Ampararse en la Piedad para abrirse a la grandeza de un Amar sin pretensiones

 

La Llamada Orante es una llamada de Amor, una llamada de Bondad… con la intención de incidir en nuestros sentires; con la intención de promover nuestras virtudes; hacer evidentes nuestras bondades. Y como tal, sea cual sea la vertiente en la que la Llamada Orante nos sugiere, nos susurra, nos advierte, es un cuidado de Amor… sin pretensiones, pero con claridades, que nos habla a todos y a cada uno en particular. 

Y permanentemente nos recuerda… –nos recuerda- nuestra vinculación con el Misterio Creador. Ese es un latido de fondo, un latido preexistente, existente y eterno. Un latido que no agobia, no impone, pero que siempre está presente. Y que el ser, con sus hedonismos y sus particularismos, habitualmente no lo escucha, no lo tiene en cuenta, no le parece presente. Y se inclina por sus elucubraciones de mente, de saber, de conocimiento, y se religa consigo mismo, pero no… no viaja hacia las regiones de su procedencia, de su inmanencia, de su conexión.

Y en ese sentido… nos muestra cómo ha transcurrido y transcurre un tiempo de penumbra en la vivencia-convivencia y en el estar humano. Un tiempo de MIEDO. El cual aparta más aún la comunicación “con”…; o bien, el ser trata de unirse de forma desesperada, ¡exigente!

Un mensaje que rebota en él mismo, y no encuentra alivio. Excepciones providenciales aparte.

Así podemos apercibirnos de que si el Sentido Orante es un sentido de Amor, si tenemos en cuenta –en consecuencia- que su llamada es una llamada amorosa, bondadosa, llena de bendiciones, recojamos esos sentires y apliquémoslos en “el hoy de cada día”, que aún permanece en penumbra, para que el miedo se haga dilución, para que el temor se haga precaución, para que la sonrisa y la esperanza afloren, y el ser recoja la confianza que la vida da por la permanencia Divina; y que la vida da en suspiros y en anhelos, para retoñar permanentemente.

Y así, en nuestro “hacer” de cada día, el tener presente esos recursos, y aplicarlos. Aplicarlos en nuestra propia actividad, en nuestros miedos y en nuestras preocupaciones, y en todas aquellas relaciones que son propias de nuestra naturaleza social: en enseñanza, en industria, en trabajo, en… en ese “estar en el mundo”.

¡El “templo orante” no es sólo el lugar en donde recogemos la palabra! 

“Templo Orante” es todo el proceso de vida… desde el instante de la Palabra Creadora, en el que, como consecuencia, aflora la vida. Todo es un templo. Y todos somos templos y habitamos en un gran templo…

Que sí, se ha ido convirtiendo en mercado, en negocio, en inquina, en rabia, en guerra… y un largo etcétera. 

Pero así como conocemos que nuestro lugar en el Universo está cubierto y protegido por atmósferas, troposferas, estratosferas, etc., todo eso es gracias a la Gracia del Misterio Creador. En cualquiera de las fases o estratos se encuentra el Misterio.

Por ello, si hago de mi ser un templo, en él convivo, a él acuden, y yo a su vez acudo a otros… y encontramos el alivio, el consuelo, la creatividad, la búsqueda de la belleza… –¡ay!-, el alivio del dolor y la consecución de… de una alegría…; de una alegría de vivir que nos promueva… ¡a sentir!: a sentir el milagro de estar vivos.

A sentir… que ese estar vivo, ese sentirse vivo –por las ideas, por los sentidos, por los sentires-… es gracias a la Gracia de un Misterio. Es gracias a la Gracia de un Misterio. Es gracias a la Gracia de un Misterio.

Y eso… ¡y eso no supone esclavitud!, como algunos piensan. ¡Eso no supone impedimento! 

 A veces no queda más remedio que descubrir que, en la ego-idolatría del ser, cuando se ve bajo la cobertura de la Creación, se sienta mandado, ordenado, premiado, castigado y, en consecuencia, privado de libertades. 

Cuando así ocurre –y ocurre-, hay que darse cuenta de que cuando eso ocurre es que le estamos dando la misma dimensión, la misma proporción, la misma estructura, pensamiento y acción, a esa Fuerza de Creación, que a la nuestra. ¡La estamos comparando!

Nos preguntaban cómo librarse de la esclavitud de lo Eterno, del Eterno, “porque puede constituir un impedimento”. Nuestra respuesta fue una carcajada: era una expresión de piedad, de misericordia… ante una actitud de pensamiento en la que se ponía en la misma tarima el Misterio Creador y nuestra persona. Y entonces se tenía miedo: “No vaya a ser que ese Misterio me controle, me esclavice. No puede estar todo el día en mi cabeza”

Y esta anécdota deja de serlo cuando… es más común de lo que parece. O sin llegar a esa proporción, hay una queja sutil por tener que invocar continuamente al Misterio.

Se dice, en consecuencia: “¡No me pueden obligar a amar con todo mi ser, con toda mi alma y con todo mi conocimiento, a la Creación, al Misterio Creador!”

Puesto así, es como si fuera un gobierno o un dictador que nos…

Sin pretender –porque sería absurdo- conocer la naturaleza del Misterio Creador, sí al menos tener la humildad, y desarrollarla en nuestro hacer, de ver, de sentir y de apercibirnos de las diferentes señales; las diferentes señales, signos, casualidades, coincidencias… Todo aquello que constituye nuestro convivir diario.

El Amor que se derrama en bondades y bendiciones sobre la vida, sobre cada uno de nosotros, no es ninguna esclavitud. 

No pretende… –aunque se interprete como castigador, como perseguidor- no pretende anularnos, suplantarnos. Su pretensión, en el Sentido Orante, es amplificarnos.

Es una proporción desproporcionadamente tan inconmensurable, que no… no tiene cabida en nuestra consciencia. Y que tan solo un ligero gesto de su Presencia es una inmensidad de Amor en nuestra consciencia, y una liberación suave, permanente.

Sí. Puede decirse que esto es una forma de creer, una actitud, una manera de hacerlo –sí, sí-, diferente a la que contempla a un padre dictador que nos ordena, que nos persigue, que nos castiga, que nos premia… Sí. 

No somos de ese mundo.

Más bien somos los que escuchamos que todo lo que acontece está bajo su tutela de Infinito Amor y, en consecuencia, de infinitas posibilidades de hacernos infinitos, hacernos eternos, hacernos… ¡testimonio vivo de cada amanecer, cada atardecer y cada anochecer! De ser un ejemplo fiel de la alegría de vivir y del compartir, del solidarizase y de ocuparse y de preocuparse, ¡y de cuidarse y de cuidar!...

Es el Gran Enseñante sin límites. Es el Gran Enseñante que no precisa cursos, que no necesita castigos ni premios… para abrirnos las posibilidades, ¡para hacernos ver!... –con su Sentido Orante- nuestras capacidades, nuestros recursos. Dotados por ÉL: por ese Misterio de Oración, por ese Misterio Creador.

Sí: que esos talentos que tenemos, no nos vienen dados por esa combinación aleatoria de tripletas o genomas o… Demasiado casual, ¿verdad? Demasiada lotería. Más bien procede de una gran conflagración de multitudes de Universos que gravitan sobre nosotros. ¡Y sobre otros! No somos únicos.

Se hace increíble, sí; se hace un mundo, sí, pensar que con nuestra actitud, nuestra pequeña posición, podemos influir en nuestro vivir de humanidad. Pues bien, ese “parece imposible” es semejante a que “parece imposible” que un Misterio Creador Infinito gravite sobre nosotros. Pero lo hace. Pero ocurre. Pero no le vemos la faz. En este estado de consciencia, no. Pero sí sentimos sus efectos, sus alivios, sus caricias, cuando estamos despiertos en consciencia, sin prejuicios, sin ego-idolatrías.

Y es así que podemos confiarnos en que esa pequeñez que hagamos, esa pequeñez de actitud en la que modifiquemos y nos pongamos en sintonía con lo Eterno, va a incidir en todo. No lo veremos, en la mayoría de la mayoría de la mayoría de los casos. Sí podemos ver alguna pequeña reacción… en alguien cercano o lejano.

En esta proporción tenemos que estar. Y es la gran confianza. Es la gran ocasión. Es la auténtica creencia: la que hace de nuestro vivir un sentido, la que le da a nuestra presencia ¡un motivo!… para seguir, para perseverar, para engrandecer nuestra consciencia de vida.

Nuestro Universo se hace infinito cuando actuamos en el sentido de la bondad, cuando nos sentimos benditos, y a su vez replicamos en nuestras insignificantes bendiciones… 

Y descubrimos, enamorados, que nos aman. Y nos deslumbramos al ver que somos capaces de hacer, de amar; con limitadas condiciones, por nuestro afán posesivo, controlador, manipulador. Pero en la medida en que nos desprendemos de esas garras de hedonismo personal, nos hacemos dignos de ser amantes de la vida; de ser amantes de minúsculas experiencias, o grandiosas, según la intensidad del Milagro de Amar. Porque despertar a ese estado es ¡milagroso!, es mágicamente fantasioso.

Es así como somos, en verdad. Cuando así no lo somos, entramos en el conflicto, en los intereses, en los miedos, en las tragedias y en los dramas.

Acogernos a la Piedad, como ese remedio que ahuyenta nuestras vanidades, nuestras exigencias… 

Ampararse en la Piedad para abrirse a la grandeza de un AMAR sin pretensiones, pero que es reflejo de Creaciones. Y así, hacernos creativos en el estar, respetuosos, admiradores de lo ajeno, y humildes servidores en nuestro hacer.

“Y humildes servidores en nuestro hacer”.

¡Ten Piedad!

***

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