Sobre el Sacrificio

 

Ante un increíble Universo… y bajo una misteriosa protección, en un lugar de éste –de este universo-, surge, transita, llega, la vida. Quizás… sin tener consciencia de ello, ante tanta inmensidad –quizás-, el ser de humanidad, al despertar a su consciencia de estar, se vio ¡tan pequeño!, ¡tan… tan insignificante!... que trató por todos los medios de ser ¡grande!

Como la canción de niños: que… “Quisiera ser tan alta como la luna…”.

Quizás quiso ser grande, y su grandeza consistía en ser poderoso; mostrarle al Infinito Misterio… que era digno de estar, de ser, para que la Creación se sintiera ¡orgullosa!... de un ser “predilecto” como el humano. ¡Había que hacer méritos!

-¡Méritos…?

¡Sí! ¡Había que hacer méritos para demostrar que… el esfuerzo para que estuviéramos aquí no era “en vano”. Habría –entonces- que conquistar la tierra, los océanos, las montañas… “los propios hombres”.

-¡Ah!...

¡Sí! Para que, así, el poder de la humanidad se sintiera… similar o semejante a ese poder que nos cuida, en un lugar remoto del Universo. Remoto con respecto a no se sabe qué, pero “remoto”. No está ni a la derecha, ni a la izquierda, ni… “En un extremo de una galaxia”, pero… y esa galaxia, ¿con respecto a qué?

Nuestra referencia es la mismísima Creación; el mismísimo Universo insondable.

¡Y bien! El poder: el poder navegar, el poder volar, el poder escudriñar la fuerza del viento; el poder controlar la reproducción; el poder generar plantaciones; el poder… controlar producciones y viabilidades para unos, o sufrimientos para otros.

“Como Dios hace”.

¿Será ésta –quizás- una explicación ante tanta desproporción… ¡en todo!?

 

Y en el mejor de los casos –en el mejor- esa demostración de ¡poder!… necesita ¡sacrificios! Sacrificios. No. No están tan lejos los sacrificios humanos en pirámides o en templos, para calmar la ira… o para buscar el agrado de lo divino.

Y he aquí, la frase civilizada y generalizada: “El sacrificio no será en vano”.

Pero, ¿quién creó en usted esa consciencia sacrificada, de sacrificio continuo y permanente, como un aval de decencia, como un aval de honor, como un aval de experiencia y de iluminación?

¿Fue el Misterio Creador el que le llevó a sacrificarse? ¿O fue el poder de poder demostrar que era posible controlar y manejar, manipular y ¡destruir! –y construir-, pero en base a sacrificios?

“Y llegaremos a una nación próspera y poderosa, pero tendremos que sacrificar tres generaciones”.

Eso, no hace mucho tiempo que se dijo: Mao Zedong. ¡Pero también lo dijeron otros!...

Y hasta los mismos, ¡mismísimos poderosos!... se autocritican a propósito de lo sacrificado que ha supuesto llegar a ser poder; ¡del sacrificio que han hecho por su patria, por su nación, por su continente! Han sacrificado los mejores años de su vida, para poder alcanzar un poder que sea generoso y digno para… ¡todos!

 

¿Seremos una especie… de sacrificadores? ¿De sacrificantes…?

“Yo me sacrifico, tú te sacrificas, él se sacrifica, nosotros nos sacrificamos, vosotros os sacrificáis, ellos se sacrifican”.

La sangre corriendo por medio; los esqueletos vivientes reclamando una gota de agua; el grito del lamento; la comparación continuada de sacrificios en sacrificios: “¿Quién sufrió más?”.

Quizás, esa herencia de la historia de Abraham –al que le pide Dios Yahvé que sacrifique a su hijo en el altar de los sacrificios, para demostrar su fe- se quedó enclaustrada en… en el genio de la humanidad, y continuamente hay que mostrar lo sacrificado que se es, para llegar a ser digno de poder –sin pecar- disfrutar un minuto, un segundo, una hora…

Detrás de todo poder se reclama el sacrificio, la “sangre, sudor y lágrimas” que han tenido que cosecharse para alcanzar ese privilegio poderoso. Y parecen todos sentirse contentos. Cada uno se sacrifica de una forma: uno, porque es sacrificado; otro, porque lo sacrifican; y otro, porque hay que sacrificarse. El caso es que…

El caso es que no… no ha lugar, no ha lugar el plantear –¡increíble!-, no ha lugar el plantear un estar gozoso, alegre, ¡divertido!, plácido. ¡No! Si hay algún momento de ese tipo, tiene que ser en base al intercambio de un sufrimiento.

 Pareciera que se dijera: “Cambio cien años de sufrimiento por un minuto de gozo. Interesados, dirigirse a –si llegan- a mí”.

Sí; porque llegar a cien años, y tener un minuto de gozo… ¿Y si se te olvida? ¡Joder!

Es paradójico, ¿no? Cien años esperando –de sacrificio propio, infligido, dado, socialmente aceptado, y beneficiado- para ¡un segundo de gozo!; y que, cuando éste ocurra, se nos olvide. Y volver otra vez a seguir sufriendo, ¡claro! ¡Otros cien años!, para otro segundo.

Así que, parece como si la especie humanidad dijera: “!Bueno!, ¡bueno!, ¡bueno! Dado nuestro grado de constitución, y nuestra configuración en el Universo, el gozo debe de estar en otro sitio. Y el gozo debe de venir después de vivir, así que ¡viva la muerte! Porque, después, el gozo será inminente, grande, ¡eterno! La recompensa será… ¡inabordable!”.

¡Ahhhh! Ese es el mensaje de todas las religiones:

“No es posible el gozo en estas dimensiones; el disfrute, la alegría. ¡No, no, no, no, no, no, no! Es una ofensa a los dioses. Tendrás que aguardar a mejor momento, ¡para ser digno de la Gloria Eterna! Mientras, para saborear lo que es esa Gloria, ¡has de sufrir! Harás planteamientos, harás conjeturas, harás puntos de vista… siempre en base a ‘a ver cómo sufrimos’”.

-¡Eh, mujer!, ¿tú te llevas mal conmigo? Vamos a ver cómo lo arreglamos para llevarnos peor. ¡No! ¡No, no, no, no! ¡No me interesa arreglar nada! ¡En absoluto! ¡Sé dónde está el sacrificio! Y eso me hace interesante a mí, te hace interesante a ti, y nos hace interesantes a los demás. Porque los demás nos miran con respeto ¡porque sufrimos! ¡Somos la pareja ideal! Sufrimos, porque es inevitable y porque nos lo hemos ganado a pulso. Y porque todos los días nos hacemos el firme propósito de sacrificarnos más. Eso… ¡vendrá bien para nuestros hijos! ¡Será beneficioso para nuestra comunidad! ¡Claro!

¿Para qué… –¿será pecado?- para qué buscar la concordia, el sosiego, la calma, la palabra dulce, el detalle, la armonía, ¡si sé qué eres!, ¡y cómo eres!, ¡y cómo me tratas!, ¡y cómo te trato!? ¡No! ¡No, no, no, no, no!… Lleguemos pronto a la conclusión de que ¡no tenemos remedio!, de que ‘lo nuestro’ es inútil, de que somos incapaces. Busquemos el contagio. Acabemos con lo nuestro y busquemos otro desespero; otro sufrimiento. ¡Sí! Contagiemos el sufrimiento, y hagámoslo saber a los hijos, para que éstos se den cuenta… de lo que vale un peine”.

-¿Un peine? Ah….

Y mientras tanto –o ‘mierdas tanto’, depende de cómo se mire- el que más o el que menos se testifica en su cuerpo y en su alma, ¡para ver… hasta dónde duele el punzón clavado!; hasta dónde puedo llorar con el alma; hasta dónde puedo gemir con el proyecto –¡mi proyecto!-; ¡hasta dónde puedo soportar!… verme fracasado, indolente, incapaz, ¡insolente!; hasta dónde puedo exigir y pedir a los demás… ¡caridad, limosna y clemencia!, para que pueda ser digno; ¡hasta dónde puedo gesticular mi sufrir!, y así recibir el aliento y el cariño; hasta dónde llegará mi cuerpo.

¡Habrá que probarlo!...

 

Si ya se dijo –en la era de los mamíferos- “el que no llora, no mama”. Y llorar significa sacrificarse. Implica dar muestras de lástima. ¡Dar!... sensación de impotencia, ¡de incapacidad! ¡Pedir que otros lo hagan por nosotros! ¡Declararnos incapaces e inútiles totales!... Y así, continuar vehementemente el sufrir, con unos y otros. ¡Que no se acabe! ¡Es el motivo! Es… ¡es el sustento!

-“Y si alguien directamente no me castiga; y si alguien no es el poder con el que tengo que luchar; y si alguien no está dispuesto a martirizarme, ¡yo mismo me castigaré!, ¡yo mismo me martirizaré!, ¡yo mismo me amargaré! Porque quiero hacerme digno ante… ante la vida; porque quiero mostrar ¡que soy capaz!”.

-¿Capaz, de qué…?

 

Si desde la pequeñez, si desde la miniatura que somos con referencia a la Creación, no se hubiera gestado ese afán por ¡mejorar!… a través de poder labrar la tierra, poder hacer la pared, poder tener un globo, poder

Todo nuestro amor, cuando empezaba, se convirtió en querer; y todo el querer lo invertimos… ¡en poder! De ahí: “¡Querer es poder!”. “Si quieres, ¡puedes!”.

No se podía decir: “Amar es vivir”, “amar es complacerse”, “amar es disfrutarse”, “amar es amplificarse”, “amar es liberarse de cualquier castigo”

No. Eso está mal visto. Eso es propio de jovencitos que no saben lo que es la vida; ¡que no saben lo que les espera!...

Ciertamente, no lo saben. Si lo supieran, se suicidarían. Y muchos, cuando lo descubren, lo hacen.

“¡Ay! –parece escucharse desde lo lejos-. ¡Ay! Disfruta y goza ahora, porque… ¡lo que te espera! No ya la selva, la jungla, o el bosque o el desierto o la montaña. ¡No! Lo que te espera es ¡el sacrificio!

Si alguien te dijo alguna vez que eras una ofrenda maravillosa, ¡te mintió!; te engañó! Eres un ‘¡sacrificao!’, un ¡sacrificador! Y en la medida en que te sacrifican, tú sacrificas a otro. Y si no es suficiente, te sacrificarás… a ti mismo. Eso es lo que te espera.”

Parece decir la voz de la vida: “Ven, ven al sagrado sacrificio, porque de ello obtendrás el beneficio de la Gloria después de la muerte”. Parece, ¡pareciera el anuncio de una funeraria! ¡Por eso triunfan tanto! Negocio seguro.

Cada vez hacen falta más cárceles, más hospitales y más cementerios. Todo va seguido. Antes estarán los guerreros, los accidentes, las enfermedades… –¡buah!-.

 

Y, bajo esta óptica, queda también preguntarse… –aunque es difícil hacer la pregunta, en ese estado de consciencia de sacrificados, sacrificadores, autosacrificados-… cabría la pregunta:

¿Y el surgir de la vida es tan cruel… que se vive para sufrir? ¿¡Se vive para ser un sacrificio continuo y constante!? ¿O ha sido –y es- un error, la conceptualización que hasta ahora se ha tenido? Y quizás, al asumir nuestra humilde posición y nuestra sumisa dedicación a lo que ¡amamos!, a lo que despierta en nosotros admiración, ¿podría ser… otro camino? ¿¡Podríamos vivir, convivir, compartir, congeniar… sin sacrificio!? ¿Podríamos adaptarnos, ofreciendo lo mejor de cada uno y cooperando en diluir lo peor de cada cual?

¡Podría ser!...

Es una posibilidad, ¿no?

¡Quizás no lleguemos a ser muy importantes! Quizás no alcancemos a dominar la Luna, ni tampoco Marte ni Júpiter. Quizás lleguemos a alcanzar una inmortalidad, meciéndonos en una hamaca… mientras contemplamos el vaivén de las estrellas.

¡Quizás! –sin llamarse “esfuerzo”- toda nuestra dedicación se dedique al ejercicio de la belleza; a su cultivo y su contemplación. Y quede, como “reliquia de historia”, la historia de una vida de sacrificios… ¡que casi acaba con la propia vida! Pero que ya es historia; que ya nuestra herencia no la recuerda.

Pero, sí, sí, sí, sí. Ya se tiene experiencia de que algún que otro depravado y depravada optaron ¡por el disfrute!, pero a costa de… ¡el sacrificio de otros! ¡Disfrutaban sacrificando a otros! Disfrutaban viendo el jadeo, las lágrimas, el dolor y el desespero de otros.

¡Ah!... No es eso lo que se atisba a proponer. No, no, no, no.

¡Lo que se atisba a proponer es una disposición diferente!, en la que, desde la humildad y la sumisión, se reconoce nuestra privilegiada posición… y nos declaramos amantes de la ilusión, de la fantasía y de la imaginación, sin tener que sacrificar a ‘alguien’; el poder comprobar que mi ánimo y mi configuración se congratulan… del disfrute.

 

-¿Será… será–también es una pregunta- será que la Creación también es así?

-¡Ey, ey, ey, ey, ey…! A ver, otra vez la pregunta…

-¿Será que la Creación es así: se congratula, se complace de ver a las criaturas vivas, y se las dota de recursos y de medios para que sean permanente y eternamente paradisiacas?

¡Ya eso también se contó!... Pero no se le hizo mucho caso. Se postergó para después de la muerte; y se instauró ésta –cuando no estaba-. ¡Pero quizás también se contó que, por ese afán de no ser menos que nadie!, se comió de lo indebido –de “la Ciencia del Bien y del Mal”-… y eso nos llevó hasta estos confines –“confines”: nunca mejor dicho- en los que es difícil plantearse, ahora, un vivir complaciente, dedicado, entregado a.. ¡el hacer gozoso!, al servir generoso, al compartir ¡¡grandioso!!

¡Sí! Quizás –quizás-, mirándolo bajo esta otra óptica –quizás-, podamos vivir ¡de otra manera! Respetando el sacrificio –sí, claro-, pero sin que sea el protagonista de nuestro transcurso; de nuestro discurso. Que también se pueda decir:

 

“Y gracias a… aquellos días gozosos; y gracias a aquel encuentro generoso; gracias a aquel complacido paseo; gracias a aquel ensueño compartido; gracias a la ayuda amorosa; gracias al saber escuchar; gracias a complacer… fui creciendo en Universos, fui haciéndome polvo de estrellas, fui gestando… una Creación tras otra. Con la única herencia creadora que gravitaba sobre mí. ¡No dejé herencia tullida!, calcada a mis sufrires. No transmití sacrificios, ni a nadie sacrifiqué. Me fui fijando en los dones que cada día sentí, y con ellos disfruté e hice disfrutar. ¡No me importó ser payaso o ridículo o… inútil total! Fui generando sonrisas. Fui promocionando… ¡gustos!”.

 

Quizás… no se pase, así, a la Historia. Quizás, luego ni siquiera se mencione. Pero ahí está el sentido orante que nos reclama... ¡ser anónimos de amores!, ser anónimos de ¡entregas!, ¡ser anónimos de perfecciones!...

¡¡No ser protagonistas sacrificados, ejemplos de dolor!!, sino muestras de disfrutes, como orgulloso se presenta el árbol cargado de frutos… o el manto de flores de primavera, ¡que nadie las mandó salir!; ¡que nadie les dijo que vinieran! Pero las amapolas se presentaron ¡de golpe!, ¡sonriendo!, advirtiendo a nuestra sangre… de que éramos “hijos del viento”… ¡y que en todo ello nos complacíamos!

 

Que no se espere mucho… para ver otra versión. Que no se espere demasiado, no vaya a ser que el sacrificio acabe con nuestro sacrificado momento y, aunque nos pongan la lápida y la calle y la historia –que pronto se olvidará-, no se llegue a tiempo para ¡¡testimoniar… otra historia!!: la historia de que la vida es un acontecer ¡insólito, insondable, misterioso y gozoso!... expresión de un universo infinito… y ¡clamorosamente hermoso!

¡Que nadie… llegue tarde!...

Que nadie llegue tarde.

TIAN

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