La Llamada Orante se hace refugio y remanso de consciencias

 

Semejante al viento que transcurre… y que esboza sus palabras, con prisa, así la especie humanidad atraviesa ahora este tiempo de agitación, de consumismo, de poderes que se ejercitan descaradamente en la violencia, trampas, mentiras…

Toda una complicada red difícil de desenredar, porque su eficacia está en el enredo.

Incitan, los diferentes grupos de especie –por sus intereses, sus perspectivas-, a dominios parciales o totales y, en consecuencia, a juicios: a la idea de juzgar; no a la evidencia de lo que transcurre.

Es más, ante las evidencias, según interese, éstas son válidas o… o se niegan simplemente.

Y así, la generalidad de los seres se inclina a juzgar, a condenar, a castigar.

Cabe preguntarse: ¿es ésa una característica de humanidad? ¿Acaso… acaso, como tal humanidad, se nos juzga…? –desde la Creación, desde el Universo, desde otras estancias-.

Si así fuera –“si así fuera”-, la especie, hace tiempo que estaría condenada. A lo mejor lo está, y no somos conscientes de ello.

Pero las evidencias nos indican –hasta donde alcanza nuestra consciencia- que no somos objeto de vigilancia, de prejuicios, de castigos, de juicios, de condenas…; más bien somos… entramados de un Universo llamado “vida”, que continuamente es recreado, cuidado, ayudado…

Podríamos decir que ese Misterio Creador es condescendiente.

Podríamos decir que es aliviador.

La generosidad de los recursos para el vivir es insondable. ¿Es acaso eso un signo de juicio…?

Luego, en correspondencia –sin esfuerzo-, salvo que se quiera suplantar a la mismísima Creación, cualquier prejuicio, juicio o condena… “no es propio de”, ya que la mentira campea por sus fueros, y busca “sus afines” para crear confusión, contienda, con visos a ganar, triunfar, apoderarse, etcétera. Es un discurso ya muy repetido, que anula y trata de anular las evidencias… y fácilmente convence por sus pruebas, que cada vez más se ve que son elaboradas, manipuladas, y que en la gran mayoría de los casos no tenemos acceso a ese procedimiento.

En consecuencia, se tiene que recurrir a las evidencias perceptivas, circunstanciales, ocasionales… que nos den un criterio de valor sobre el que podamos indagar, sobre el que tengamos acceso… bajo la óptica de no-condena, no-juicio, como así nos trata la Creación, como “vida”.

No es difícil empezar ¡en algún momento!, en lo cotidiano, con el convivir que se muestra esquivo, medroso, calificativo…

Muchas veces se pierde el ser en los grandes acontecimientos, y no se da cuenta –o a veces no quiere darse cuenta- de los pequeños aconteceres: esos que precisan de ayuda, de consuelo, de comprensión, de escucha…

Como ya podemos percibir, en el convivir de la información estamos en la mayor desinformación que hayamos podido tener, puesto que todo puede ser manipulado, orquestado… Y exige la situación que seamos especialmente alertados, que estemos especialmente alarmados para poder distinguir la paja del grano, no vaya a ser que nos alimentemos de paja… y perdamos la vitalidad. Y, en consecuencia, sin ella, seamos pasto de cualquier tendencia, opinión o sentido.

El sapiens, al corromper su sapiencia y administrarse bajo la violencia, y encarnarse en “gestores de recursos, de economías”, busca sus rentas. Y, para ello, las consciencias deben ser fácilmente manejables, manipulables.

El Sentido Orante nos reclama una posición de Universo, una disposición de “sin juicos”, una actitud de saber separar esa paja, del grano…; saberse referenciar sin prejuicios, pero ¡atentos! Si no, es fácil caer en la… no solamente “ignorancia” –que todos lo somos-, pero en una ignorancia manejable y manipulable. Es fácil caer en los pasados, en los presupuestos que no funcionaron, en las nostalgias que hicieron daño.

También es fácil desentenderse y estar advertido de lo simplemente cotidiano: “carne de cañón”, fácil para ser embaucada.

Numerosos anillos del medio nos contornean. Y a su vez, si no se está alerta, podemos también ser anillos que contornean a otros, y así sucesivamente. Y cada uno, con su singular poder, constreñir la posibilidad de evidenciar, de descubrir por sí mismo aquello que en verdad nos alerta, nos atañe, nos duele.

A la vez que se vive un acontecer verdaderamente increíble, a la vez, esa incredibilidad que nos recuerda a la ficción –pero que ya no es ficción, y en ese sentido somos testigos excepcionales-, a la vez estamos en una caldera de excitación, de dolor cercano al exterminio, de “gran hermano” globalizante que, por una parte, tiene lo envolvente que nos hace vasos comunicantes, pero que a la vez tiene la manipulación subsiguiente que trata de convertir todo en vulgar, distinguiéndose unos pocos que manejan los medios que hacen posible esa aparente universalidad.

A pesar de pertenecer a una espiritualidad cristiana en la que se “esgrimía” –como pasado- “no juzguéis y no seréis juzgados”“con la misma vara que midiereis, seréis medidos”, a pesar de las evidencias de ese origen, justamente se realiza ¡todo lo contrario!

El miedo, como vehículo de represión, de ¡auto represión!, de justificación, ya se ha convertido casi en un amparo.

Se vale el propio miedo, cuando se instaura, de resquemores y desconfianzas.

Y por supuesto, la Historia –¡ay!-, con sus falacias, con sus verdades a medias, con sus mentiras sospechosas, con sus cambios radicales, con sus increíbles manipulaciones, va configurando una trayectoria difícil de “aprehender”. Porque, si se fijan –fíjense en un detalle muy simple-, si se fijan, cualquier historia tiene “materia reservada”.

¡Qué cosa!, ¿no? ¿Cómo se arreglan los historiadores para reconstruir una historia, si los documentos, los hechos, las circunstancias que estaban implicadas, son “materia reservada”? –por los gobiernos, por los Estados…-. ¿Qué historia nos van a contar? 

¡Pobres! Algo se tienen que inventar, o algo, “oficialmente”, tienen que afirmar.

Hay un juicio permanente en todo. Por ejemplo, ahora, después de 40 años de “desmocracia”, permiten que ciertos documentos de la Guerra Civil –ocurrida en el 36: 1936-1939- y de los casi 40 años de dictadura, ahora dejan que se puedan consultar algunos documentos. Para los historiadores, claro. Desclasifican algunos documentos. Luego, la mayoría de las veces, esos documentos son de escasísimo interés.

Así que, ¿qué Historia…? ¿Por qué ese secuestro del acontecer, de lo que acontece?

¿Y qué tiene que hacer o qué hace el individuo? Pues aceptar lo… lo que más prominentemente le dicen, o la versión que argumentalmente se estipule que debe ser creída.

De nuevo, la Historia la escriben los ganadores. Y los perdedores tienen la suya, para que se dé el recíproco reclamo y se mantenga la disputa de manera continuada.

¡Triste! No es así como nos trata cada amanecer. No es así como nos muestra cada estación, con sus fríos, sus primaveras…

No es así como las olas llegan a la orilla.

No es así como la criatura empieza sus primeros pasos y se asombra de sus primeros dientes.

No es así que la vida se hace arrebato… Ni lo fue ni lo es. Pero si nos quieren “contar” los que secuestran lo evidente y lo transforman en irrelevante, estaremos indefensos, pero a la vez… se gestarán egoísmos ‘propietaristas’, egocéntricos y auto salvadores.

¡Ay! Parece que no hay resquicio…

Pero, cuando nos llaman a orar, todo es distinto. Además de hacernos ver, bajo la perspectiva Creadora, lo que transcurre, nos recuerda –“la llamada”- que nos llaman para guiarnos, para recordarnos, para insistir en nuestra naturaleza y origen de Misterio, de enviados, de ¡intermediarios!…; de aliviadores interpendientes que se hacen uno con todo…

La Llamada Orante se hace refugio y remanso de… consciencias.

Suave, se desliza el amanecer… con los silbidos del viento… despejando las oquedades, las oscuridades, las obsesiones y los conflictos.

La luz nos descubre…; nos alienta…; nos hace gestar el suspiro… viviente.

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TIAN

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