Un planeta de pedigüeños

 

Desde que la consciencia humana empezó a diferenciar sus capacidades de acontecimientos externos, como la lluvia, el sol, la luna, las estrellas, la noche, el día…, desde entonces –sin precisar una fecha- podría decirse que la humanidad pedía y pedía y pedía. Y sigue pidiendo. Porque detrás de ellos –los iniciales fenómenos- vinieron los tótems, dioses y demás entidades: santos, santitos, vírgenes… –¡un tropel!, un tropel-, que actuaban de intermediarios para una Fuerza Superior de la que nada se sabía.

Pero de los tropeles sí se sabía que eran entidades, algunas… que lo consiguieron no se sabe por qué, y otras que ya existían, como los serafines, los tronos, los querubines, las potestades, los ángeles, los arcángeles… y todos los coros celestiales.

Si piensan por un momento que sólo estamos nosotros, están equivocados. Hay un gentío, que tiene… 

¡Bueno! Ya hubo un congreso, digo un “concilio” –que es distinto, ¿eh?-, en la Iglesia, en el que se discutía si los ángeles tenían sexo, o no. La cosa quedó así… como que no, pero con unas ganas de que fuera que sí…

De hecho, si se fijan, es frecuente que cada persona tenga su protector:

“No, yo soy de la virgen de Chiquinquirá”. “No, yo… Mi patrón, San Marcelo, me concede todos los deseos”. “No, yo creo mucho en Monseñor Escribá”. “Para mí, la madre Teresa de Calcuta…”.

O sea, antiguos, modernos, contemporáneos… Los hay de todos los tipos. Depende de las historias que uno haya leído de uno o de otro, y de lo que se crea de ellas.

¡Qué bárbaro!

 

Añadido a esto, pues claro, cada uno lleva –o no; antes era muy frecuente-, por supuesto, el escapulario, la medallita… ¡bueno!, algo a lo que pedir. O sea, un planeta de pedigüeños. Pero, pero, pero… –fíjense bien- de pedigüeños ¡a lo grande! Nada de pedir, no sé… “¿Tendrás unos pantalones por ahí, para dejarme? Yo te los devolveré cuando los estropee”

No sé, algo así, ¿no?

Como cuando los colombianos dicen: 

-¿Me prestas un cigarrillo?

-¿”Te presto” un cigarrillo? ¿Cómo me lo vas a devolver, convertido en ceniza o…?

 

No, pero ellos son muy educados. Muy educados. Han sabido combinar la violencia con la educación, de una manera insólita.

Pero, todo esto, ¿vendrá por el pedir?

¡Claro! Las cosas se complicaron, se complicaron mucho, mucho, mucho, mucho, cuando llegó el cristianismo y al Cristo se le ocurrió decir: “Pedid, y se os dará”.

¡Amigo! Si antes se pedía, a partir de ahí se pedía ¡más! Porque luego vinieron nuevos santos: San Pedro, San Pablo, San Lucas, San Mateo… O sea, ¡buuuufff! Basta con que ustedes ojeen el santoral: todos los días hay dos o tres santos a los que adorar, que nos pueden servir de intermediarios para pedir, desde un novio a una novia, pasando por un chucrut, o siguiendo por la suerte de la lotería.

Aparentemente, esto indicaba o podía indicar una incapacidad por parte de la especie para arreglárselas por ella misma. Pero, ¿recuerdan aquella canción que dice: “Todos queremos más, todos queremos más, todos queremos más, y más y más, pero mucho más…”.

O sea, el “más” se sale de… cualquier límite.

Y al decir “todos”, no significaba que todos, como una unidad, quisieran más, sino que “cada uno” quería más y más y más y más.

 

¿Qué pudo ocurrir en la mente trastocada… –bueno, en la mente; veremos si está trastocada o no-, qué pudo ocurrir en la mente de la humanidad, para ser tan pedigüeña… a los estratos desconocidos?

Pues probablemente, probablemente, el darse cuenta de que habitaba –como habitamos- en un espacio desconocido, que de vez en cuando se mostraba con… diluvios, terremotos, huracanes, volcanes, relámpagos, sequías… 

O sea que se estaba muy condicionado –y se sigue-, muy condicionado a imprevistos… inesperados.

 Al carecer de medios para controlar esos grandes fenómenos, seguramente surgió la idea de pedir, de rogar, de formas de orar, de hacer sacrificios –¡hasta humanos!-… para calmar la ira de los dioses.

 

Esto continúa de alguna manera, de alguna forma, aunque realmente se ha ido modificando en algo. 

¡Sí! Ese “algo modificado” es el reconocer… –y este algo modificado no ocurre en todos, ocurre en un grupo de personas, pequeño- el reconocer que el acontecer de la vida no depende de nosotros.

 Nos vendieron aquel famoso elixir que se llamaba “libre albedrío”; que, de entrada, se contradice totalmente con la idea de un Dios poderoso, infinitamente bueno, infinitamente… todo, infinitamente. Se contradice porque, si es así, ¿cómo podemos tener libre albedrío? ¿¡Tan… tan parecidos somos a los dioses!? ¿O tan dioses somos?

 

No es difícil entender, comprender… –que no es sentir y asumir- no es difícil entender que, evidentemente, lo de “libre” y “albedrío”, pues está muy bien para el ‘egolatrismo’ personal, pero que, en la práctica, pasan ¡tantas vicisitudes que la libertad de albedrío que uno tiene no quisiera que pasaran!, que ponen muy en entredicho ese elixir tan fecundo como el libre albedrío.

 

Insistir en que no es fácil asumir que… aquí estamos, aquí hemos llegado, aquí nos han traído… aquí nos proporcionan recursos, medios, casualidades, suertes, imprevistos, inesperados… y aquí nos dan recursos para hacerlos operativos y… Y para culminar bien: “Que sea lo que Dios quiera”.

 

Esta situación se vive hoy, lo que ocurre es que con la llegada de la ciencia y la tecnología, con sus avances arrolladores que secuestran gran parte de la realidad, el ser se ha hecho más autosuficiente, más capacitado –eso piensa-, y con recursos suficientes como para “no necesitar”… salvo cuando el hijo se pone enfermo, salvo cuando el melanoma se activa, salvo cuando un accidente, salvo… 

¡Bueno!, salvo… ¡salvo cuando te tengan que salvar!

Entonces ya, aparte de que sea un buen cirujano o un buen… si también, de paso, pues si hacemos una novena… o una octava, o rezamos el rosario, o cualquier otra práctica de cualquier creencia, “no vendrá mal”.

 

 

Ahora hay que darse cuenta, bajo el Sentido Orante, de una… más que curiosidad, una evidencia que habitualmente no se tiene en cuenta. 

Sí. Hemos llegado a esa autosuficiencia, ¿no? Y hay agua corriente, hay calefacción, hay comida –bueno, donde la haya-, hay aviones, barcos… ¡hasta fútbol hay! 

Y ante eso, aparece algo que, insisto, no se tiene muy en cuenta; y es que, con tanta tradición de pedir a Lo Superior –que se sigue ejerciendo, aunque a veces oculto, por vergüenza-, ante tanta egolatría, ante tanta soberbia, ante tanto don de importancia personal, resulta, ante tanto de eso, resulta que el ser se ha olvidado… –¿olvidado?; no: es un acto de soberbia- de pedir al de al lado, al de enfrente, al de allí…

¡Es curioso! ¡Sí! Cada uno se ha sentido tan… tan… tan-tan –como un tambor-, que luego, a la hora de lo cotidiano, de… ”necesito un bolígrafo”, por ejemplo…

¡Bueno! ¡Un bolígrafo!... Pedir un bolígrafo puede resultar fácil en algunos sitios, pero en otros no es tan fácil. “¿Y si le pido un bolígrafo…?”. Claro, normalmente, el que te presta el bolígrafo te dice: “Oye, con carácter devolutivo si no te importa”.

Porque también hay personas que piden muchas veces bolígrafos y se quedan con todos. Ya que hemos puesto ese ejemplo…

 

Y podemos decir:

“Oiga, y cuando el Cristo dijo ‘Pedid, y se os dará. Buscad, y hallaréis’, ¿no se referiría también –a la hora de pedir- a que nos pidiéramos, los unos a los otros, aquello que pensemos, sintamos que necesitamos, y que el otro… sabe, tiene y conoce?”.

 

La egolatría, la importancia personal, la idolatría, convierten al ser en… “deleznable”.

¿Es mucho, “deleznable”? Cambiemos: “insoportable”.

Claro está que, en la medida en que ni se pide ni se sabe pedir, pues ni se da… ni se tiene la necesidad de hacerlo.

 

Podemos suponer por un momento –¡solamente por un momento!, ¿no?- que, en las terribles, ¡terribles diferencias que hay!... entre continentes humanos, si se entrenara un poco el ser, adecuadamente, para pedir y… obviamente para dar…

 ¡Porque el dar depende de “el saber pedir”!... ¡y constituye una gratificación doble!: para el que lo recibe y para el que da.

Pero imagínense por un momento, que unos saben pedir, y otros, inevitablemente, saben dar.

Como que, por arte de magia, los que no comían, comen; los que no bebían, beben; los que no tenían remedios, los tienen; y los ricos siguen siendo ricos, los pobres ya no son miserables, ya no son carne de cañón… con lo cual son más productivos, más rentables, y producen más ganancia a los ricos… y generan, de paso, algunos recursos para ellos mismos.

Esto, como medida cautelar primaria.

 

¡Cuesta! Cuesta pedir, como si se fuera un fracasado, como si se fuera un torpe… ¡Y todos necesitamos pedir!, cada uno en su medio, en su nivel, en su…

¡Ah! ¡Pero no! Es mucho más fuerte –¡mucho más fuerte!- ese hedonismo… ¡absurdo! Y decimos “absurdo”, porque ¡no produce gratificación, no produce bienestar, no produce gozo o disfrute!... Que en teoría es la tendencia natural que se tiene, por el hecho de vivir.

 

Estamos en el magma de una Creación. De una Creación de Misterio… que nos cobija, que nos protege, que nos suministra.

Tomar consciencia de ello –“tomar consciencia de ello”- es sentirse ¡vivo!, realmente. Es sentirse protegido. ¡Es sentirse creado… diariamente!

 

No, no está de más elevar nuestras cuitas a la Creación. Pero no para buscar renta, sino para mostrarnos en nuestras peculiaridades, en nuestras debilidades, en nuestras torpezas.

El Misterio de los Misterios no admite chantajes. No admite pedidos a domicilio. No se olvida, y de repente recuerda “que”…

¡Tantas cualidades humanas ególatras –es una transferencia, ¿no?-, se han dado al Misterio, a la Creación, que se la convierte en un humano poderosísimo. Y lo único que estamos haciendo bajo ese criterio es… prolongar más aún nuestra vanidad.

 Bien está elevar nuestras preocupaciones, nuestras inquietudes, al plano de la transcendencia, pero no al plano de la resolución.

 

En este tiempo que toca, no resulta fácil el coordinar las necesidades con las prédicas; las experiencias de insólitas presencias… “místicas” –que podríamos llamar-, con el cotidiano proceder. ¡Que parece que son distintos!... y es lo mismo.

Pero desde que la razón se hizo dueña y señora de las discusiones, de las “verdades”… ¡Huy, qué horror!

Quizás ese fue el peor horror, del que seguimos viviendo: cuando la razón se convirtió en “verdad”. ¡Qué terror!

Y hoy, claro, ¡la razón es adorable!, ¡respetable!, ¡admirable!... “La verdad”. Que es lo mismo que decir: “vivir en el horror”. Pero sin darse cuenta. O dándose cuenta pero… esgrimiendo la espada de la justicia, que la razón apoya.

Es realmente dramático. Aunque, habitualmente, no se toma consciencia de ello.

Los aportes razonables han sido suficientemente importantes ante la falta de fe, que se han hecho arrogantes. ¡Tan arrogantes!...

 

Sería menester… el asumir nuestras necesidades, el compartir nuestros dones, el ponerlos en evidencia transcendente, sin que lleven el cartel de un pedido, de un reclamo…

Sería menester que la razón ocupara su inteligente posición, pero se sensibilizara… –¿es posible?- ante la emoción.

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TIAN

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