En torno a los privilegios

 

En el trascurso de las relaciones humanas, se puede percibir, casi de inmediato, la búsqueda de privilegios.

Sería difícil saber cuándo empezaron a desarrollarse esos intereses, esas posiciones de ventaja de unos sobre otros; pero lo cierto es que están ahí, latiendo de manera constante.

 

Es tan generalizada la… ¿costumbre?, que... como se extiende a todas las estructuras sociales, nadie –salvo excepciones- parece darse cuenta; con lo cual, al no darse cuenta, es difícil la corrección. Y cuando alguien reclama a alguien que está actuando bajo el privilegio de… su cultura, su poder, sus costumbres, no… no lo ve.

Los privilegios separan las proyecciones de futuro; los privilegios rompen las relaciones de intimidad; los privilegios absolutizan al ser… y le hacen ver su situación, pero no se pone en la situación de otros.

 

Aún la especie –como especie- no se ha dado cuenta de que, en el ámbito de la vida, la especie humana es una especie privilegiada. En consecuencia, no debería ahondar en buscar privilegios… Pero, quizás por esa idea de “una especie superior”, no tiene bastante con el dominio de todo el entorno –y de todo lo que pueda, de alrededor-, sino que siempre quiere ¡más!... Se vuelve así, el ser, un insaciable privilegiado.

 

Sin duda, en el estilo de vida actual, el ocupar una posición privilegiada, no solamente genera poder, sino que, además, proyecta influencias, manipula, altera… y domina. Claro está: cada uno en su medida, cada uno en sus sector, cada uno en su casta, cada uno en su país o en su barrio… o en su casa.

 

Parece inevitable que los privilegiados sean envidiados, criticados, a veces odiados… Y ese sentir del entorno hace que las relaciones entre los más privilegiados y los menos privilegiados sean difíciles, muy poco ejemplares, y cargadas de interés: buscando el beneficio, la comodidad, el bienestar; utilizando habitualmente la maniobra de la mentira… y el “no importa”, el “da igual”, el“vale, vale”… como coletilla o instrumento para evitar la conversación; para evitar la profundidad.

 

Así se va instaurando una comunidad humana que pelea por sus privilegios; que, por momentos, se acomoda con ellos y los apura hasta el máximo, para buscar ¡todo el beneficio posible!

Una comunidad de especie bastante violenta, ignorante y vulgar.

En todo ello, por supuesto que se sitúan… los privilegiados “sabios”, los privilegiados “técnicos”, los privilegiados “músicos”, los privilegiados… –los ídolos; la idolatría propia de un privilegiado-; y también, el desarrollo de castas de privilegiados “espirituales”: buscan domesticar a Dios, buscan los favores de Dios, buscan los privilegios divinos, meditan muchas horas, hacen todas las técnicas y tácticas posibles para verse, ante Dios –ese Dios que cada uno se crea-, dignos de recibir algún privilegio.

“¡Ay! ¡Tengo angustia y ansiedad! Voy a meditar profundamente para ver si Dios me la quita!”.

Eso es muy corriente, ¿eh?

Luego resulta que, la mayoría de las veces, Dios está ocupao’… y no responde.

Alguna vez coincide que… que sí: es parte del autoengaño personal; realmente, lo divino no ha intervenido.

Alguna vez –alguna vez- es posible que algunos seres humanos se den cuenta de que todas las estrategias que la humanidad ha desarrollado para obtener los privilegios divinos… ¡han fracasado! No obstante, se insiste; se busca ese espacio o tiempo en el que se le pueda dedicar… alguna gracia –¡tiene gracia!- a lo Divino, para que, ante Él, ocupemos una posición privilegiada.

Realmente, en frío –en frío-, ver esto así es… es… ¡es esperpéntico!

“Pero ¿qué… qué… qué idea tiene usted de lo que es lo Divino? ¡Pero…!”.

La mejor idea es no tener ninguna idea. En el momento en que el ser tiene una idea… y piensa que la Creación y el Misterio funcionan de una determinada forma, buscará –obviamente- el privilegio, en catedrales, en monasterios, en oraciones, en meditaciones, en yogas, en… ¡lo que sea!

“Qué pena”.

Pero cierto es que –por otra parte- cuando no tiene ese opio, tiene un síndrome de abstinencia; y humanamente –como es muy ignorante- ¡se maneja mal! Y lo que emplea es… el enfado, la rabia, la queja… –el mal humor permanente-.

 

La opción de transitar en el saber, en el descubrir, en el comprender, en el escuchar… no es fácil, porque se busca también el privilegio de saber “más que”…; el descubrir “más que” aquél…; el que me digan de otra forma y manera “mejor que”… Pareciera que estamos rodeados e imposibilitados para tomar otra trayectoria. Y, ciertamente, algo de eso –¡o mucho de eso!- hay.

El dominio de los privilegios se extiende casi de manera congénita, genética, hereditaria…; y, salvo excepciones, el manejo de esas influencias es lo que proporciona las ventajas y “los mejores” –entre comillas- estados de vivencia. Así que, el procurar buscar otras tesituras sin privilegios, no resulta ¡nada atractivo!... Más bien resulta incómodo, porque… se nota la diferencia con los que están privilegiados; con los que están aupados o ayudados por su posición o su condición…

 

Cada posición de privilegio emana una cierta instancia de poder y de miedo.

Es una manera de… de mantenerse privilegiadamente.

Si queremos optar por otra vía, debemos advertir… cuál es el privilegio de los que nos rodean, para evaluar su poder.

Y luego –importantísimo-, apartar el miedo; que gran parte de él es… el que genera uno mismo, por el miedo a que el privilegiado, con su poder, nos castigue o nos persiga, o nos engañe, o…

Evidentemente, además, hay que buscar la manera de no ejercer ningún privilegio. Y cuando éste aparezca –que puede aparecer en cualquier momento- saber modularlo, suavizarlo y que desaparezca.

¡Cierto! No me puedo negar a mi saber –pequeño-, a mi conocer –estrecho-, y a ofrecerlo y comunicarlo, pero sin posición privilegiada. El hecho de que sea español o italiano o alemán, no significa que conozca mi país –la política, la economía y las ciencias que se desarrollan en él-.

 

En consecuencia, no atribuirse privilegios que… ¡que no existen! Al menos, centrarse en aquellos que son evidentes.

 

La vida, como hecho insólito e imprevisible que aparece en el universo, sin duda es… un acontecer ¡mágico! Y, evidentemente, no la ha gestado el ser humano. En consecuencia, tenemos que aproximarnos a “el vivir”, bajo esa sensación de asombro, de sorpresa; de ignorante que desea salir de su cápsula; de inocente que acepta lo que le muestran. Y, en esa dinámica, quizás se puedan vivenciar otras ópticas que no sean las privilegiadas.

 

Es habitual que… el privilegiado –en el área que sea, para poderlo distinguir- defienda con uñas y dientes su privilegio, y le dé una naturaleza divina, o estatal o gubernamental –o cualquier tipo de influencia-, para justificar… lo injustificable.

Esa actitud denota claramente que el privilegio está insertado, y que difícilmente va a variar. Cada uno puede explorarse…

 

Si se opta por la vía de disolver ese… “amiguismo privilegiado”, se estará en condiciones de disolver el conflicto y la queja permanente. Y tendremos la consciencia de una espera saludable; de un hacer que… se cuida y, en su cuidado, ¡sirve! Y este servicio nunca se basa en el destrozo de otros.

En base a ello, muy probablemente el ser vaya descubriendo satisfacciones, disfrutes, complacencias… simplemente porque está dando testimonio del fluir de la vida.

TIAN

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