el horror… y nos puede hacer ver clara la potente marea que, como un viento nuclear, arrasa por donde pasa.

 

¡Ten piedad!

***

TIAN

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