La Compasión

 

Hoy se nos conmina, se nos advierte de que el obstáculo más habitual para abrirse a la sintonía del detalle es el que “no puedo, no sé, no lo entiendo”, y tantas justificaciones… tantas justificaciones que culminan –por así decirlo- en la incapacidad, en la consciencia de inutilidad y –lo que es más significativo- la consciencia de “culpable”, de “malo”.

De ahí que el sentido orante nos advierta de la necesidad de vivirnos… en la compasión; de ser compasivos; de tener compasión de nosotros mismos; ¡de tener compasión de los otros! –“los otros”, como humanidad-.

¿Acaso no se derrama compasividad… sobre nosotros? ¡No es castigo, el que llueva! No es venganza, lo que la Creación muestra.

Es compasión, lo que nos adorna para desprendernos de esa constante, incapacitante y ¡pecadora!, que nos impide permanentemente ofrendarnos, ¡ofrecernos con naturalidad!, con transparencia; sin vergüenzas; sin los lamentos constantes de los errores, los dramas y las tragedias acontecidos, cometidos y realizados. ¡Es tal el nivel de compasión que sobre nosotros se ejerce!... que, si no fuera por ello, no podríamos estar ni seguir. Y, aunque no captemos el detalle, la compasión está ahí…

Y ahora hay que tomar consciencia de ello para que, en nuestra disposición hacia el Detalle Creador que nos apunta, que nos apuntala, que hace que el puzzle se engrane, podamos percibirlo. Pero si tenemos la carga de la consciencia llena y plena de… ¡de martirios!, difícilmente podremos acceder a una labor limpia y transparente.

 

Y a la hora de tenerte compasión, que sepas que estás emulando, bajo tu lenguaje, a… “El Compasivo”; “El Misericordioso”.

¡Sé… sé compasivo con aquello que dañó a otros! ¡Descúbrete en la ignorancia atrevida de los que te manipularon!; te indujeron. ¡Ten compasión –también- de ellos! ¡Sé compasivo con la cultura y la estructura que te ordenaron!; la que te bautizó con la señal del pecado. Pero… ¡despréndete de esa costra! Esa herida nunca ha estado; pero te la han apostado para que, así, al sentirte culpable, ¡pudieras obedecer mejor!

Los que a Dios han interpretado… y han tratado de enseñarte el camino, te han mostrado tus vilezas, tus desdeños, tus ¡agonías!, tus ¡miserias!, tus pobrezas; y te han augurado las bellezas… para cuando dejes de vivir. ¡Pero tú eres un vivo eterno! ¡Ni siquiera la justificación de la muerte tiene un sentido renovador!

Renovadamente ¡revives!, ser de humanidad. Renovadamente… te embelleces; ¡no te envileces! Y ten, ¡ten compasión de cada error que cometes!... de tal forma y manera que no sea un bagaje ¡de culpas!, sino un proceso ¡de purificación!

Como el niño que, al aprender –sin pretenderlo- a andar, se cae una y otra vez. Pero se levanta. Hasta que deja de caerse. Aprende. Es compasivo con su torpeza, con su lengua de trapo, con su… inocencia.

El adulto adulterado se vuelve… un transgresor obligado; un acabado despojo.

Las religiones, las filosofías y las ciencias… se han encargado ¡de demostrarlo!

No hay piedad. ¡No hay misericordia! No hay ¡compasión! Está el afán perseverante de perseguir… incluso al que está en oración, para que descubra sus ¡culpas!, no para que abrillante sus virtudes.

Y en la medida en que te compadeces, te abrillantas en lo que descubres: en lo que se debe ser, ¡en lo que se debe actuar!

Y, así, con esa compasión, se diluye ¡lo que no es propio!

Con esa compasión nos hacemos progresivamente ¡claros!, novedosos, ¡despiertos!...

Somos cómplices de la Gran Compasión; del Compasivo; del Misericordioso.

Nada hay que temer. Y todo está para ¡admirarlo!; para que, complacidamente, seamos caricias reflejas… de las que lo Eterno nos regala.

¡Y compasivo se ha de ser!, con las humanidades que transcurren a nuestro través; que se nos muestran ¡arrogantes!, insultantes, peligrosas, dudosas.

Si nos mostramos compasivos ante el entorno humano, sin duda seremos ¡un puntal que active su propia compasión!

 

Y en lo compasivo, nos dejamos hacer; nos dejamos moldear, dando cauce a nuestra tendencia, a nuestro ideal; abandonando el sentido esclavista del hacer… y estando en el sentido servicial del que útilmente despierta sonrisas –“del que útilmente despierta sonrisas”-.

 

Y en la medida en que nos quitamos la costra culpable, los ojos se aclaran; los oídos se hacen permeables; el olfato se hace exquisito; el sabor se hace necesario; la caricia, imprescindible.

 

Y, desde esa posición compasiva, ¡descúbrete!… con la pasión de saber llevar lo incomprendido, lo inesperado, lo sorprendente. Y llevarlo… ¡sin penuria!, sin dolor: como expresión redentora de lo que… en cada cual en débito está.

¡Y a la vez... descubrirse en la hermosura de la pasión encendida que los sentidos dan! ¡Que el sentir nos reclama! Que hace fundirnos… ¡que hace, fundirnos en un abrazo! ¡Que hace, consumirnos en un beso! Que hace… del jadeo, un verso; un arrebato de remolino ¡que busca el color! –el color de amaneceres, atardeceres y noches- ¡para hacerse pasión eterna de vivir! ¡Viviiiiir!...

 

No confundir “la Compasiva Instancia”, con el mojigato modelo de remitirse a… el dolor culpable. ¡Esa no es misión de la vida! ¡Esa es la falsa interpretación que de la Creación se hace!

 

El compasivo detalle de cada día, que nos permita ver… ¡el detalle!

La compasiva acción… de cada desvío y desvarío, para ver el verdadero sentido; y dejar atrás los atavismos obligados del desespero y del eterno “daño”.

 Abandonar, con la compasión, ese reflejo condicionado de lo que “nos daña”, cuando no son, los aconteceres, como esperamos; cuando se lleva mal nuestro deber redentor, nuestra paciencia conspiratoria con lo Divino; cuando sólo se aprecia el daño recibido… y no se tiene la compasión sobre el que, en teoría, daño nos ha dado.

 

 

La Compasiva Estancia nos hace ver nuestras claridades; nos hace complacernos con la Creación; nos sintoniza en lo inofensivo… porque no es nuestra voluntad, el vivir: es decisión del Misterio, y su Aliento, el traernos a este plano de contemplativa estancia.

Por ello, nuestra referencia permanente y constante es… a través de ese sentido orante que nos despierta al detalle, con la compasiva instancia de no sentirnos culpables.

Nacidos llegamos, porque traídos estamos del Misterio Creador. ¡Y eso es garantía!... de capacidad, ¡de recursos!, de medios, de ¡solvencias!

No es, la instancia Creadora, la cruel instigadora de despojos que son incapaces y que sólo crean destrucción; y que así los crea para luego castigarlos, y que ellos se muestren en decepción. Esa es la interpretativa forma que hasta ahora se hace… porque ¡no se reconoce nuestra filiación!

El pensar de humanidad se quedó en la gestación: en la gestación de humanidad, en la gestación de… biológicos acontecimientos, que no son ni más ni menos que un parapeto “virtual”.

Como la placenta –que está, se desarrolla, facilita, y luego ¡se va!-, igualmente hemos de irnos de ese estancado momento de inutilidad. ¡Porque no lo es!... Porque es producto de los que interpretaron en su momento, y siguieron, como tradiciones –más bien “traiciones”-, la interpretación de lo Misterioso, ¡despojándolo del Misterio del Aliento Creador!... y asegurando haber descubierto los Designios del Señor.

Son inescrutables. No están para descubrirse.

Somos “el equivalente misterioso”. De ahí el afán –filosófico- de conocerse a sí mismo.

Tarea imposible. Pura vanidad. “¡Algo!” se sabe, ”¡algo!” se conoce. “¡Algo!”. Pero más bien… entrégate a contemplar; a complacerte de lo creado; a descubrirte ¡sorprendido!... porque eres permanentemente creado.

 

¡Con-pasión!... se lleva el deber.

¡Con-pasión!...se vive… ¡amando!

Compasivo… se disuelve el error.

Compasivamente… se comparte el Misterio.

Así nos hacemos con el “honor”… de vivir.

El “honor”… de vivir

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