Las máscaras

 

 

Podría decirse que, atendiendo al criterio de “persona”, “personalidad” –que hace referencia a las máscaras-, se ha llegado a un punto en el que… todos los días son carnaval. ¡Sí! Sí. Hoy toca la máscara de plata, mañana toca la máscara de barro, pasado, la de plástico, al otro, la de oro… –¡quién sabe!- según vaya el sistema hormonal, inmunológico, neurotransmisores… ¿Quién sabe?, ¿quién sabe? Según… según convenga –“con-venga”-, la máscara será de mascar, de tragar o de, simplemente, saborear.

Esas son las últimas máscaras ecológicas que normalmente se estilan, en los casos más cercanos.

¡Claro! Por mucho que estemos acostumbrados a las fiestas de los disfraces, de las máscaras, no terminamos de conocer –¡un poco!- a alguien; tampoco mucho a nosotros, porque… con mucha frecuencia, como son de “usar y tirar”, la máscara que me pongo hoy... no es la misma que mañana.

Eso de “usar y tirar” es más reciente. Pero antes –también las hay-, son más fijas, más constantes, y se usan durante un tiempo prolongado: el necesario para que cada uno obtenga el máximo beneficio. Beneficio que –¡ojo!, ¡ojo!, ¡ojo!, ¡ojo!, ¡ojo!, ¡ojo!, ¡ojo!- para algunos será… bueno, confortable, agradable; y, para otros, el beneficio será duro, difícil, lagrimero, rabioso… ¡Hay gustos para todo!

Porque, claro, si uno se pone –por ejemplo- la máscara de la hiena, pues claro, adopta actitudes, gestos y acciones típicas de ese animal. Si se pone la máscara de un cuervo –por ejemplo-, pues el cuervo… ya se sabe qué es un cuervo. Un cuervo es un pájaro que tiene la fama de “mal agüero”, pero es uno de los pájaros más inteligentes que hay; tanto, que el refrán dice: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”.

Así que: no conocemos bien “a”… y no te conoces bien a ti.

Y eso se ve mucho –mucho, ¡mucho!, mucho; como estamos en la fiesta de los disfraces de las personas-… se ve mucho cuando te cuentan o te hablan o te dicen:

-Bueno, pues hacemos esto y lo otro, vamos a hacer esto y tal…

Y tú dices:

-Pero, ¿de qué me estás hablando?

-¡Sí, hombre!, ¡si eso te lo conté… ¡pfsss!, antes de ayer!

-¿Antes de ayer? Si yo, antes de ayer, estaba en Singapur, en un zulo… ¿Cómo me lo pudiste contar?

-¡Ah!, es verdad. ¿Pues a quién se lo he contado yo?

-¡Ya, claro!

Ya se sabe: “Antes se coge a un mentiroso que a un cojo”.

Pero, ¡claro!, si todos cojean del mismo mascarón de proa, decir una mentirilla, callarse algo, ocultar algo… pues resulta ¡que no es para tanto!, ¿verdad? ¡No es para tanto!

Y como realmente “no es para tanto” –porque no hay ninguna fuerza ni ningún ejercicio de poder que evite que eso se produzca-, pues… suma y sigue.

-¿Quién es usted? ¿Madame Pompadour? ¿La señora de Éboli? ¿Evita? –evita ser lo que no eres-. ¿Y usted? ¿Montgomery Cliff o… Robert Mitchum? ¡No!, ¡no! Déjeme ver, déjeme ver, déjeme ver… ¡Sí! ¡Es Groucho Marx! Es Groucho.

¡Claro, claro, claro! Entrevistados miles de cientos de millones de personas, a este propósito, han respondido todos que es inevitable enmascararse, porque esto te da la supervivencia. ¡Sí! La supervivencia. Porque así, además, haces obras de caridad: siempre te muestras a los demás, como a los demás les gustaría verte… Jejeje; salvo cuando esperas dar un golpe o imponer alguna ley o establecer alguna esclavitud en la que tienes que ponerte la máscara del horror. Entonces sí, te pones la máscara del horror, y luego te pones la máscara de la complacencia, y luego le haces ver al esclavo –o la esclava- que es lo mejor para él, haberte conocido.

-¡Jo! Oiga, ¿y eso funciona así?

-Desde el punto de vista de la oración, sí. Funciona así.

¡Claro! Lo que ocurre es que normalmente no se piensa bajo estas vibraciones, y la persona vibra menos; está más baja –más baja-. Está más baja que el nivel del mar, y un día se va a ahogar –ya verás-; porque le va a salir ‘a tropelerías’ lo que es, y se va a confundir con lo que dice que es y se va a atragantar.

Pero estamos en una fiesta, es el carnaval.

Ya, pero el carnaval, en algunos sitios dura un tiempo… en otros tiempos dura otro… Pero, cuando el carnaval dura siglos, se hace un poco largo. La fiesta no… no, no tiene suficiente licor, música y ritmo para aguantar tanto tiempo. Entonces, lo que debería ser festivo –como la máscara-, pues se hace… eso: ‘más-caro’. ¡Muy caro! ¡Oh!, ¡sí, sí, sí!: sobrevivir a la propia identidad, camuflada con treinta y seis nuevas, ¡es carísimo! Es carísimo en todo: en pendientes, en bisutería, en calcetines, zapatos… Eso, por lo más corriente. También es muy caro por el tipo de literatura que hay que leer, la música que hay que escuchar, la actitud que hay que tener… y las formas diferentes de ataque, defensa, opresión, castigo, mística y arrogancia.

-¡Jo!, ¡qué difícil lo ponemos! ¡Qué difícil!

-No, ¡no es difícil! El ser ha sido debidamente educado y, claro, cuando se le trata de educar de otra manera… –¡aaah!-... no se sabe muy bien qué máscara protesta, si la más cara o la más barata, pero responde.

¡Es carísimo! ¡De verdad! Es carísimo el tener tantas versiones de uno mismo. Porque es muy diferente eso, a que nos adaptemos a circunstancias, personas, situaciones, edades… ¡Es distinto!

Y ha salido ¡tan caro! –¡tan caro!-, el asumirse una personalidad que uno no siente, que uno no acepta, pero que uno cree que es la mejor, tan caro que… bueno, ¡pues carísimo!; ¡carísimo! Porque, el que tiene que ir todos los días con los párpados hacia arriba, termina con un cansancio de párpados… tremendo; el que tiene que ir todos los días riéndose, termina con unos labios… ¡bueno!, con reuma: labios reumáticos; el que tiene que ir todos los días con la cara seria y rígida, termina con parálisis labial. Y, así sucesivamente, diferentes partes del cuerpo se ven afectadas por los diferentes mascarones de proa –es la parte delantera: proa; y popa, la parte trasera. Del barco, ¿vale?; “del barco”-.

La oración se vuelve un cierto vértigo en algunos momentos, porque, claro, hay que irse cambiando de máscara según lo que se vaya escuchando. Claro. Tú estás orando en torno a “la persona”, y vas escuchando una serie de cosas, y para defenderte de ti mismo –de tu inconsciente, de tu subconsciente y de tu consciente escuchante silencioso, porque no puedes protestar-, vas cambiando la máscara y dices: “Eso no va conmigo; eso va con aquél; eso va con el otro… Eso sí, creo que va a mi bajo fondo; no, eso va a mi alto fondo; no, esto va a mi popa…”.

¡Uf!, ¡Qué fatiguilla!...

¡Claro! Normalmente, en una fiesta de disfraces, con las personas, aunque haya algún mitin, normalmente las personas no se dan muy por aludidas. La oración de la máscara –que no es ninguna mascarada, por cierto, pero es la forma de descubrirse un poco más en lo que se debe estar- resulta incómoda. Como mínimo. Porque el que más o el que menos se siente “des…cubierto”.

Porque, ciertamente –ciertamente-, a fuerza de usar tanta máscara, ¿verdad?, también se usa la máscara para la Creación. Y cuando los signos, los elementos, las confluencias, las confabulaciones, aparecen, uno se pone la máscara de “confabulado” y trata de interpretarlo confabuladamente… y claro, lo hace fatal.

Lo hace fatal porque no es –no es- tu ser, el que está recogiendo; es una transgénica posición personalista. Incluso hay personas que dicen:

-¡Ah! Yo de pequeño era muy simpático, muy agradable, muy divertido…

-¿Sí? ¿Y ahora…?

-Ahora soy insoportable.

-Oye, ¿y eso? ¿Qué te pasó? ¿Te castigaron…?

-No, no. Yo solito. Yo solito o yo solita, con mi ambiente, mi entorno, mis… ¡mis cosas!: mis muñecas, mis pistolas… Y yo solito –o solita- me fui haciendo el hilito alrededor del pitito… o me fui cosiendo la vulvita como podía… y así me fui gestando mi personalidad infundida. “Infundida”. Infundada. Falsa.

Pero esto no es –¡ni muchísimo menos!- una crítica. ¡No, por Dios! ¡No! No, no. Ni ácida, ni pulcra, ni escalonada, ni de cal, ni de arena; es simplemente una muestra del carnaval y de las máscaras, como se sucede hoy, en el siglo XXI y más. ¡Y más!

Porque ahora, como somos espiados…

¿Por qué creen que somos espiados? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿¡Por qué!?...

Porque, como todos llevan máscara, pues alguien quiere descubrir quién es quién! ¡Si lo hemos provocado todos nosotros! Unos más, ¿eh? Unos, ¡más!

Así que, cuando nos quejemos de que el señor Obama nos vigila, nos inspecciona, nos saca los datos de Internet –“Yahoo dice”, “Microsoft dice”, “Apple dice”-…

Todo el mundo habla de nosotros. Y todos somos un poco norteamericanos ya, porque nos han escuchado. Y esto da mucho gusto, porque te da… ¡te dan los papeles! Ya no eres un ‘sin-papeles’. Ya… ya tienes una nacionalidad. Todavía en la red, ¿verdad?, pero la tienes, la tienes, la tienes. ¡Huy!, ¡qué cosa! Chulísima, ¿no?

Claro, si resultara que las personas fueran, no personas sino seres –seres, sí: ser-, pues… ¿para qué vas a espiarle? ¿Para qué, si ya sabes cómo es? ¿A quién espías? A quien ves que tiene la máscara. ¿Quiénes tienen la máscara? Pues “tutti”; “totus tuo”. ¡Voilá!

Son consecuencias lógicas del vivir. Eso es lo importante, que nos lo enseña la oración: si no quieres que te investiguen, si no quieres que te vigilen, sé tú mismo. Si no lo eres, te vigilarán, te inspeccionarán, especularán, dirán… Porque, por mucho-mucho que te maquilles, en algún momento hay un desliz… y una ligera y entrecortada grieta aparecerá en el pómulo izquierdo.

¡Ahhhh! Una preocupación ha subido a la mejilla. No era tan…

Y, a partir de ahí, cada cual elabora su especulado momento.

Ahora bien, si estás sin maquillaje, sin ningún elemento –por poner un ejemplo, claro-, si lloras, se verá la lágrima; si frunces el ceño, se verá que estás ceñudo. Y te mostrarás ¡como eres! ¡Punto!

“¡Ay! ¡Qué razón tenía la pena traidora que el niño sufriera!”

Sí. ¡Sí! Esto viene al caso porque… ¡Ay!, qué razón tenía…

Ahí te quiero ver yo: cuando tengas alguna dificultad, cuando tengas algún inconveniente, cuando tengas algún impedimento, cuando tengas tan poco tiempo para cambiarte de máscara, que –¡aj!- ¡te vieron como eras! Y entonces, bueno, vale cualquier tipo de maniobra, manipulación o gesto.

Decía el sentido orante que la ‘más-cara’ –como su nombre indica- es “cara”. Y todo el mundo aspira a tener la más cara; la más cara porque… la más cara –es cierto- está mejor trabajada, mejor labrada, mejor hecha… No todas son venecianas, no, porque Venecia ya… ya está un poco húmeda, ¿no? Sí; los cimientos están un poco… un poco. Entonces, hay otros artesanos –los artesanos del Este- que hacen ahora unas máscaras muy pulcras, muy ajustaditas a Castilla, a León, a Burgos, a Madrid, a Vilnius, a Tallin o… a Caracas o a Uruguay o… Sí, sí, sí: los artesanos del Este han tomado la delantera.

¡Antiguamente! –antiguamente, antiguamente, antiguamente-, los chinos –cómo no, cómo no-, ellos eran los magos de las máscaras. ¡Claro que sí! Pero, pero, pero, pero… lo hacían de tal forma y manera, que sólo había máscaras cuando hacía falta que hubiera máscaras: un ratito. Se hacía la representación y se terminaba. Y de ello se aprendía, de ello se conocía. Pero luego veías al señor Chang, a la señora Li, al señor Tuo, a la señorita Tong…

¡Ahhhh! ¡Ya! Ya, ya, ya, ya.

¡Ya!, pero… poco a poco le fueron cogiendo el gusto. Y ya Marco Polo se encargó de traer muchas máscaras –muchas, muchas máscaras-; las más caras que encontró. Y como eran un poco… de Mongolia –exterior e interior-, pues la verdad es que costó introducirlas en Occidente. Pero ya Occidente tenía la manía de empezar a pintarrajearse y a espolvorearse para parecer otra, otro. ¡Sí, sí, sí, sí!

 

Lo que empezó a ser un juego, se convirtió en un hábito ¡tan extendido!… que no sabes bien –“no sabes bien”- con quién te juegas el sentido. No sabes bien… en qué onda de destino. Porque tanto te han dicho que “para defenderte, para adaptarte, tienes que mostrarte de tal o cual manera”, que… ¡ah!...

Pero, ahora que estamos en la oración –¿verdad?-, y la oración nos muestra con este desparpajo habitual, las cosas, sin… ¡sin ningún miramiento!; o sea, sin tener en cuenta que esta Adolfo, Antonia, Luisa… ¡Le da igual! ¡A la oración le da igual que le siente bien a Pepita o a Juanita! ¡Le da lo mismo! Es más, ¡apunta! ¡Apunta! Y cuando alguien se da por aludido es que es cierto. Totalmente cierto.

¡Claro! A la oración no se le pueden pedir responsabilidades, porque es la respuesta de lo evidente; es la evidencia puesta ¡ahí!, al sol. Porque la oración es el equivalente de la transparencia de la Creación y, en consecuencia, no tiene el freno de quedar bien o mejor.

¡Ayyyy! ¡Se tiene que morder la lengua tantas veces! Pero, no obstante –no obstante-, sí muestra su mejor facción: aquella que –siempre siendo auténtica- descubre cualquier alteración, la pone en evidencia y… y deja esa huella para que, cada uno, responda; actúe.

Sí, ciertamente –sí, ciertamente; sí, ciertamente; sí, ciertamente; sí, ciertamente- se puede vivir en la “ignominia” –así se estipula de forma orante-, en la ignominia de no dejarse ver nunca en lo que se es, como se es y de qué manera se es. Cada uno puede ponerse la máscara de su mejor reflexión, amedrentándose de sus esquivos procederes, y dando muestras de… una mala versión.

Pero la oración quiere recordar que, ese constreñido momento de vivir permanentemente “recorcovado” –“recorcovado”- no es… lo auténtico. ¡Y no vale decir! –cuidado, ¿eh?, atentos a esto-, ¡no vale decir!:

-¡No!… ¡Es que lo que yo quería…! ¡Es que lo que a mí me hubiera gustado…! Y, como no se ha dado… entonces he tenido que llevar esta vida.

¡Eh! ¡Un momento! ¡Que el mundo no se hizo para usted! ¡Que usted se tuvo que adaptar, aceptar, desarrollar, ¡activar!, ¡¡actuar!!, ¡mostrar!, pleomorfizarse y transfigurarse, a este mundo! ¿¡O qué esperaba!? ¿Que le iban a servir el mundo en bandeja, como la cabeza de San Juan?

Sí. Sí. A veces hay quejas de “la reina de los mares” o de “el rey de los capuchinos”, porque… hay creencias extrañas, en las que cada cual se justifica en su retorcimiento, porque no ha tenido o no ha vivido lo que le hubiera gustado, y no ha podido convencer a nadie de lo que quería que fuera.

¡Porca miseria! Aún están a tiempo. “Aún”.

Perseverar en el retorcido gesto de la edad o del momento, pensando que se pasó el instante, o sintiendo que… hay que tragarse eso, es, sin duda, acusar a los demás; es, sin duda, rebelarse con precisión; el odio escondido, la rabia inaudita que está por allí –en el tejido conectivo, tejido circunstancial o tejido opaco-… y sale, sale cuando… ¡hum! Y lo que es peor: a veces no se sabe que está saliendo, y produce la telaraña de la catarata del ojo izquierdo; produce la caída del pelo del hemi-cráneo derecho; produce el estreñimiento crónico pertinaz… o cualquier otra barbaridad.

-¡Qué bárbaro! ¡La máscara se te extendió hasta el culo!

-Sí. ¡Pues fíjate! Pues yo la tenía solamente hasta el cuello, pero, claro… a fuerza de usarla, ¡imagínate!

¡Qué bárbaro! ¡Qué barbaridad!

Sí. Para Dios también existe el culo. Aunque parezca mentira. A lo mejor Él pensó –lo Divino-, a la hora de la creación, que no existieran residuos y que todo quedara para casa. Pero no ha sido así. No ha sido así. O sea que nadie se rasgue las vestiduras de la máscara del culo, ¡por favor!

Y hete aquí…

E.T., E.T., el famoso personaje, ¿verdad? E.T. –“mi casa, mi casa”-… que señalaba con su dedito, allá, allá, allá, por donde está Betelgeuse: “Mi casa, mi casa”

Pues, pues, pues… pues eso. Como ven en ese personaje, no tenía máscara; y, como no tenía máscara, pues señalaba su casa –porque estar aquí era un poco “duro”-.

¡Sí! Las máscaras se van haciendo duras. Porque las máscaras, al principio, son un poco flexibles, y se van macerando y mancillando en la escuela, en el instituto, en la universidad, donde ya se van haciendo más duras: es el nacimiento de “los caraduras”  –tanto ellas como ellos-.

Los “caras-duras”… ¿Qué son los caraduras? Pues esos que se han puesto la máscara ya, se la han ido tallando, y ya ha encajado bien, como una dentadura postiza –tadetenoyanotavaguan- y claro, pues….

-¡Guau! Entonces tú eres un postizo…

-Y tú, y tú, y tú…

Y claro, surgen los caraduras.

“Los caraduras” es una especie humana que, evidentemente, puede ser que descendiera del mono y que, al verse no muy atractiva, empezó a enmascararse.

Lo cierto es que… máscara dura; caradura. ¡Guau!

Pero eso: “en la universidad”…. ¿No es la universalidad de la universidad, lo que universaliza…?

¡Eh!, jejejeje. Pero es el paso hacia el poder; es el paso hacia la autonomía; es el paso hacia separarse de la plebe; es el paso hacia estar “por encima de”; es el paso para el dominio; es el paso para la posesión; es el paso para distinguirse del resto de “carrogne”… Y ahí hay que poner toda la cara, con la mueca y el gesto, y la actitud necesaria para que sea ¡dura! Porque ya se sabe que luego vendrán los golpes, y antes de que se le rompa a uno la máscara, que se rompa el otro la mano.

-¡Guauuuu! Pero esto es un desastre, ¿no?

-Bueno, ¡depende! Cuando uno se acostumbra a vivir en un desastre… ¡es un desastre!

-Oiga, ¿y cuáles son las máscaras más duras, las caras más duras? ¿Cuáles?

-Jajajaja. Las que mejor mienten.

Sí. Hay toda una teoría y una técnica –ya hay “técnica”- para mentir. Y las máscaras que mejor mienten son las que tienen las caras más duras. Reciben menos golpes. Cuando reciben alguno, el otro queda dolido. Y es más: hacen que el otro se sienta culpable, cuando él lo ha provocado.

 

La vida no tiene precio.

Una máscara cara, mediana o barata, no mejora la vida.

Cada máscara que insinuemos, será una carga más, una arruga más, un deterioro más. Una culpa más hacia todos, y una rabia contenida. No es una posición digna, ante la Creación. ¡No es una posición de decoro, ante Lo Divino!

 

Es posible que la claridad de la luz en la que visualizamos las grietas de la máscara o del maquillaje, nos haga re-vernos de nuevo, y dejemos respirar la piel, el gesto, la actitud.

Refrescarla… y airearla. ¡Renovarla!

Encender el fuego, para que la fiesta culmine con la quema de las máscaras.

Saberse ser pleomórfico según la necesidad, sin que sea preciso cambiar y dar una cara distinta.

Quizás ya hay luz suficiente para grabar… y hacer una imagen transparente de lo que cada ser es. Y, en consecuencia, actuar. Mostrarse a las estrellas con la luz ¡propia! Dejarse ser sombra, con la luz del sol. Dejarse acomodarse con las nubes, que nos engalanan y nos muestran, se disipan, y nos hacen ser resplandecientes.

No hay… ninguna máscara que mejore… lo que cada cual es.

TIAN

TIAN

Hovedkvarteret til Neijing Skolen
RADIO OG TV

RADIO OG TV

Vår kommunikasjonskanal
FEMININ INSPIRASJON

FEMININ INSPIRASJON

Feminin Inspirasjon Forening
HOVEDKVARTERER

HOVEDKVARTERER

Neijingskoler i verden