Si somos expresión Creadora, ¿a qué y a quién hay que temer?

 

Y desde la más tierna infancia, el poder de turno, habitualmente papá o mamá, entrenaban a sus criaturas bajo el reino del miedo. Los castigos, las normas, las leyes, se imponían de una manera… exigente. 

Y vieron… y vió el hombre que era bueno. Mas Dios vió que era malo. Mas el hombre no escuchaba nada más que su propia egolatría y sus resultados.

Y de la infancia se pasó a la niñez. Una niñez marcada por el saber; por la necesidad –de los que sabían- de imponer su criterio. Y he aquí que, otra vez, vieron que castigar, suspender, amenazar… daba sus resultados. Y vieron que era bueno. 

Dios, no. No vió que era bueno.

Y prosiguieron los tiempos, y llegaron las ansiadas juventudes. ¡Ah!... Las que eran las protagonistas, las más bellas –decían-, las más exuberantes… Mas de ellas se encargaron los militares, con sus servicios a la patria. O bien se encargaron las drogas y el alcohol –depende de qué época-. Y vieron los hombres que, con esos métodos, el joven obedecía; y el que no, moría. Y vieron que era bueno. 

Mas la Creación comprobó que eso era malo.

Y transcurrieron tiempos de formación para llegar a ser adultos. Y los rectores de ello –las escuelas, los colegios, los centros de formación- se encargaron de formar, ‘deformadamente’…, a sus semejantes, en base al poder, la mentira y el rendimiento. 

Y vieron que era bueno. Porque eso favorecía la competencia, y de ella salía la virtud –sic-. Y vieron, los que mandaban, que era bueno. Mas la Creación, en su naturaleza, se preocupó y vió que era muy malo.

Y he aquí que transcurrió, en deformaciones, la instalación del adulto; cuya función, después de la preparación intensiva de la niñez, de la infancia, se convirtió en “adulterar todo lo que le rodeaba”… y hacerse dueño y señor de producción, especulación, arrase, dominio, control, cárceles, terror…

Y vieron que era bueno. Que era parte del precio de la evolución. Mas la Creación, en su naturaleza, sintió que era muy, muy malo.

Y he aquí que, paulatinamente, la fuerza y el poder destructor se vino a menos, y apareció la vejez, la ancianidad. Y vieron que eran improductivos. Y vieron que eran poco rentables. Y vieron que, en realidad, sobraban. Y he aquí que instauraron diferentes procesos para anular sus participaciones. Y ellos mismos se convencieron del final de sus días. Y vieron, los poderosos, que pensionar a los inútiles era desastroso y, en consecuencia, lo mejor era dejarlos a su navegación, mar adentro, y olvidarlos. 

Y vieron que era bueno. Mas la Creación contemplaba, con dolor, que era… terrible.

Y culminando el breve relato orante, llegaron los días en los que ya… tan solo la cama, el catre, la hamaca o el suelo eran el aposento de los ancianos. Unos con los sagrados sacramentos, otros sin ellos, fueron llevados –depende- a cementerios flotantes, verticales o profundos, o a incineraciones fáciles y fecundas. Y vieron… que era bueno para la evolución. 

Mas… la Creación no sonreía. No sonreía como otras primaveras. Se sentía sola y poco atendida. ¡Ay!...

Y he aquí, en consecuencia, que todo ese estilo viviente se basó en actitudes ¡hirientes!… que generaron sentires dolientes; que propiciaron rencores profundos; que gestaron guerras de muy diversa índole. Y que entre todos se convencieron de que lo mejor era acabarse mutuamente o aislarse indefinidamente. Y vieron que era lo mejor. 

Mientras… la Creación se apartaba prudentemente, aguardando un tiempo mejor.

Este breve relato orante, en tono… no apocalíptico, sino simplemente descriptivo, comprobable y evidente, en mayor o menor medida todos los seres pueden certificarlo. 

Y el Sentido Orante nos pregunta: 

Y en base a esto… –que en toda la especie ocurre, excepciones aparte-, y en base a esto, ¿es un vivir correcto? Y en base a esto… ¿se puede pensar que “este estilo de estar” es, al menos, mínimamente mejorable? Y en base a esto, ¿se puede deducir que es preciso –el estilo- ¡cambiarlo!? 

Velada, velada, veladamente, los más poderosos fueron gestando la idea de que, en mayor o menor medida, cada uno estaba limitado por la economía, por la salud, por el espacio, por el precio, por la edad, etcétera. Con ese caldo de cultivo, de años, los más poderosos consideraron que había llegado el momento de que todos se sintieran… “presos”. 

¡Oh, sí! Ya sabían la experiencia limitante de su profesión, de su ideal, de sus relaciones… Ya tenían suficiente experiencia en peleas, en mentiras, en engaños… 

¡Muy parecido a la convivencia de una cárcel!, ¿no? 

Además, las cárceles demostraron ser muy seguras. Sí; porque a pesar de su hacinamiento, tan solo, de 51.000 reclusos, tan solo un jardinero… –¡qué bello!-, el jardinero de la cárcel, se sentía indispuesto. Y un preso se sintió… afectado. Los demás gozaban de una excelente salud carcelaria.

Así que, ¡aleluya! ¿Por qué no hacer –para empezar, claro- un… –¿cómo decir?; sí, queda mejor- “un secuestro domiciliario”? Sí. Lo más adecuado sería cumplir la pena en el domicilio. La pena por existir, por vivir, por convivir con… con lo que sea, de la forma que sea. Es por el bien de todos: que, por delitos conocidos o sin conocer, quedan todos los sujetos condenados a –de momento- cumplir su pena en arresto domiciliario.

¡Ah!... Y los seres vieron que era bueno. Sí, porque… mejoró la contaminación, mejoró el nivel del ruido –había menos-, se caldearon los hogares…

¡Por fin!… ¡Por fin se podía cumplir esa profecía anunciada de… Gran Hermano! ¡Oh! El Gran Hermano, dominador y dominante, había conseguido –¡por fin!- arresto domiciliario “personalizado”; y, en consecuencia, descubrir algo más importante: la obediencia. La obediencia a toda una educación ¡de años!, que ha dado como resultado esa aceptación de arresto domiciliario, en base a los peligros y los riesgos que se corren andando por ahí de cualquier forma. No obstante, quedan aún por perfilar los accidentes del hogar; que en el arresto domiciliario se producen más, más de un accidente: caídas de la taza del váter, resbalones por gotas de aceite, golpes inesperados por movimientos intempestivos… 

El índice de mortandad en accidentes domésticos no es nada despreciable. Y eso preocupaba a las autoridades.

Así que, poco a poco, fueron como… limitando la movilidad casera; reduciendo a cada miembro a cubículos ‘compartimentales’, dentro de espacios lógicos de 50 o 60 m². Estilo “cápsulas”.

Así, la incidencia de problemas de carácter familiar, hogareños, accidentes, se minimizaban. 

¡Ah!, por fin consiguió el Gran Hermano que cada ser se sintiera anticuerpo de otro. “¡Yo soy anticuerpo!”. Y así, los cuerpos fueron perdiendo esa atracción que antes había, tan… ¡tan libertina! –¡aj!-; tan, tan… ¡uf!, ¡tan pecadora! Al ser cada uno un anticuerpo, el cuerpo rechazaba a otros cuerpos. E incluso se podría conseguir la magia de que el propio cuerpo –que es un anticuerpo- se volviera contra sí mismo. Con lo cual, ya no habría necesidad de una nueva educación. La autolisis se encargaría de todo.

Sí. También la Oración se dedica a la ciencia-ficción. En realidad, orar es ficción, ¿no? No es ciencia. Es emoción, es sensación. Pero también ha de ser advertencia. También debe ser atención. También debe ser novedosa, inesperada, precisa y ¡necesaria para cada momento!, con objeto y fin de que los seres se den cuenta, ¡¡escuchen la voz del Misterio Creador!!, y escuchen otra versión… –otra versión- de lo que transcurre, de lo que ocurre, de lo que pasa; otra visión que nos haga replantearnos nuestras actitudes, nuestras posiciones, nuestras lógicas y razones.

Sí. Estamos en una “encrucijada” en la que hay que decidirse: si se hace y se crea un comité de fuga, o se aguarda a los designios del poder para que la autolisis se haga cargo de nuestra presencia.

Sí, se puede pensar: 

.- Pero… ¿un comité de fuga? ¿Y a dónde nos íbamos a fugar?

.- ¡Oh!… Eso es lo menos importante. 

.- ¿Lo menos?

.- ¡Lo menos importante, claro! A nivel Orante, las posibilidades son inmensas, ¡infinitas! No estamos sujetos a lugar, a sitio… ¡No!

¿Cuál es el deber…? –bueno, era un precepto antiguo, claro, pero subyace en la naturaleza del hombre- ¿cuál es el deber del preso? El deber fundamental, el objetivo fundamental del preso, ¿cuál es? ¡Fugarse! Por una razón muy simple: no es un diseño –el humano- para estar encerrado. 

Así de simple. Ahora bien, se ha conseguido, sin duda, que estos comités de fuga casi no funcionen, casi no existan. Porque, en verdad, a veces se está mejor dentro… que fuera. Dentro –en la cárcel- tienes tus amistades, tu biblioteca, tus dos menús –a elegir uno-…

.- ¿Dos menús?

.- Sí. No como en sitios como Tian y eso, que te ponen un menú, ¡hala!, y ahí te arregles, te guste o no. Cuando lo normal sería que ¡qué menos que dos menús! ¡Si lo ponen en la cárcel…!

Tiene además la ventaja –y por eso las personas también obedecen- de que no hay que pagar agua, ni luz, ni teléfono, ni impuestos. Porque en el caso de que tuvieras que pagarlos, los pagarás con cárcel, y ya estás en ella. ¡Fantástico!

Al fin ha conseguido, el Gran Hermano –por poner un ejemplo conocido, ¿verdad?- ha conseguido que todos sean… gozosos, al sentirse aislados y presos, con “la condescendencia” de darles prisión domiciliaria. Aquellos más rebeldes tendrán que estar entre rejas; y los de domicilio, entre puertas.

El panorama se nos presenta… para el ejercicio de la piedad, de la serenidad, de la ¡bondad!, de la solidaridad…; de la emoción, del arte, de la belleza, de los sentires, de los llamados “amores”…

La Creación nos dotó de todos los recursos; de ¡todos!... los recursos, y más, para vivir paradisíacamente.

No es nuestra creación un producto que en cualquier momento se pueda deteriorar, fallar, destruir, como así nos han enseñado. No. 

Es la presencia misma de la Creación, la que habita en nosotros. Y por eso estamos. Nuestra presencia no obedece a una voluntad personal. Obedece a una Creación inaudita, ¡insondable!, misteriosa.

Si nuestra presencia es la expresión del Misterio Creador… ¿a qué y a quién hay que temer? 

¿A qué y a quién hay que temer, si somos el adorno culminante de una Creación?

Y “ésta” no se expresa para castigarse a sí misma. Y esta Creación no se expresa, en nosotros, para llevarnos a la reclusión, al aislamiento, al desespero, sino que más bien se expresa en nosotros para que seamos descubridores permanentes de esa Creación; desde la más diminuta estrella hasta el más indescriptible ser… que no alcanzan a ver nuestros ojos. 

Ese Misterio Creador que se encarna en nosotros, está viajando…; se está desplazando… hacia espacios sin lugar, a tiempos sin tiempos, en los que el ser se sienta –por ser equivalente Creador- contemplativo y contemplador de tanta belleza. 

¡Ay!, ¡qué diferente es sentirse… expresión Creadora! 

¡Ay!, ¡qué alivio supone dejar de ser yo!... para pasar a ser Ello.

Poder dar cauce a la bondad, a la misericordia, al afecto, a la sonrisa, a la conjunción, a la atracción; a sentir en el otro… la expresión de esa encarnación Divina.

 

“Las plumas cantan por el transcurrir del viento… ¡Vuelan!”

***

TIAN

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