El color genuino del ánima

 

 

Habitualmente, cuando se toma una tela y se la sumerge en otro color… se tiñe, toda la tela, de ese color. Y si antes era pálida y amarillenta, ahora es roja; o, si antes era blanca, ahora es negra; toda la tela que hemos sumergido en el color.

Igualmente ocurre con el ánimo-humor de los seres: que, cuando se tienen que someter a circunstancias, acontecimientos, cansancios, noticias… habitualmente, se tiñen todos sus humores con esa pintura, con ese pigmento que ha supuesto el disgusto, el arrebato… Todo se tiñe.

De tal forma que podemos decir que el ser humano es un ser “teñido”. Está teñido. Hoy le toca el azul; mañana, el verde; pasado, el blanco. O sea…

-¿Y cuál es su color genuino?

-¡Uy!… ¡Quién sabe! ¡Quién sabe cuál es su color genuino!…

Como se tiñe todo… Si se tiñera por partes, sería diferente porque:

-¡Ah, mira! Aquí hay un teñido… Aquí hay un…

Y, de hecho –y de hecho-, cuando se realizan experiencias o experimentos, con marcadores, se ve que determinadas circunstancias o acontecimientos requieren del esfuerzo o de la dedicación de determinadas –“determinadas”- áreas cerebrales, ¡no de todo el cerebro! Por poner un ejemplo.

¡Claro! Ocurre que, ese proceso de vivir, de humor-ánimo, no solamente está teñido, sino desteñido. Claro. Porque está continuamente sometido a nuevas “locuciones” de colores, de manchas, de…

Y se insiste: sin saber exactamente cuál es su color –cuál es el color genuino-, porque está teñido de ¡tantos!… y está desteñido de ¡tantas!…

Se supone –por esa experiencia científica- que, ¡bueno!, podemos recibir, aguantar, soportar, alegrar, etc., una determinada área de nuestro ser, pero… la otra tiene que…; el resto tiene que…; ¡no todo…!

Porque si no, ocurre ¡lo que ocurre!: que difícilmente se descubre algo impecable.

¡Sí! Porque está “teñido”: ese día te dijeron, te disgustaron, te alegraron… Entonces, inmediatamente todo se tiñe “de”.

-¡Ah! Hoy estoy eufórico porque… me tocó la lotería.

-Ah…

-Hoy estoy triste. Me he gastado todo lo que me tocó de la lotería.

-¿Pero estás todo triste?

-¡Todo triste!

-¿Todo entero?

-Todo entero, triste. Me gasté lo que gané en la lotería. Me lo fui a jugar al casino, porque quería ¡más!, ¡más!…

-¿Pero has perdido 15 millones de euros en el casino?

-Sí. Han sido cinco días excitantes, pero ahora estoy teñido de pobreza, de miseria y de desesperación.

-Ya.

 

Esta consideración que nos hace el sentido orante… con el ánimo-humor, tiene mucho que ver con nuestra posición con respecto a lo Divino. Sí. Porque, habitualmente –salvo excepciones-, cada uno va con su “carrete-carreta” y, ¡bueno!, la participación de lo Misterioso, lo Imprevisible, lo Inesperado, lo Insospechado… tiene una ¡fugaz! –si es que la tiene- aparición. El resto es puro protagonismo personal, teñido por… lo que toque en ese momento.

 

Es… “un suponer”, ¡claro! –pero debería ser una evidencia- que, el ser, por el mero hecho de ser, y creer inevitablemente que está “en vida” por una serie de aconteceres complejos que no acaba de comprender…

En consecuencia, cree que hay una serie de reacciones químicas, acciones Divinas, reacciones orto-moleculares, confabulaciones infinitas… Puede oscilar entre un extremo y otro, pero ¡cree!: cree que las cosas irán por aquí o por allí…

Y, en esa creencia, sabe que pertenece a la comunidad de los vivos, junto con el 84% de las bacterias, el 15% de los virus… ¡En fin!, otras formas de vida que nos son servidoras “indispensables” para poder ejercitarnos como tales seres humanos.

Recuerden que, no hace mucho, se comentaba en la oración que cada ser lleva dos kilos y medio de bacterias –¡como mínimo!- en su organismo, para hacer viables las células humanas; si no, son incapaces. ¡Son como niños recién nacidos!: ¡necesitan todos los cuidados! ¡Y necesitan una cantidad de productos, y de relaciones y de interrelaciones, y de injerencias e interferencias bacterianas!, para poder… para que podamos relacionarnos con el exterior, y podamos organizarnos en el interior…

¡Pues bien! Cuando todo eso está animado, está ‘humorizado’, es… es perentorio –porque lo sabemos- que todas las incidencias que transcurran sean rápidamente metabolizadas. “Me-tabolizadas”; “me-tabolizadas”. Es decir, puestas en una cadena de inspección, que separa, corta, distribuye, organiza y… “¡aquí paz, y después gloria!”.

-¡Estarás destrozado! –¿no?- porque tu equipo perdió ayer…

-¡Hombre! Estoy “des”; “des”. Pero, “trozado”, no. O sea, ¡qué quieres que te diga! Pues me hubiera gustado… pero he metabolizado humorísticamente y anímicamente el…

-¡Estarás fatal!, ¿no?, porque tu hijo ha suspendido más asignaturas de las que tenía…

-¿Más…?

-Sí. Es que han visto que su futuro era incierto, y le han suspendido, ya, tres… del año que viene.

-¡Jo! ¡Qué fenómeno, ché! Pues mira… me disgusta un poco por la parte que me toca desde el punto de vista del genoma, ¿verdad?, pero “de todo hay que haber”, ¿no? Gracias a su monumental descalabro –fíjate que le suspenden más asignaturas de las que tiene-, otros relucen, ¿verdad? Además, el chico está alto, fuerte, ¡y le gustan las chicas! Y eso, hoy por hoy… ¡puah!, ¡es una alegría!, ¡qué quieres que te diga! No es por nada, ¿sabes? Y, bueno, que cada uno sea lo que sea, pero uno… así, un poquito “a la antigua” y tal, ¿verdad?, pues no… Además, el sistema educativo es un asco. Ya lo ha dicho el mismo ministro, ése de nombre raro: “Wert”. Entonces… ¡Hombre! El chico ha reaccionado. Es un chico sensible, y no va a pasar por cualquier cosa, ¡qué quieres que te diga! Hombre inteligente y… no quiere colaborar en proyectos caducos.

-¡Anda!, ¡cómo te las has apañao!…

-¡Hombre, que si me las he apañao! Tengo un metabolismo humoral –de “humor”- y anímico, que no te lo puedes ni imaginar.

-Bueno, ¿y le has castigado, le…?

-¡No! ¿Castigar? ¡No, no, no! Déjale, déjale; que siempre hará falta alguien para picar o para vivir debajo del puente, o para… Si es que nos necesitamos todos. A lo mejor nos estamos empeñando en que este muchacho sea agrimensor, y lo suyo es la manufactura y cuidado del champiñón. Y está esperando encontrar una cueva para cultivar champiñones –de ésos que vienen ya transgénicos y que traen un poquito de carne, ¿eh?-, y estamos perdiendo el tiempo aquí, con tanto estudio y tanta asignatura…

-Ya.

Podemos imaginarnos… los “101 dálmatas” que, diariamente…

Todos recordarán la película… de “Cruella de Vil”; “Cruella de Vil” era la mujer que tenía 101 dálmatas y se iba a hacer un abrigo de dálmatas. “Cruella” –Cruella-, de “cruel”: una mujer cruel… “de Vil” –de “vil”-.

Y, bueno, el caso es que… ¡pues siempre nos tienen alguna “mancha”!, ¿no? Pero, ¿qué se hace? El metabolismo le echa un poquito de “Vernel”, un poquito de “Mimosín” y tal y cual… le das una frotadita –nada de marearlo a la lavadora-, una frotadita y, ¡oye, mira!, ¡vuelve a su color original!

-¡Ahhh!... ¿Pero existe el color original?

-¡Sí! ¡Hombre que si existe! ¡Claro que sí!

¿No hemos dicho que “cada uno es de su padre y de su madre”? ¡Pues claro que tenemos que tener algún color!: “El color del espíritu”… ¡Hasta hay un resonador que dice y habla de eso!

Nos salpican. Nos tratan –obviamente- de teñir. Nos destiñen…

No es una humanidad que respete el color de cada cual. Nunca mejor dicho, con la homofobia y… los apartheid y cosas parecidas –¡barbaridades raciales!-.

¡El color!… también está de forma física ¡concreta!, siendo un perturbador ¡terrible! Todavía existe el “Ku Klux Klan”, ¡por ejemplo! Y, bueno, el rebrote de problemas raciales es evidente.

Pero… si nos apuramos –pero, para verlo todo- peores son esos “destiños”, esos destellos de “Serpica”, que no se saben incorporar, metabolizar, diluir…

¡Que sirvan para que mi genuino color se acreciente en su forma y manera!... ¡Y no me vea sistemáticamente salpicado, manchado!… ¡Y responda a esas manchas, y a esas salpicaduras, y a esos tintes!

Claro, la inmediata es decir: “Es que no puedo. Es que no sé… cómo hacer. Es que…”.

¡Por favor! ¡Escuche a su ánima! Por favor, ¡escuche a su Creación! ¡¡Por favor!!, ¡¡preste atención a su ánimo!! ¡¡Cuide… su humor!!

Que, algunos seres, con frecuencia –en millones, claro; si no, no se reseñaría-, de repente se convierten en ¡coces de caballo!; otros, en mordidas de alacrán; otros, en… ¡desguaces de cocodrilos!…

-Pero, ¿usted no era una persona…?

-¡Era!... una persona. Pero es que ¡fíjate en lo que me ha pasao! ¡Fíjate en lo que me ha pasao! ¡Llevo diez días esperando al fontanero! Me he tenido que comprar un equipo de buceo para poder seguir viviendo en casa. Y estoy de muy mal humor.

-¡Pero hombre, pero hombre! Pero ¡por favor! ¿Pero no has podido hacer otra cosa?

-No. Es que yo soy muy fiel al fontanero.

-Pero ¿y te has comprado un tanque con bombona para respirar, para seguir viviendo en tu casa?

-Sí.

-¡Joé, qué imaginación! ¡Por favor! Pero… ¿habrá otra forma?

-¡No, no, no! ¡No he encontrado otra forma, no! No me líes, no me líes. Tráeme otra bombona, por favor.

Entonces, entre el “no puedo” y el “no sé” –“no puedo, no sé”, “no puedo, no sé”, “no sé, no puedo”, “no sé, no puedo”-… a las personas se les derrite el esternocleidomastoideo y los cuádriceps, se les adelgazan los muslos, y la entrepierna queda con una enorme oquedad. ¡Y eso no es bueno! No. Porque después vienen los colgantes… ¡De verdad!, ¿eh?

Claro, luego:

-¡Ay, no me explico! ¡Ay, no sé! ¡Hay que ver! ¡Ay, qué mala suerte! ¡Hay que…!

-¡Qué! Hay ¿qué? ¡Ay!, ¿qué? Ha recorrido toda la escala biológica, tiñéndose de lagarto-lagarta, perro-perra, gato-gata, burro-burra… Pero, ¡hombre, por Dios! ¡Por Dios!, que ya es usted un Sapiens-Sapiens.

-Un ¿qué?

-No, nada. Déjelo. ¡Déjelo, déjelo, déjelo! Queríamos decir que ya es hora de que usted compagine su ánima con su humor –¿verdad?-, y no…

Y eso es un elemento de interés, ¡claro! El salpicado, el manchado, el teñido, el desteñido, destiñe, salpica, mancha a otros.

-¡Ah!…

-Sí. Claro, claro, claro.

Porque… si se quedara, y existieran los manchados, los desteñidos, los salpicados y “el resto”, bueno, pues se hace una reserva: una reserva de teñidos, una gran reserva de manchados, una gran reserva de salpicados…; y ésos tienen su humor y su ánimo tergiversado. Bueno, se les visita dos veces a la semana –o una vez, como en la cárcel o en el psiquiátrico- y ¡ya está! Y el resto va con su color genuino.

¡No! No, no, no, no… –esto, puestos desde el punto de vista legal, claro-. ¡No! ¡Pero no es así! ¡No, no! El salpicado salpica a otro, ¡y a otro! Y el otro, a otro. Y cada uno va matizando el color:

-¿Sabes que Ambrosia está saliendo con Eufrasio?

-¡No me digas!

-Sí.

-Oye, ¡pues me das un disgusto!, porque Ambrosia y Eufrasio son como el perro y el gato.

-Ya. Pero… les gusta; les va la marcha de…

 

-Oye, ¿sabes que Ambrosia y Eufrasio se van a casar? –dice el otro-.

-¡No me digas! ¿Para cuándo?

-Creo que para el 12 de Agosto.

-¿Sí? ¡Madre mía!…

Entonces, cada uno va salpicando y va añadiendo nuevas hegemonías.

-Oye, ¿sabes que Ambrosio y Eufrasia se casan el 12 de Agosto, y tienen su lista de bodas en el Corte Inglés de Albacete?

-¡No me digas! ¿Y han puesto lista de bodas, y todo?

-Sí. Sí. O sea… hay dos teteras, dos percheros y dos lavavajillas.

-¿Dos lavavajillas? ¿Para qué?

-No sé… Uno para él y otro para ella. Es que son maníacos de la limpieza.

Y éste salpica, a su vez, a otro, y dice:

-Oye, ¿sabes que Matilde y Rosa se van a casar?

-¿Matilde y Rosa? ¡No sabía que eran lesbianas…!

-¡Sí, oye! Me lo han dicho. El 12. El 12 de septiembre, me parece que por la mañana. Y admiten sólo regalos de dinero; nada más.

Y, así, el salpicadero –¿verdad?- se va convirtiendo en eso: en un salpicadero. Es decir, que ni se guarda –ni siquiera- el debido respeto por lo que salpica la mancha y demás. ¡Y es lógico que sea así! Porque, ¡claro!, la mancha, el teñido que nos han hecho, interactúa con nuestra “nacionalidad” –entiéndase, no por “nación”, sino por “originalidad”- y entonces, ¡pues claro!, la respuesta es un color, así, ambarino… sin reserva, sin sabor. Con un olor… no, no; no es buen olor. Y con una textura… ¡pues no!, ¡qué quieres que te diga!: ¡lija del tres!

-¡Dios! ¡Lija del tres! ¡Eso raspa!

-¡Hombre que si raspa! Acércate, y verás cómo te hiere.

-¿Te hiere, incluso?

-¡Sí! Por lo menos te va a insultar, ya verás.

 

-Hola, ¿qué pasa?, ¿cómo va?

-¡Hijo puta! ¿Que cómo va? ¡Cómo voy a ir! ¿No te has enterado de lo que me ha pasado?

-No. No me he enterado.

-He ido a comprar un coche de segunda mano, buenísimo, baratísimo, y ha llegado otro tío antes y lo ha comprado. Fíjate, fíjate… ¿Tú crees? No he dormido esta noche.

-¿Y por eso no has dormido esta noche? ¡Tú estás mal de la cabeza!

-¡Pero qué voy a estar yo mal de la cabeza! ¡Si te pasara a ti, ya te tendría que ver, a ver qué te pasaría de… a ti!

-¡Madre mía! ¡Por favor!

Y entonces, ya empieza el salpique –¿verdad?-, y el salpicadero se convierte en un termómetro de brújulas, esdrújulas, que se mueven inquietamente y que nunca te dan la verdadera medida: si llevas fuel, si el aceite va bien, si el agua está caliente, si está fría…; porque, “el salpicadero”, eso que lleva el coche delante diciéndote lo que tienes que hacer –porque, ¡para eso eres bruto!- y que, en vez de sacar tú la mano fuera y decir: “hace frío, hace calor”,te dice: “hace 27 grados, ¡bruto! ¡Cierra las ventanas!”, pues…

¡Buffff! ¡Qué fatiga! ¡Qué-fatiga!...

El creyente, el que está en la vía de su impermeabilidad…

-¡Ah! Entonces… cualquier cosa que pase, ¿nos debe resbalar?

-No… No… No…

Además del sistema metabólico –por si algo se incrusta- tenemos que tener, evidentemente, un grado de indiferencia. Hemos puesto primero el impermeable, para que no haya goteras. Pero… “un cierto grado de indiferencia”; porque si no –si no-, entre unos y otros, no es que nos salpiquemos, nos manchamos de tal forma y manera que no nos conocemos; ni a nosotros mismos, ni a los otros.

Impermeable, indiferente… pero ¡con acuse de recibo!:

“¡Sí! Me doy por enterado de que esto ha ocurrido, pero ¡he de seguir! ¡He de seguir porque me llevan! ¡He de seguir porque se va!… ¡Y quiero que mi pensamiento vaya con lo que sigue y con lo que va!”.

Y en vez de decir: “No; no sé; ¡no puedo!”… producto de la arrogancia personal… –no lo olviden; parece que no, ¿verdad?, parece que es un signo de humildad… ¡no!: ¡arrogancia personal!–, pues se busca, se confía en uno mismo, ¡y habrá una respuesta que dar!; ¡habrá un plan que realizar! ¡Por supuesto!

¡¡Estamos dotados con recursos… para responder!!

“¡¡Sí sé!! ¡Sí puedo!”.Sin que ello conlleve connotaciones de poder, sino connotaciones de hacer:“¡¡Sí hago!!”.

¿Que luego sea lo más adecuado o no? Ya se verá. ¡Ya se verá!

 

Lo que presentamos diariamente a la Creación, lo que presentaremos –como credenciales- en diferentes niveles de consciencia, en diferentes estados de vivencia, será nuestro ánima… con su humor correspondiente. ¡Esa es nuestra carta de presentación!, ladies and gentlemen –señoras y señores-. ¡Esa es nuestra credencial!... para trabajar, para convivir, para relacionarnos, para viajar, para vivir, para morir, para transmigrar, para reencarnarse, para resucitarse…

¡Esa es nuestra carta! ¡Y esa carta no puede estar marcada! No puede estar teñida, no puede estar salpicada, no puede estar… ¡Tiene que ser genuina!...

¡Si no, cuando nos entierren, nos daremos la vuelta dentro de el ataúd y empezaremos a escarbar hacia abajo! ¡Solitos!

Ésa es la carta. Ése es… el as de los ases: el ánima, con su expresión de humor, que es la primera muestra de amor que se gesta, para dar paso a la ternura “ingesta”…

¡Ésas son nuestras cartas! ¡Y tienen que ir pulidas!, limpias, ¡agradecidas!, honorables, admirables, ¡devocionadas!, ¡devocionales!

¡Y tenemos capacidad para eso! ¡Tenemos recursos!

De ahí que, si ello está claro, si esto está claro, es válido, en la interacción comunicante y convivencial del ser humano –como ser social, que es así-, que nos corrijamos; que nos relevemos; que seamos capaces de delegar y, a la vez, compartir; que escuchemos…

Que no somos desteñidos. Que no somos teñidos ni somos manchados. Y que, en la medida en que interactúo con los otros, todos nos limpiamos, ¡nos aclaramos!, nos mostramos en nuestra verdadera dimensión. Y eso –¡eso!- nos hace ¡ligeros!, nos hace… “encantados”. Como cuando nos saludamos:

-Encantado… de conocerle. ¡Encantado de conocerla!

Así nos crearon: con un “encantado” momento inspirador. Y, como encantados personajes ¡de cuentos!, tenemos que responder, tenemos que corresponder con nuestra naturaleza.

¡No, desnaturalizarnos! ¡No, desvincularnos de nuestra verdadera versión!... puesto que hemos sido creados para una misión, y el cumplimiento de la misma requiere ese ánima de perfección, ese humor incomparable, ese amor insustituible, esa ternura… ¡imprescindible!...

Y, así, daremos cumplimiento a las necesidades. Y, en comunión, podremos estar y… ¡y seguir!… hacia la verdadera luminosidad del Misterio.

TIAN

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